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Gorbachov y Putin: dos hombres para el destino de Rusia
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Gorbachov y Putin: dos hombres para el destino de Rusia

Mientras que el exlíder soviético nunca quiso usar la violencia con fines políticos, Putin la ve como una parte inherente. Estaban de acuerdo en que el comunismo había fracasado

Foto: Gorbachov y Putin, en Alemania en 2006. (Getty Images/Andreas Rentz)
Gorbachov y Putin, en Alemania en 2006. (Getty Images/Andreas Rentz)
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El 23 de diciembre de 1991, Boris Yeltsin fue al despacho de Mijaíl Gorbachov en el Kremlin. No era una visita cualquiera: debían negociar los términos en que se produciría la disolución de la Unión Soviética. En ese momento, Gorbachov seguía siendo su presidente nominal, pero no hacía más que encadenar humillaciones. Había sido humillante el golpe de Estado que, ese agosto, había ordenado su deposición y su retención en Crimea, de la que milagrosamente salió vivo. Lo había sido la independencia de Ucrania, proclamada también ese agosto, que fue el principio de la desintegración de la URSS. Después, Yeltsin, presidente de Rusia, que en teoría era solamente una más de las Repúblicas que conformaban la Unión, prohibió las actividades del Partido Comunista, lo que fue un golpe para Gorbachov: pese a su aperturismo, siempre había sido un 'apparatchik' comunista y un fiel leninista. Yeltsin le fue quitando poder paulatinamente y se quedó para Rusia la gestión del gas y el petróleo, hasta entonces soviéticos. Fue ofendiéndole en público y maniobrando para que el resto de repúblicas se desentendieran de la URSS y, al mismo tiempo, aceptaran federarse con Rusia y, en cierto sentido, someterse a esta. El final estaba cerca.

Y llegó. El 25 de diciembre Gorbachov pronunció ante las cámaras su discurso de dimisión como último presidente de la Unión Soviética y lamentó la disolución de esta. Pero presumió del proceso de democratización que él había liderado. Esa noche, la bandera soviética fue arriada por última vez en el Kremlin y sustituida por la tricolor de Rusia. A pesar de que los líderes de las nuevas repúblicas independientes habían prometido que, en contra de la tradición rusa, tratarían a Gorbachov “civilizadamente” una vez hubiera abandonado el cargo, las humillaciones siguieron: su familia fue expulsada de la casa en la que vivía, Yeltsin no acudió a la cita para recibir de su mano el maletín con las claves nucleares y se quedó con su despacho antes de que hubiera podido vaciarlo adecuadamente. Empezaban los 30 años que Gorbachov pasó fuera del poder, reverenciado en Occidente por acabar con el comunismo y la Guerra Fría, y detestado por muchos rusos por haber generado una inmensa crisis económica y haber provocado, sin querer, el fin de la Unión Soviética.

Foto: El último dirigente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, en 1991. (Getty/Sygma/Pascal Le Segretain)

Porque Gorbachov, aunque quiso democratizar el comunismo, y pensó incluso que este podía llegar a parecerse a la socialdemocracia escandinava, nunca quiso acabar con el imperio. De hecho, deseaba que este siguiera compitiendo con Estados Unidos por la hegemonía mundial; quería con América una “rivalidad pacífica”. Y había hecho cuanto había podido por calmar las crecientes reivindicaciones nacionalistas de las repúblicas soviéticas. Cuando la disolución de la URSS estaba cerca, incluso rechazó un plan, ideado por el escritor anticomunista y nacionalista Aleksandr Solzhenitsyn, para que Rusia renunciara al imperio, pero se uniera en un solo estado con Ucrania, Bielorrusia y parte de Kazajistán, considerados los territorios originarios de la cultura rusa y una sola nación eslava. Pero para Gorbachov la Unión Soviética era demasiado importante como para entregarse a fantasías nacionalistas reaccionarias. La única duda era saber si valía la pena renunciar a ella en pos de la democracia y la libertad. Al final, Gorbachov decidió que sí y no quiso utilizar el ejército contra la amalgama de demócratas, nacionalistas y oportunistas que acabaron con la URSS.

Hoy en día, el plan de Solzhenitsyn suena extrañamente contemporáneo. En varios sentidos, sigue vivo en la imaginación nacionalista de Vladímir Putin, escogido a dedo como sucesor de Boris Yeltsin. Putin siempre ha considerado que la desintegración de la URSS fue una desgracia geopolítica. No por nostalgia del comunismo, sino porque cree que “Unión Soviética” fue, solamente, el nombre que los comunistas pusieron a lo que en realidad siempre fue, simplemente, Rusia, un país que, para él, va bastante más allá de sus fronteras legales actuales y abarca esos territorios míticos originarios y, además, todos aquellos que le convengan para llevar a cabo su misión sagrada: oponerse al unilateralismo estadounidense y al liberalismo occidental. Es curioso que Putin, en público, siempre haya tratado con cierta amabilidad a Gorbachov, cuya muerte lamentó ayer. En realidad, aunque los dos hombres tenían caracteres completamente dispares, y el exlíder soviético nunca quiso utilizar la violencia con fines políticos, mientras que Putin la ve como una parte inherente de estos, compartían dos ideas: que el comunismo había fracasado, pero que no por ello la Unión Soviética, o la Gran Rusia, debían desmembrarse.

Foto: Mijaíl Gorbachov. (EFE) Opinión

El 7 de diciembre de 1988, apenas tres años antes de su caída en desgracia y la disolución de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov estaba en Nueva York para dar un discurso en la ONU. Fue una intervención histórica en la que afirmó que su país deseaba terminar con la Guerra Fría, formar parte de la comunidad de naciones democráticas y, al mismo tiempo, ser respetada como la gran potencia nuclear que era y competir económica, tecnológica e ideológicamente con Estados Unidos.

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La cartelera electrónica de Times Square le había recibido con el mensaje: “Bienvenido, secretario general Gorbachov”. Y después del discurso, este quiso recorrer Broadway en su limusina y le pidió al conductor que parara frente al teatro en el que se representaba el musical 'Cats'. Su esposa Raisa y él se bajaron del coche y, bajo un neón de Coca-Cola, posaron para unas fotos. Él llegó a levantar el puño con una sonrisa, quizá irónica. ¿Sería verdaderamente posible integrar a la Unión Soviética en un Occidente que ya veía a la vuelta de la esquina el fin de la Guerra Fría e imaginaba una globalización democrática?

Gorbachov no consiguió llevar a buen término ese admirable propósito, como presagió su caída en desgracia solo tres años después. Pero su intento fue uno de los episodios más valiosos de la historia del siglo XX. Con la invasión de Ucrania, Vladímir Putin pretende ahora enterrar ese objetivo de apertura para siempre. Entre democracia e imperio, ha elegido lo contrario que Gorbachov.

El 23 de diciembre de 1991, Boris Yeltsin fue al despacho de Mijaíl Gorbachov en el Kremlin. No era una visita cualquiera: debían negociar los términos en que se produciría la disolución de la Unión Soviética. En ese momento, Gorbachov seguía siendo su presidente nominal, pero no hacía más que encadenar humillaciones. Había sido humillante el golpe de Estado que, ese agosto, había ordenado su deposición y su retención en Crimea, de la que milagrosamente salió vivo. Lo había sido la independencia de Ucrania, proclamada también ese agosto, que fue el principio de la desintegración de la URSS. Después, Yeltsin, presidente de Rusia, que en teoría era solamente una más de las Repúblicas que conformaban la Unión, prohibió las actividades del Partido Comunista, lo que fue un golpe para Gorbachov: pese a su aperturismo, siempre había sido un 'apparatchik' comunista y un fiel leninista. Yeltsin le fue quitando poder paulatinamente y se quedó para Rusia la gestión del gas y el petróleo, hasta entonces soviéticos. Fue ofendiéndole en público y maniobrando para que el resto de repúblicas se desentendieran de la URSS y, al mismo tiempo, aceptaran federarse con Rusia y, en cierto sentido, someterse a esta. El final estaba cerca.

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