Escoria blanca a la española: nuestro extraño romance con los 'hillbillies'

Desde la victoria de Trump en 2016 que, como resultado de un atractivo espejismo, se atribuyó a los trabajadores blancos demediados de EEUU, el interés por ellos se ha disparado

Foto: Un 'hillbilly', con su perro en Alabama, EEUU. (EFE)
Un 'hillbilly', con su perro en Alabama, EEUU. (EFE)

Durante los últimos cuatro años, la cultura europea, y la española en particular, ha vivido un extraño romance: una historia de asombro y atracción por la cultura de los Apalaches, los 'hillbillies' o, en general, la llamada 'white trash'. Son los estadounidenses blancos, de remoto origen escocés, irlandés, inglés y alemán, que tradicionalmente hacían trabajos manuales o agrícolas, y que llevan décadas sufriendo las consecuencias dramáticas de la transformación económica. Gente que ha sido, al mismo tiempo, uno de los pilares culturales más importantes de Estados Unidos y un grupo despreciado.

El romance no es nuevo. La fascinación española por ese mundo viene de largo, aunque es probable que haya pasado un tanto inadvertida. El periodista del 'New York Times' David Brooks recordaba cómo se había quedado estupefacto al asistir a un concierto de Bruce Springsteen en Madrid y ver cómo 50.000 personas no solo vibraban con sus historias de perdedores, sino que cantaban a gritos 'I Was Born in The USA'. "¿Cómo podía esa gente, de un lugar tan lejano, sentirse tan atraída por el paisaje en plena desindustrialización que va de Nueva Jersey a Nebraska?", escribió. En Granollers, mis amigos del instituto, muchos de ellos pijos independentistas, también adoraban a Springsteen y consideraban esa predilección un signo de distinción; yo solía contarles que sus canciones hablaban de gente a la que ellos habrían despreciado como hacían con los charnegos (ellos eran pijos, pero yo sabía inglés).

Pero no solo es Springsteen. Estaban desde las sofisticadísimas novelas de William Faulkner sobre el Misisipi, que Juan Benet intentaba emular desde su casa de El Viso en Madrid, hasta 'El fantasma de Elvis', la canción de Loquillo en la que este pedía “traed mi Winchester 73, hoy sabrán quién es el rey/ dadme solo mi cinturón hebilla de platino/ mi chaqueta de lamé, mi Harley Electra Glide”, como si alguna vez se hubiera visto algo parecido en la Barcelona de los ochenta.

Pero los últimos cuatro años han sido distintos por razones políticas. Desde la victoria de Donald Trump en 2016, que en parte con razón y en parte como resultado de un atractivo espejismo se atribuyó a ese grupo de trabajadores blancos demediados, el interés por ellos se ha disparado. Se han publicado aquí libros brillantes como 'Hilbilly, una elegía rural' (que tuve la suerte de traducir), 'White Trash' o 'Manifiesto redneck', que cuentan la presencia de las adicciones, la marginación y la violencia en esas comunidades. Periodistas españoles de izquierdas repetían obstinadamente que había que atender las necesidades de los perdedores españoles víctimas de la deslocalización industrial provocada por la globalización, como si Extremadura fuera Ohio, y Vox proponía instaurar el derecho a portar armas, como si Andalucía fuese Texas.

Periodistas españoles de izquierdas repetían que había que atender a los perdedores españoles, como si Extremadura fuera Ohio

La España vacía se convirtió, en general, en nuestro Medio Oeste. Tipos vestidos con camisa de cuadros y gorro de lana que parecían venir de cortar abedules en los bosques de Wisconsin servían cervezas artesanales con nombres como Indian Pale Ale o Brown Ale en 'brewpubs' de Malasaña. Los corresponsales en Estados Unidos intentaban explicar a los lectores españoles que había una América que no se parecía a Nueva York ni a San Francisco y reproducían —no les culpo— ese género tan propio de los grandes periódicos de izquierdas: ir a la América profunda a hablar con gente para intentar descubrir si de verdad es racista o efectivamente ha perdido su empleo en la acerera local que ahora produce en China. En un acto absurdo incluso para mis estándares, me hice regalar un libro de cocina de los Apalaches para aprender a hacer lo que en esencia son distintos cortes de cerdo asado con mucho puré de patatas, manzanas y encurtidos.

Crédula fascinación

“Hubo muchas cosas equivocadas en esta breve pero intensa fascinación por el interior de Estados Unidos”, escribía el pasado fin de semana Janan Ganesh, periodista del 'Financial Times' en Estados Unidos. “Casi se llegó a sugerir que solo la gente de derechas contaba como verdaderos americanos”. En realidad, era una fascinación cargada de credulidad, basada en estereotipos que cada uno podía ajustar a su ideología y sus gustos estéticos.

Lo cual no tiene nada de malo: mejor prestar atención a otras culturas y gentes, aun a riesgo de no entenderlas bien, que ignorarlas por completo. Pero como dice Ganesh, es probable que este interés esté empezando a disminuir. Muy probablemente, en las elecciones que se celebran hoy, lugares de Estados Unidos que identificamos con esta clase de personas votarán mayoritariamente a Joe Biden. E incluso aunque gane Trump, ya no nos servirá la excusa falaz de que hace cuatro años los 'hillbillies' votaron al actual presidente solo por joder a las élites de las costas, sin saber qué clase de presidente iba a ser: Trump ha cumplido muchas de sus promesas, entre ellas, la de estimular la economía (al menos, hasta la llegada de la pandemia), pero casi ninguna vinculada al bienestar de esta población. No han vuelto las minas de carbón, los aranceles al acero chino no han hecho más que encarecer los productos fabricados en Estados Unidos y el mayor impulso a la economía ha procedido de reducciones de impuestos a las grandes empresas.

No han vuelto las minas de carbón de los 'hillbillies'

Quién sabe a qué cultura minoritaria prestaremos más atención a partir de ahora si estas elecciones las gana Joe Biden y no encontramos la manera de interpretar el resultado en términos románticos, como en parte se hizo en 2016: ¿la música de la minoría bielorrusa en Polonia? ¿La comida del cantón germanoparlante de Suiza? ¿La literatura que recuerda a los viejos mineros del norte de Inglaterra? Es poco probable. El interés por la cultura estadounidense, también la blanca y de los Apalaches, el Medio Oeste y el Sur de Estados Unidos, seguirá vivo en España y Europa gane quien gane las elecciones. Quizá ninguna parte del mundo haya generado en el último siglo más y mejor cultura popular. Y seguiremos cantando 'I Was Born in The USA' con la misma convicción que si fuera verdad.

El erizo y el zorro
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