Ponme la mano aquí, Macorina

Se cumplen ocho años de la muerte de Chavela Vargas en Cuernavaca. Siempre cantó a las mujeres, a esa mitad silenciada del mundo. Con su guitarra, con su poncho, con su pena

Foto: 'Chavela', de Cristobal Tavares. 2020
'Chavela', de Cristobal Tavares. 2020

Siempre escribo entre silencios, sin nada que me distraiga. Solos yo, mi portátil y un puñado de libros. Esta vez lo hago con sus canciones de fondo, con su voz rota y doliente, rasgada y dolosa, como de convento, como de muerte. Hay vidas que deberían ser eternas. La de Chavela Vargas es una de ellas. La escuché una vez, soólo una, con la fachada de la Residencia de Estudiantes como telón de fondo, bajo el cielo inmaculado de Madrid. Le cantaba a Federico, le susurraba. Recitaba sus poemas. Los colmaba de vida, de pesar. El intenso drama lorquiano brotando más pleno que nunca, más trágico, más verdadero; temblando en la inmensa boca de una mujer tan pequeña como abatida. En menos de un mes todo habría acabado. Un cinco de agosto. En Cuernavaca. Ella hubiera querido morir allí, entre los que tanto la quisieron, frente a los que no dejamos de cantarla.

Siempre cantó. Para huir, para expiar, para templar su pecho abierto. Para sufrir. Nunca supo qué es una madre. Ni un padre. Nunca fue transparente; demasiado seria, demasiado triste, demasiado soñadora. Con esas manos enormes y esos ojos grandes, quedos, por los que Cristóbal Tabares transita. Lesbiana como Colette, como la señora Dalloway. Por eso la escondían. “Tengo que irme”, se impelía. Avanzar. Al otro lado le esperaba “ese ser desconocido que es el arte”; para seguir sufriendo, para construirse una corteza áspera, espesa y huera. Anegada de tequila. De amor. De ese amor que mata porque no muere, que muerde y asalta. Amó mucho, tanto como para no olvidar. Y le habló al miedo, al corazón herido. Siempre se enamoraba de verdad. Todas las veces. Por el espacio de un segundo, de una vida. “No existe el amor eterno”, decía. Eso lo sabemos todos. Aunque duela.

Lesbiana como Colette, como la señora Dalloway. Por eso la escondían. “Tengo que irme”, se impelía

A Frida Kalho le fascinaba su canto. Ella en sí era ya puro dolor, en cuerpo y alma, y encontró en Chavela otro ser sufriente donde fijar su mirada. Ese mirar que, convertido en pintura, circulaba por la historia de un cuerpo asaetado, corrompido, sujeto por corsés. Su cuerpo. Cuando la vio por vez primera la llevaban en volandas, sobre una camilla, vestida de tehuana, en medio de un tronar de mariachis, en la casa azul, como a una diosa. Así aparece en muchos de sus autorretratos, como una hipnótica divinidad. Adusta, impertérrita, ensimismada. Bella. Cubierta de espinas, de color, de sal. Se amaron con todo aquel daño presente, como solo dos mujeres saben hacerlo. “Es imposible atarte a ninguna vida”, dice que le dijo Kahlo cuando iba a abandonarla. Y se fue. Con su dolor de tripas intacto. Para siempre.

Chavela junto a Frida Kahlo
Chavela junto a Frida Kahlo

Nada es para siempre. Quizás solo el miedo; a que te vean como en verdad eres, a que te juzguen, a que te hablen sin hablarte. A que te dejen. Chavela cantaba así porque le habían pasado cosas; tantas que vetearon su piel, su voz, sus silencios. En cada una de sus canciones hay silencios que gritan, que abrasan, que no son más que el eco hondo de sus recuerdos. Suspiros hirientes. Una noche, en casa de Miguel Bosé, abrazada al arrastrar de notas de Ornella Vanoni, fue entrelazando misterios para desgranar su vida, su ir y venir, su amargo peregrinar. Solos los tres. No bebía. Poco, ya, quedaba por beber; “que le pregunten al atlántico”. Había hecho un trato con el señor de la muerte y se respetaron. El alcohol, “que descompone el cuerpo”, lo había arrasado todo. También sus canciones. Su recuerdo.

Autorretrato (con collar de espinas y colibrí). Frida Kahlo. 1940. Banco de México. Diego Rivera y Frida Kahlo Museums Trust
Autorretrato (con collar de espinas y colibrí). Frida Kahlo. 1940. Banco de México. Diego Rivera y Frida Kahlo Museums Trust

Llegaron a olvidarla. Pasó a formar parte de ese panteón de mitos casi invisibles que solo reciben la cera de velas mustias, sobre un altar polvoriento; que se confunden con lo que de ellos alguien dijo una vez. La mujer que hizo por parecerse a los hombres para encontrar su sitio, para ser más mujer que nunca, arrumbada, enferma de soledad. Su pelo cano, breve, viviendo de la caridad de algunos, muy pocos, que la sabían rota, ebria, inigualable. Y volvió. A la música y a la vida. A su vida. Con la garganta seca y asustada como un niño. Y cantó. Sin casi detenerse para respirar, como queriendo abrazar con sus dientes cada aplauso, cada signo de amor. Por si no hubiera más.

Chavela Vargas durante un concierto
Chavela Vargas durante un concierto

Justo ahora, en mi casa, suena La Macorina, con ese “olor a mujer, a mango y a caña nueva”. Chavela siempre cantó a las mujeres, a esa mitad silenciada del mundo. Con su guitarra, con su poncho, con su pena. Travestida. “Haz lo que quieras, pero que no se te note”, le habían dicho; y se arrancó la trenza, y los vestidos de cintas. Viajaba por las palabras sin dejarse un aliento, un quiebro; sin guardarse un gemido. Era su forma de abrir conciencias, de desvelar sueños, de derribar miserias. Desde clubes, desde interminables fiestas, desde lo más profundo de su sed. No hubo teatros hasta que, en España, se le abrieron como a la rapsoda que fue. Y al fin trascendió; cubierta por un manto de desesperanza. Como solo lo hacen las leyendas. Abismal. Como una chamana.

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