Perversos, mártires, poetas: ARCO, Proust y González-Torres

Este año la feria de arte contemporáneo de Madrid rinde homenaje al fascinante artista cubano Félix González-Torres, a quien dedica parte de su geografía

Foto: Félix González Torres (1992).
Félix González Torres (1992).

Resulta imposible no pensar en Marcel Proust cuando te enfrentas a esa suerte de prosa poética con la que Julie Ault ha querido iniciar a todo aquel que, llevado por eso que de espiritual tiene el arte, se acerque este año a ARCO, esa feria que es más museo que nunca gracias a la presencia de Félix González-Torres, a quien dedica parte de su geografía.

'Untitled (Last Letter)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)
'Untitled (Last Letter)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)

'El tiempo', dice la curadora, la amiga, 'con su pasar' solo deja 'fragmentos'; fragmentos de un 'tiempo perdido' que, sin embargo, son recuperados en este homenaje al artista, al hombre y su mundo, a la verdad de quien (casi siempre) hizo activismo bello, activismo tranquilo.

Cuando tanta falta hacen quienes sean capaces de erigirse en defensores de derechos colectivos, de verdades universales, sin estridencias, sin el bronco y casi siempre beligerante lenguaje del hoy, la omnipresencia de Gonzalez Torres en la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid se torna inspiradora, curativa, necesaria.

Al igual que Proust, también él era homosexual y, por tanto, según el francés, un perverso como el barón de Charlus, uno de esos hombres capaces del 'más alto grado de civilización', pero, también, parte de un 'pueblo condenado'.

Habían trascurrido treinta años desde que terminara de publicarse esa gran novela del mundo que es 'En busca del tiempo perdido' y pocas cosas han cambiado para los que luchan por, sencillamente, ser quienes son. Treinta años entre aquel 'Tiempo recobrado' y el nacimiento en Cuba de González-Torres (1957).

'Untitled (Perfect Lovers)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)
'Untitled (Perfect Lovers)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)

Treinta años de mutismo generalizado. Treinta años de fe (en un mundo mejor, más justo). Por eso toca luchar, reivindicarse y, cuando le llega el momento, cuando ya se ha dejado traspasar por la verdad del arte, entregarse en forma de piezas que, en su caso, adelantan el mañana sin dejar de ser su hoy, ese que se le agota.

Treinta años de 'En busca del tiempo perdido' y pocas cosas han cambiado para los que luchan por, sencillamente, ser quienes son

A finales de la década de los ochenta, en Nueva York, se une a Group Material, esa comunidad artística en la que creadores como Tim Rollins o la propia Ault, desesperados, luchan para que su trabajo no sea invisible, para que sus proyectos no sean percibidos como simple mercancía. Y es por eso por lo que usarán el museo, ese contenedor privilegiado que debe expandirse, como espacio de intercambio público, de génesis permanente, como ágora. Por eso son artistas. Para eso es artista. Como Marcel Broodthaers, también él necesita un terreno donde germinar y hacerse fuerte, un 'Departamento de las águilas' que legitime la nueva función del arte. Y no importa el cómo, lo que importa, lo que trasciende, es la 'idea', esa que quiere transmitir como si fuese, dirá, 'un director de teatro' (pero de un 'teatro bajo la arena'). Una teatralidad que se siente en ese minimalismo emocional que le atraviesa y necesita de quien observe, de quien, siendo materia, se pueda tornar espíritu.

'Untitled (Placebo)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)
'Untitled (Placebo)', 1991, de Felix Gonzalez-Torres (MOMA)

El sida, esa enfermedad maldita, le devuelve al exilio, otro exilio, a ese 'pozo' desde donde Pepe Espaliú dice escalar 'ladrillo a ladrillo' y que, 'sin embargo', le hace 'volver a la superficie'. Una superficie por la que todos transitamos, en la que nos procuramos cierta dicha; donde la cultura representa el último amparo, esa verdad eterna que nos puede salvar. Son años de desesperanza, de pandemia, en los que la enfermedad aniquila de forma cruel. Años de miedo al miedo, al dolor, al aislamiento, a terminar transformado en ese insecto gigante que suscita rechazo, otredad. Una metamorfosis que desembocará en trabajos de una belleza eterna, como esa fotografía de su cama deshecha, 'Untitled (Billboard)', donde el peso de unos cuerpos ausentes se mantiene incólume, eterno, como una reliquia dadá con aroma a sudario y sal.

Faltan cuatro años para su muerte y ahí está, en parte, su epílogo, en esas gélidas esferas blancas

En 'Untitled (Perfect lovers)', también es parte de su alma lo que desvela, un alma donde, como en el Marienbad de Resnais, el tiempo como tal no existe. Un reloj, similar a los que campean en los desolados paisajes de De Chirico, como los de las Vanitas de Pereda, amontonados entre los restos de la vida terrena, marca el instante de la muerte del ser amado (que es también la propia muerte); otro, al lado, idéntico, que parte al unísono, se desincroniza mientras pasa inexorable el tiempo, hasta alejarse, hasta perderse en otro tiempo distinto (que es lo que, en resumen, acaba siendo la vida). Faltan cuatro años para su propia muerte y ahí está, en parte, su epílogo, en esas gélidas esferas blancas, su pertinaz Eros y Thánatos. Si Eros es vida, Thánatos es el deseo de abandonar la lucha por la misma; si el primero, pasión, el consiguiente, muerte.

Recala en ARCO el creador, el mártir, el poeta. El publicista que eleva a categoría de arte un sencillo 'Es solo cuestión de tiempo' y que, como en 1992 en Hamburgo, ahora sentencia en forma de grandes carteles por todo Madrid (la feria fuera de la feria). Un tiempo que se le escapaba al Proust niño mientras, solícito, esperaba el beso de su madre, que anunciaba el instante que vendría después, cuando le dejaba solo. El que no le quedaba a González-Torres cuando aseguraba querer ser un virus en la institución.

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