El mundo sigue igual
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Jaime M. de los Santos

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El mundo sigue igual

Ya es casi 14 de noviembre. De 2015. Bataclán es una tumba. Donde sonaban acordes, solo queda terror. Y cuerpos sin vida de inocentes que querían bailar, sentir; nada más

placeholder Foto: Ayoub El Hilali y Cayetana Guillén Cuervo, en '#Puertas abiertas', Teatro Español. (Geraldine Leloutre)
Ayoub El Hilali y Cayetana Guillén Cuervo, en '#Puertas abiertas', Teatro Español. (Geraldine Leloutre)

A Cayetana Guillén la conocí por Gemma Cuervo, por su culpa. Junto a la 'Santa Lucía' de Sigfrido Martín Begué. En un despacho dibujado por Antonio Palacios, colgando sobre la calle Alcalá. Entre fustes de granito gris. Es curioso pensar en cómo las escenografías condicionan los encuentros. Esa mañana, con la luz de otoño sacándole toda su vida al lienzo, entre las orquídeas blancas que mimaba Josefina León, llegó con prisa, sin tiempo. Seria. Puntual. Venía a hablar de su madre. Me abrazó; con la santa vuelta de espaldas. “Gracias”, dijo. Estábamos solos. Habían pasado cincuenta y tres años desde aquel rodaje en un ático del barrio de las Maravillas. Cincuenta y tres años de silencio obligado. 'El mundo sigue', al fin, había desplazado a la censura para simplemente estar, para ser. “No sabes lo feliz que nos hace”. Yo la había visto por casualidad. Unos años antes. En medio de un errático y sorpresivo insomnio. En mi casa. Se parecía al neorrealismo de Italia. Al gran Vittorio De Sica. Y la busqué; pero nada. Ni rastro. Hasta que llegó a una minúscula sala de los cines Verdi. Inmensa. No he olvidado su última escena. No creo que lo haga nunca.

placeholder 'Santa Lucía', Sigfrido Martín Begué, 1985, CA2M.
'Santa Lucía', Sigfrido Martín Begué, 1985, CA2M.

Tenía que haber venido Gemma. Para hablar del profundo desgarro que atraviesa la cinta, de la historia de esa España que quisieron callar; la suya. La de tantos. No pudo. Y vino ella. Cayetana sabe que nada es posible sin cultura; sin belleza. Sabe que el único modo de cambiar las cosas es a través de lo bello. Sea lo que sea eso que nos atrevemos a llamar bello y que para Platón no era más que el reflejo de la bondad. Ese día hablamos de aquella sociedad depauperada, de aquel tiempo que se hizo eterno, el de la cinta de Fernán Gómez; toda crudeza, hipocresía, cainismo. No hemos cambiado tanto. O menos de lo que creemos. Nos sigue costando entender al otro. Y sufrimos violencia. Y la ejercemos. Aunque solo sea verbal. Y callamos frente a la injusticia. Muchas más veces de las que nos gustaría; de las que debiéramos. Mientras, nuestro mundo continúa siendo áspero. Pero tenemos libertad, es cierto. Incluso para seguir profundamente equivocados.

placeholder Gemma Cuervo en 'El mundo sigue', Fernando Fernán Gómez, 1963.
Gemma Cuervo en 'El mundo sigue', Fernando Fernán Gómez, 1963.

También hablamos de teatro. De su padre, Fernando Guillén. De la vida. “Estaría orgulloso viéndome subida a las tablas del Español”. Esto me lo dijo ayer. Al salir de la sala. En medio de otro abrazo. Aún nerviosa. Con un poco de Julie bajo las uñas; esa mujer que atravesada por el miedo abre su casa en la noche. A la noche. En mitad del drama de una ciudad asfixiada por el dolor. París llora y se esponja, se expande. No quiere renunciar a su sentir de Babel. No quiere y no puede. Ya es casi 14 de noviembre. De 2015. Bataclán es una tumba. Donde sonaban acordes solo queda terror. Y cuerpos sin vida de inocentes que querían bailar, sentir; nada más. Y pena. Y rabia. La ciudad se despliega. También Julie. Abrazada a su cuerpo como queriéndose mecer. Segura de nada. Ansiosa. Llaman a la puerta. Un varón de treinta años. Parece marroquí. O sirio. Ha acudido a uno de esos refugios seguros, a una de esas puertas abiertas. En la madrugada más triste. Entra. Y con su carne irrumpe la otredad.

placeholder 'Law of the journey', Ai Weiwei, 2017. Neugerriemschneider.
'Law of the journey', Ai Weiwei, 2017. Neugerriemschneider.

Su piel menos clara, su cabello menos liso, lo han vuelto de golpe una amenaza. No importa la naturaleza de su pensar; es diferente. Todos lo somos. Pero su fe, la que sea, la que le enseñaron, la que profesa porque quiere, porque también él es libre, le envuelve hasta el punto de hacer inaudible el resto de signos, de señales. Su voz. En especial para aquellos que no quieren ver. “Nací en París”, repite. Da lo mismo. Y más que nunca en esa noche de muerte. Donde se hunden sus raíces, allí donde sus padres lo aprendieron todo, todas las noches están llenas de muertos. Bajo el mismo sol que el nuestro. Pero eso no importa. No es París. Ella consiente. Se miran. Los dos tienen miedo. Ayoub El Hilali sabe que no es fácil, que las fronteras no son líneas discontinuas sobre un mapa, ni tan siquiera acuerdos recelosos entre Estados. Son emociones. A veces de orgullo, de pertenencia. Otras de rechazo, de odio, de indiferencia. Incluso de agua; como con las que Ai Weiwei nos increpa. Transformadas en fosa. “Así es la vida”, afirman quienes no saben nada sobre saberse el otro, quienes consiguen dormir en paz. Sin paz. Y por ser así, deberíamos seguir mejorándola, tenemos la obligación de cambiarla. Y la gran oportunidad.

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