Yo, en mi próxima vida, me pido ser Ana Milán
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Jaime M. de los Santos

Íncipit

Yo, en mi próxima vida, me pido ser Ana Milán

Se mueve con determinación, con la seguridad de quien sabe que no sabe nada. O muy poco. Pero que lo quiere aprender todo

placeholder Foto: ‘Ana Milán’, de Cristóbal Tabares, 2021.
‘Ana Milán’, de Cristóbal Tabares, 2021.

La conocí por casualidad. Y es que muchas veces las cosas pasan así, por casualidad. En una de esas cenas a las que debería haber llevado esmoquin, pero llevé cuello vuelto. Blanco. Nos presentó Kaliah Garzón. Centrípeta, poliédrica, atrayente y atractiva, no podía dejar de mirarla. Comenzamos a hablar. Lo seguimos haciendo. Hace una semana desayunaba con ella. Rodeados de plantas. Casi pegados a la 'Julia' de Jaume Plensa. Frente a frente. Le gusta que las tazas sean grandes; como a mí. Pero el café con leche. Hablamos de hombres. Y mujeres. Hablamos de cine, de amor. De libros. De política. Tiene una voz grave. Como de océano. Profunda y densa. Te mira y te inunda. Le hablas de ti y se le llenan los ojos de sal. Se mueve con determinación, con la seguridad de quien sabe que no sabe nada. O muy poco. Pero que lo quiere aprender todo. Cuando se ríe, echa la cara hacia atrás. Ríe enorme. Con los dientes y las manos. Ríe de verdad. Puede que Ana Milán lo que más sea es eso, verdad. Y hacen falta pechos auténticos. Como el suyo. Sonrisas francas. Cada vez más.

Le gusta Anna Magnani. Y a mí. Nunca he podido escapar al mirar de la italiana, al temblor de sus frases. Sobre todo cuando se enfrenta al amor muerto, roto; frente a “la voz humana”. Si Rossellini, entonces, la quiso frágil, doliente, la Milán la busca grande, poderosa. Hay algo de Roma en sus gestos; en los de esta Ana, la nuestra. Algo neorrealista. Pero mágico. Le gusta 'La grande bellezza'. Y a mí. “Porque puedo sentirla”, dice. Afrontar Roma desde 'Il Fontanone', asomado a ese dédalo de calles y columnas, puede que sea igualmente mágico. Único. Morir a base de belleza, algo real. ¿Y española?, le pregunto. "Carmen Machi me emociona". Y a mí. "Puede ser una diosa y una tortuga; y siempre es de verdad". Lo mismo que ella. Toca hablar de libros. Porque nos gusta leer. Porque está escribiendo una historia. Porque sí. Por nada más; no había pensado que le dedicaría estas frases cuando pedimos el segundo café. “'Cien años de soledad' me enseñó por qué los hombres le tienen miedo a la muerte”. Y a mí. Tengo miedo a la muerte; y un ejemplar de esa novela infinita sobre la mesa. Una edición que en 2017 ilustró Luisa Rivera. Me la regaló Aida Furmanski, "por enseñarme a Pertegaz".

placeholder 'Cien años de soledad', Gabriel García Márquez. (Luisa Rivera)
'Cien años de soledad', Gabriel García Márquez. (Luisa Rivera)

En Macondo, “de resonancia sobrenatural”, hay mariposas amarillas. Y casas de barro. Una vez sufrió un diluvio que duró más de cuatro años. Sin arca. Sin Noé. Úrsula Iguarán sostuvo ese mundo cubierto de polvo. Ana el suyo. Y un poco el nuestro. En la oscuridad del encierro, con el miedo de la duda instalado bien dentro, abrió una ventana a la vida. Llena de imperfección sana. Arrumbada detrás de un visor. Feliz. Y fue lluvia. Fina. Esa que cala despacio. Y nos acabó desbordando; “ay, como el agua”. Dime que te gusta Camarón, le digo. “Es un icono”, me dice. ¿Y Lorca? “Pero si yo soy Soledad Montoya”. Igual que en Macondo, el Romance de la pena negra tiene un río; “volante de cielo y hojas”. Ana lo cruza sin miedo a empaparse. Mete los pies en el limo. Lo afronta segura. Siempre como la primera vez; “las mejores”. Ahora que en Madrid coinciden sobre las tablas 'Yerma' y 'Mariana Pineda', la imagino como una de esas mujeres eternas. Como Angustias. Como Marcolfa. Con la pena negra entera, solemne. Con un manantial de ganas.

placeholder 'By Ana Milán'.
'By Ana Milán'.

Se mira al espejo. Todo va bien. Se ve llena. Feliz. Un instante después todo es distinto. Muchas veces las cosas pasan así, por casualidad. Vestida de novia, como María Josefa, la de 'Bernarda Alba', el destino la increpa. Ella escucha. Con sus guantes de goma rosa. Un acto surrealista y bello. Tan surrealista como que al último de la estirpe de los Buendía se lo acabaran comiendo las hormigas. La han dejado sola. Hueca. La devora el vacío. Y aunque no lo está, se quiere morir. Un poco. Lo suficiente para renacer. Mucho más imperfecta. Todavía mejor. Abrazada a Lope de Vega. Lo de que “el amor tiene fácil la entrada y difícil salida” es cosa del dramaturgo. No es así siempre. A veces te dejan sin dificultad. Sin más. Desaparecen. Y te abrazas a un sillón. Y dudas del futuro, del pasado, pero sobre todo del presente; ese ahora que pasa lento. Que tanto pesa. Y lo superas; cantando, bailando, riendo, haciendo collages. Con una fuerza que nace de la emoción. De la verdad. Igual que ella. Yo pensaba que en mi próxima vida lo que quería ser era mujer. Pero no. Me pido ser Ana Milán.

Ana Milán