Historias para un reencuentro en el Museo del Prado: he ahí la cuestión

La pinacoteca madrileña es un espejo, un futuro que sucedió en el pasado, un pasado que aviva el presente, la memoria de un tiempo que, sin más, pasó

Foto: 'El cardenal', Rafael Sanzio, 1510. Museo del Prado.
'El cardenal', Rafael Sanzio, 1510. Museo del Prado.

El Museo del Prado es abstracto, profundo, imposible de asimilar. Un contenedor de poemas, de premisas e ideales. De silencios. De presencias. Varado entre el conocimiento y la fe, justo donde la infinitud se ensancha, sueña con ser perpetuo. Un simposio de apariencias, de verdades imperfectas. De ‘razón’. Una caverna en la que, nonatos, casi a tientas, alargamos nuestras manos para hallar respuestas antes, incluso, de tener definidas las preguntas. Un espejo. Un futuro que sucedió en el pasado. Un pasado que aviva el presente. La memoria de un tiempo que, sin más, pasó.

Historias para un reencuentro en el Museo del Prado: he ahí la cuestión

El tiempo pasa pero la belleza es eterna. Centro y refugio, se adapta a los vaivenes de las formas mientras mitiga el miedo. Un bálsamo que transita por entre los hechos reflejados y un hoy que, siempre en mudanza, le corteja. Ahí vivimos. En cada lienzo. En cada cuerpo. En los ojos de quienes se vuelven para mirar. En los gestos. En cada una de esas noches, de esos días, de esos cielos. Entre sombras. Ahí se pierden nuestros pasos, entre lo que fue y lo que pudo ser, entre fragmentos sensibles de una realidad mayestática que nos recuerda que estamos vivos, que seguimos desnudos.

'Adán' y 'Eva', de Alberto Durero, 1507. Museo del Prado.
'Adán' y 'Eva', de Alberto Durero, 1507. Museo del Prado.

También 'Carlos V' lo está ahora. El césar broncíneo despojado de su marcial concha, de su caparazón, sometiendo al 'furor' igual que San Miguel al diablo, como un paladín invicto. El emperador romano con el torso apolíneo de un dios griego investido de dignidad serena, con la tensión de la responsabilidad roturándole el gesto, enfrentándose al mirar de todos. Ojos como los de la 'Eva' y el 'Adán' de Durero que, igualmente desnudos, parecen observarle recortados sobre el fondo negro de su caída, con el signo de su mancha cubriéndoles el sexo, en su nueva ubicación. De eso se trata. De nuevos emplazamientos. De viejas historias desveladas con renovado ímpetu, arrastradas a fecundos dilemas al, simplemente, ser desplazadas, sacadas de su perenne narcosis. Un reencuentro que, alterada la impuesta rutina, parece cambiarlo todo.

Sala 012 del Museo del Prado con algunas de las obras más importantes de Diego Velázquez.
Sala 012 del Museo del Prado con algunas de las obras más importantes de Diego Velázquez.

La idea de ‘todo’ tan abstracta como el propio museo. Tan inabarcable. Un ‘todo’ que se impone, ahora, con cierta apostura barroca, desafiando la cadencia aceptada de muros poco habitados, respirables. ‘Apretadas’ las obras, casi como en el 'grafoscopio', improvisados retablos emergen poderosos al colgar, por ejemplo, los hirsutos 'caballeros' de El Greco, incluido el de la mano en el pecho, a modo de gabinete, uno detrás de otro. Los hay que gravitan sobre dilemas modernos, como ese en el que el diferente, los diferentes, copan toda la atención; “hombres de placer” incorporados a la corte del “rey planeta” que, hoy, agrupados, representan un elogio a la diversidad. El 'niño de Vallecas', el 'Primo' o el 'bufón Calabacillas', pedazos de la hagiografía mundana, evidencian no solo el prodigioso dominio que Velázquez tenía sobre la materia sino, más aún, su inmensa capacidad para trasladar al lienzo toda la espiritualidad de quienes, extirpados de la realidad, vivían cosificados entre los muros del alcázar madrileño. Justo en frente, como un eco necesario, 'Mari Bárbola' también mira, nos mira. Bañada por la luz del mediodía. En plena consagración de la monarquía hispana. Y del arte de la pintura.

‘Saturno devorando a su hijo’, por Pedro Pablo Rubens (1636-1638) y Francisco de Goya (1820-1823), en su nueva ubicación. Museo del Prado.
‘Saturno devorando a su hijo’, por Pedro Pablo Rubens (1636-1638) y Francisco de Goya (1820-1823), en su nueva ubicación. Museo del Prado.

La pintura, escribió Pacheco, es “arte que enseña a imitar con líneas y colores”; para Ovidio, “amar una esperanza sin cuerpo”. Y en el amor, dirá Nietzsche, “siempre hay algo de locura”. Esa es la verdad del arte, su grandeza. El deseo sublimado bajo la falsa apariencia de ser. “He ahí la cuestión”. Breves como somos, pasajeros, la única oportunidad que tenemos para seguir siendo radica en las artes, en su sutil empeño, en su pausada rutina. Solo atendiendo al sordo reclamo de quienes crean, ataremos la posibilidad de la eternidad terrena.

No hay nada tan efímero como la vida. Ni tan mundano. Colgados de su fama, en su perfecto aislamiento, esa versión de lo que fuimos, de quienes fuimos, permanece indemne, encapsulada, ajena a toda moda, sobreponiéndose a la propia muerte. ¿Qué importa saber el nombre del cardenal que, con su muceta roja, blanca el alba, verde el cielo, se acoda seguro manifestando toda su locuaz gravedad? Lo que Rafael ha fijado es el paradigma de la curia romana, el arquetipo de la iglesia del renacimiento; una idea que, yendo más allá del reflejo inconsciente, del conocimiento somero, se impregnará para siempre en el ideario común. Historias inmortales que han sobrevivido a las bombas, a los repintes, a la ignorancia y al ignominioso olvido. A la censura. Enrollado sobre sí mismo, inspirador y voraz, el Museo del Prado vuelve a la vida renovando sus votos ante el altar del conocimiento sensible, abrazado a la belleza de siempre, erguido en señal de triunfo y dispuesto a deglutir a cuantos se adentren en su profundidad. Apremiante e hiperbólico. Enérgico. Igual que 'Saturno devorando a sus hijos'. Definitivo.

*'Reencuentro'. Museo del Prado. Del 6 de junio al 13 de septiembre.

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