A mí también me han llamado maricón

La imperfección también es libertad. La libertad lo es todo. Y nada duele tanto como el rechazo

Foto: Pámpanos y Cascabeles en el montaje de 'El público', de Àlex Rigola. Teatro de la Abadía y Teatre Nacional de Catalunya, 2015. (Foto: Ros Ribas)
Pámpanos y Cascabeles en el montaje de 'El público', de Àlex Rigola. Teatro de la Abadía y Teatre Nacional de Catalunya, 2015. (Foto: Ros Ribas)

Abstracta y terrible, desmesuradamente poética, 'La passion de Jeanne d´Arc', de Carl Theodor Dreyer, se impone asfixiante y bella. Parca. Un friso de rostros grotescos, de feroces fauces, se enfrentan a una tez nívea, pura, solo atravesada por las lágrimas y el terror; a una dolorosa moderna, un tótem virginal que llena la pantalla mientras, con la boca entreabierta, dirige sus ojos al cielo, hacia la eternidad. La santa, la doncella, debe ser condenada por bruja, por hereje. Dice que habla con Dios. Pero hablar con Dios no es pecado. En Orleans y luego en Tourelles, en Jargeau y después en Patay, ha hecho la guerra igual que si fuera un hombre. Vestida como un hombre. Y eso no es solo un pecado, es toda una perversión. A Juana de Arco, la relapsa, la apóstata, la idólatra, el 30 de mayo de 1431, la embridan a un poste, la coronan de esparto y dejan que se queme en la hoguera. Por perversa. Por travesti.

Todos somos travestis en este mundo de máscaras. Todos guarnecemos nuestros cuerpos, nuestros pechos, con verdades que no siempre son ciertas, con vestidos si acaso hilvanados. Siempre ocultos. Esquivos. Asustados. El miedo transforma, transporta, traviste. El miedo te esconde; y tú te escondes del miedo. “El yeso de la máscara oprime de tal forma nuestra carne”, dice Lorca, “que apenas podemos tendernos en el lecho”. Allí solos, hundidos en la certeza de que llegará el día, remedo del anterior y de los tres siguientes, urdimos nuevas trampas, nuevas viejas armas, nuevos pretextos. Amanece, y el mundo sigue siendo imperfecto. Que no es poco.

María Falconetti en 'La passion de Jeanne d´Arc', Carl Theodor Dreyer, 1928.
María Falconetti en 'La passion de Jeanne d´Arc', Carl Theodor Dreyer, 1928.

La imperfección también es libertad. La libertad lo es todo. Y nada duele tanto como el rechazo. Nos rechazan, rechazamos, por ignorancia, por estupidez, por abulia, por fanatismo. Como excusa. Porque sí. Por temor. Tememos lo que no vemos y lo que somos incapaces de asimilar. Nos creemos tan importantes, tan únicos, que nos autoerigimos en jueces, censores, demiurgos. Y el fuego que consumió a Juana es, ahora, veneno; otro veneno que quema pero no mata.

En 11 países de nuestro mundo se ajusticia a quien se atreve a ser libre, al que consiente a su piel fundirse con la de un igual

En 11 países de nuestro mundo se ajusticia a quien se atreve a ser libre, al que consiente a su piel fundirse con la de un igual. “Amor del uno con el dos y amor del tres que se ahoga por ser uno entre los dos”. No hay una piel igual a otra. La del maricón de la tía Gila es cérea, pesada. Goya lo dibuja como si fuera un bufón, como una copia indecorosa de aquella hagiografía mundana que retratara Velázquez. Marginado, se levanta la saya en un gesto torpe, la cara convertida en careta. Es un desecho, un paria, un objeto sometido al placer de otro, un reducto para el odio.

Odiar es la mayor de las pobrezas. De espíritu. De sangre. De fe. Odiar es morir. También matar. Por odio se arrastraba en Auschwitz a enfermos, a judíos y gitanos. A homosexuales. Se buscaba silenciar al distinto, a todo el que contraviniera su recién implantado higienismo maldito. Pero la perversión estaba en la vileza de aquellos genocidas, en la crueldad de su método. Se quería controlar toda pulsión de la carne, todo instinto. Se perseguía silenciar al cuerpo. Se buscaba injertar un todo castrante, absoluto. Se apelaba a un dios insólito, marcial, vengativo. Se pretendía sentenciar al amor. Se instauró el terror.

'El maricón de la tía Gila', Francisco de Goya, 1808-1814. Museo del Prado.
'El maricón de la tía Gila', Francisco de Goya, 1808-1814. Museo del Prado.

La vida es amar y poco más. A quien se quiera. A uno mismo. Al amor. La Albertina de Proust es lesbiana. Viste uno de esos Delfos de Fortuny. Un quitón de perfil clásico, rizado, que la cubre hasta los pies. Que le insufla libertad. Para amar hay que ser libre. Ella no lo será. Tampoco Proust ni su trasunto devenido en alcaide, en misógino enamorado. El tormento les traspasa como prolongación de la culpa, de la duda. 'En busca del tiempo perdido' es una historia de contrapuestos, de pasión denodada por la belleza, de emociones interrumpidas, exaltadas. La novela más introspectiva que se haya escrito jamás. Una máscara.

Todo en 'El público' es una máscara, un sublimado cobijo que, sin embargo, ilumina, desvela. Desde allí proyecta Lorca toda su ansiedad, su deseo refrenado, su instintiva lucha por sobrevivir. “Si voy bajando por la ruina iré encontrando el amor”, le dice a Pámpanos Cascabeles. El amor como consuelo, como castigo; plenitud, adversidad, añoranza. La otredad puede que atraviese al género humano desde siempre. Querer ser otro. Huir. Cuando Luis Buñuel, una tarde, le pregunta si es maricón, Federico, herido en lo más vivo, se levanta y huye. Frases como esa te incrustan en tus miedos. Te hacen sentir pequeño. El silencio es una vía, una salida; la mentira un bálsamo lleno de púas. La verdad es solo eso, verdad. Casi siempre curativa, necesaria, ejemplar.

'Sin título', de la serie 'Sisterland', Carmela García, 2007.
'Sin título', de la serie 'Sisterland', Carmela García, 2007.

A mí también me han llamado maricón. Muchas veces. Y me refugiaba en los libros. Me han increpado por ser y por sentir. También por parecer. El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminaba, al fin, la homosexualidad de la dolosa Clasificación Internacional de Enfermedades. Yo tenía 12 años. Dejaba de estar enfermo. Un enfermo imaginado, que no imaginario como el de Molière, por quienes no querían ver, por los que, obstinados, cerriles, continúan en su pertinaz ceguera. Nunca lo estuvimos. La enfermedad siempre será el odio. Y el amor, “pura casualidad”.

*Todos los entrecomillados pertenecen a 'El público', de Federico García Lorca, 1930.

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