Cómo me las maravillaría yo
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Jaime M. de los Santos

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Cómo me las maravillaría yo

Creía en Dios, en la vida, en lo que pueden llegar a decir las palmas de unas manos. En el amor

placeholder Foto: 'Lola', Cristóbal Tabares, 2021.
'Lola', Cristóbal Tabares, 2021.

En Jerez de la Frontera siempre es domingo. O sábado. Siempre hay vida, cultura. Es febrero. Gélido. Hace ahora un año. Olga Pericet baila. En el teatro Villamarta. Por la gran Carmen Amaya. Carlota Ferrer hace bellezas, habla sobre belleza; que “salvará el mundo” (esto lo escribió Dostoyevski). Aún es de día. Atravesamos las calles, ese dédalo irregular y expresivo. Nos perdemos en sus fachadas barrocas, en los balcones de forja. También está Rebeca Marín. Quiere ir a la calle empedrada, “para ver a Lola Flores”. Como telón de fondo, una portada recuerda a Génova. De mármol blanco apenas veteado. Con los arcángeles Rafael y Miguel campeando en sus esquinas; de algo más de noventa grados. Justo detrás, en la calle del Sol, nació Lola. El veintiuno de enero de 1923. No era “el templo de Salomón”. Más bien una casa modesta, encalada, con dos alturas y un bar, 'La fe'. De Pedro Flores, su padre; “un hombre pequeño pero muy grande”. Empiezan a cantar. 'Cómo me las maravillaría yo'. Es inevitable. Se hace de noche.

Lo que Pericet hace en las tablas es hablar con Amaya, preguntarle a su 'cuerpo infinito'. También Lola la admiraba. La había visto en el cine, poco después de la guerra. En 'María de la O'. Quiere ser como ella, como Pastora Imperio. Como Imperio Argentina. España sigue de luto. Ya ha estado en Sevilla, ha cruzado el Guadalquivir para formarse con el gran Realito. “No tengas prisa”, le ha dicho su madre. “Triunfarás”. Viajan a Madrid, a una habitación con derecho a cocina. Una ciudad deshecha, estrecha, rota, con los cristales de la Gran Vía todavía sin reponer. Tiempos de hambre, de tristeza. De aislamiento. Pero es un gigante y como Sísifo, carga con toda esa muerte, con el mundo. Nada es fácil. Para nadie. Falta mucho para que Eva Perón llegue con las toneladas prometidas de trigo y maíz, “para dar de comer al pueblo”. Mucho más para que Eisenhower traiga leche. En polvo. Para que se abrace al dictador.

placeholder 'El jaleo', John Singer Sargent, 1882. Museo Isabella Stewart Gardner.
'El jaleo', John Singer Sargent, 1882. Museo Isabella Stewart Gardner.

Aparece en su vida el maestro Quiroga. Y Quintero. Y León. Y en el Fontalba, canta el Lerele. La pobreza sigue. Pero su vida cambia. Tiene una voz poderosa, unas manos inteligentes. Pelo negro. Ojos marrones; abisales. Piernas largas. Sabe que puede; y eso la vuelve imparable. Telonera a su pesar, construye su modo de hacer, de bailar, de cantar. Único. Es una rapsoda. Camina por los versos, los llena de aire. Ilumina. Gusta a los hombres. Consiente. Y mercadea con su piel, por su arte. Para salvar a los suyos. Solo una vez. Llega Manolo Caracol, ese cantaor único. Esa voz grande. Lo había visto en Jerez, “desde arriba”. Se reflejan el uno en el otro, se confunden. Un espejo que ella desgasta, “de lo mucho que me miraba”. Es imposible no mirarla. Tiene algo de Zuloaga, de Hermenegildo Anglada-Camarasa. La crudeza de sus formas imponen. Todos quieren verla. Sentados en sus butacas. Hasta en sesión doble. 'Ay, pena, penita, pena' se vuelve una especie de himno, de plegaria. Recita a Rafael de León, estira el cuello. “Muerta de amor”.

placeholder Ava Gardner y Lola Flores, en el bautizo de su hijo Antonio, 1961. (Jaime Pato / EFE)
Ava Gardner y Lola Flores, en el bautizo de su hijo Antonio, 1961. (Jaime Pato / EFE)

Hay un óleo infinito de Singer Sargent, del mismo año que el reestreno en París de la 'Carmen' de Bizet, que me recuerda a ella. En aquel tablao de tramoya levantado en mitad de México. Dándole vida a los flecos, a la bata de cola. Frunciendo el ceño; la más gitana. Desde el Romanticismo, la idea de lo español se ha enmascarado con los rasgos exóticos de esa raza distinta, apartada, atrayente, ancestral. “Yo soy gitana de adentro”, dice; “ellos quieren la libertad, la luna, el sol”. Ser libre puede que sea la única certeza. Cristóbal Tabares, que sí la ha pintado, me habla de sus ojos. Icónicos. Expresivos. Como los de Gloria Swanson. La que fue musa muda está en San Sebastián, en el festival de cine. Por 'El crepúsculo de los dioses'. Es 1954. Coinciden. Se ven. Pero con quien siempre soñó Lola fue con Irene Papas, la Electra de Cacoyannis. A quien sí conquistó fue a Ava Gardner. En aquel nuevo Madrid de rodajes, de fiesta. En blanco y negro.

placeholder 'Lola, en el perro verde', Cristóbal Tabares, 2019.
'Lola, en el perro verde', Cristóbal Tabares, 2019.

Quería ser otro tipo de actriz, tal vez dramática. Tener un teatro. Interpretar 'La rosa tatuada'. Creía en Dios, en la vida, en lo que pueden llegar a decir las palmas de unas manos. En el amor. “De tener que elegir, es preferible siempre querer; no dejar que te quieran”. La querían todos.

Ha conocido a todos, “hasta a Churchill”. Lo ha visto todo. Sobre un escenario atraviesa el tiempo, el espacio, el alma. No hacían falta más que sus pies, su boca, esa energía inmensa. Y una guitarra. La del Pescaílla. No entiende de política (se lo ha dicho a Íñigo, a Hermida, a Jesús Quintero), pero quiere a “Valderrama de embajador; a Antonio Gades de teniente de alcalde”. Sabe que sin cultura no hay nada. Y toda su vida es arte. Casi un 'collage'. Una sucesión de planos largos, a veces asfixiantes, que la vuelven osada, sabia, eterna. Única. De todos.

Lola Flores
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