Cuando el amor mata: Hillary Mantel, en la corte de Enrique VIII

Hillary Mantel consigue entretejer un relato inmenso, intenso, lleno de premura. Un magistral corpus que se enfrenta a la historia desde una obligada objetividad

Foto: 'Retrato de Enrique VIII de Inglaterra', Hans Holbein, 1537. Museo Thyssen Bornemisza.
'Retrato de Enrique VIII de Inglaterra', Hans Holbein, 1537. Museo Thyssen Bornemisza.

Amar para siempre. Solo un instante. En color y en blanco y negro. Amar la vida y su urgencia. Amar en grande, en breve, muy hondo. Y en pequeño. Amar sin prisas. Con ganas. Sin duelos. Amar el hecho de amar. Amor. Amar. Puede que amar sea una de esas cosas que hacen la vida más plena, mejor. Un dolor suave, agreste, punzante. Una tragedia con sordina. Un lamento. Una herida que pasa, que no cesa. Amar es como morir y vivir, como ser y no ser. Por amor, por amar, cambia el tiempo, se acorta, te ahoga. Por amor, por amar, viene el miedo. Por amor, por amar, Enrique VIII mudará en sátrapa, en hierro, en mantis religiosa.

Es 1509. No hay, aún, más fe que la verdadera. En el oratorio de los franciscanos observantes de Greenwich, en virtud de una dispensa papal, Enrique VIII desposa a Catalina de Aragón. La viuda de su hermano Arturo, príncipe de Gales. La hija de Isabel la Católica. Una Infanta de España a la que, el rey, en su magno drama, como un Saturno taheño, acabará devorando. Contenida, sufriente, degradada en lo más profundo del castillo de Kimbolton, rodeada de almenas, de aflicción, encerrada como su hermana Juana, todavía enamorada, Catalina, que tampoco está loca, se convierte en mártir de la fe, en gozne para un tiempo que nace doliente. “Os encomiendo a nuestra hija María”, le escribe a su “amadísimo señor, rey y esposo” cuando está a punto de morir. Juan de Flandes la retratará frágil, transparente; Michiel Sittow ensimismada, bella, sumisa.

'Retrato de Catalina de Aragón', Michel Sittow, 1514. Kunthistorisches Museum.
'Retrato de Catalina de Aragón', Michel Sittow, 1514. Kunthistorisches Museum.


Es 1525. “La cierva”, que dice Thomas Wyatt, Ana Bolena campa veleidosa por entre las damas de la corte. La describen cetrina y bella, de ojos negros, ávidos, escrutadores; “salvaje de retener aunque parezca mansa”. Intrigante, retadora, indómita, será la causa para romper con todo. La excusa. La suprema razón de Estado. A ella irán dirigidas todas las miradas, todos los recelos, toda la violencia de un cisma impensable. Sobre ella, toda la bravura de la culpa, del engaño. Queriendo ser la idumea Salomé, bailará para un rey viscoso. Nunca pensó que se transformaría en Juan, que sería su cabeza, morena y ancha, ungida, la que acabaría adornando una pica. Por “bruja, por adúltera y traidora”, dicen. No hubo bandeja de plata. Ni salvas. No hubo pena. Tan solo el frío del olvido, del tajo y la piedra.

Es 1537. Hans Holbein pinta al rey como si fuera un dios de piedra, contundente en toda su majestad. Viste brocados de perfil vegetal, un bohemio “aforrado” en castor y la camisa abisalmente blanca. Mira al frente pero no nos mira. La cabeza, rotunda, casi un palpitante paralelepípedo, emerge de una delicada tira de encaje dorado, por debajo de un sombrero con plumas. El fondo es lapislázuli. Aprieta la boca, el gesto. Es viudo de Jane Seymour, la reina Juana. Es rey de Inglaterra y señor de Irlanda, jefe supremo de la Iglesia anglicana. Hierático, distante, abrumadoramente fiero, cubre la tabla. Es un icono, una estampa, una imagen a la que venerar. Desde hace tres años no existen ni Roma ni el Santo Padre. No hay más autoridad que la suya.

'Retrato de Juana Seymour', Hans Holbein, 1536. Kunthistorisches Museum.
'Retrato de Juana Seymour', Hans Holbein, 1536. Kunthistorisches Museum.


Es 1547. Ha muerto Enrique VIII. Para muchos “el reformador”, “cabeza suprema del Infierno” para otros tantos. En las gradas de la historia, ante el mirar del derecho vigente, deja un heredero, hijo de Juana, que, como Eduardo VI, reinará Inglaterra. Y dos bastardas. María, hija de la "mártir de Kimbolton", e Isabel, heredera de la que hicieron pasar por bruja. Ambas, contrapuestas, serán reinas de Inglaterra. María Tudor e Isabel I. La 'sanguinaria' y la 'virgen'; la 'clemente' y la 'envenenadora'.

Es 1500. Thomas Cromwell, una de las personalidades más singulares de todos los tiempos, uno de los lobos más poderosos de su siglo, cae “derribado, aturdido, mudo”. Quien lo será todo en la política inglesa “ladea la cabeza, vuelve los ojos”. Su padre, un herrero “que cuando no está bebido está borracho”, salta sobre él. Así es, escribe Hillary Mantel, la primera de las vidas del desamortizador de conventos, del pragmático y despiadado ministro, de uno de los políticos más brillantes de la recién inaugurada modernidad. En él convergen la amoralidad de su época, toda la premura de una cada vez más descarnada política y un mirar eminentemente laico, también denso, que no entiende de trascendencias.

'Retrato de Thomas Cromwell', Hans Holbein, 1533. The Frick Collection.
'Retrato de Thomas Cromwell', Hans Holbein, 1533. The Frick Collection.


“Sin distinguir jamás entre lo decente y lo indecente, sino limitándose a medir la voluntad de un hombre y la intensidad de su pasión”, como lo hiciera Zweig al hablar de Fouché, Hillary Mantel consigue entretejer un relato inmenso, intenso, lleno de premura. Donde la verdad parece más verdad que nunca. Un magistral corpus que se enfrenta a la historia desde una obligada objetividad, guarecido de toda la belleza de una narrativa compacta, luminosa. Un ejercicio de amor que analiza pero no altera. Que enseña pero no adoctrina. Que colma. Que se aleja del peligroso y apasionado maniqueísmo populista del hoy, donde, ojos interesados y a tientas, pretenden escudriñar el ayer por medio de una moralidad castrante e inquisidora, parcial; con toda la ceguera del que nada quiere saber, porque, sencillamente, lo cree saber todo. Y ahí reside el peligro. En la ignorancia. En un adulterado y fiero revisionismo. En los nuevos tiranos que, yermos, buscan en el pasado cuitas para inflamar sus diatribas, sus soflamas; sin caer en la cuenta de que, como observó Borges, “ya somos el pasado que seremos”. Y, según parece, somos igual de imperfectos

*'La trilogía de Thomas Cromwell', de Hillary Mantel, la forman 'En la corte del lobo', 'Una reina en el estrado' y 'El trueno en el reino' (en librerías a partir del 1 de septiembre). Ediciones Destino.

Íncipit
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios