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Paisaje con figuras (sin el prólogo de Gala)
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Jaime M. de los Santos

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Paisaje con figuras (sin el prólogo de Gala)

Hace unas semanas, en el teatro de La Abadía, Ana Zamora levantaba esa otra construcción milagrosa que fue 'El retablillo de Don Cristóbal' -'Los títeres de Cachiporra'-; obra y gracia de Lorca

Foto: El telón del teatro español. 1975
El telón del teatro español. 1975

Escribir es una suerte, un regalo. Juntar palabras hasta completar una historia, una experiencia -casi- única. Hay historias más y menos extensas. Profundas y ensimismadamente ligeras. Arduas, rápidas y violentas. En prosa y verso. Sesudas. Furtivas. Anheladas. El domingo firmaba dentro de su caseta -neófita y emocionada-, Carlota Campomanes, una aedo posmoderna enamorada del verso, de la belleza. Lo hacía entre libros, bajo la sombra de un bosque más viejo que el viejo Madrid, frente a un rumor de navegantes -urbanos- cubiertos de polen, con ganas. La primera firma -estoy seguro- transforma. Es como si, de verdad, fueras por fin escritor. Aunque la escena sea urgente, inmediata -tan lejos del hecho mismo de escribir-. Yo lo haré mañana; rubricar la historia de Elvira, en segunda vuelta -ya estoy en cada palabra de ese friso oscuro que es Si te digo que lo hice-. Y tengo dudas. Y estoy nervioso. Quizá por tenerme que enfrentar a un público que, sin embargo, es de todos el menos severo; porque está oculto detrás de hojas siempre beis que no obligan a nada; porque casi nunca se enfada o, mejor, porque no lo manifiesta. Y de golpe, en un parque, igual que un intérprete, me cruzaré con quienes, un día, depositaron su confianza en mí sin saber apenas nada. Hasta convertirme un poco en un títere, en sus manos -también porque esas construcciones de chapa y cartón son más propias de Cachiporra que de este mundo de hoy-.

placeholder 'El retablillo de Don Cristóbal'. Federico García Lorca. Teatro de La Abadía. Dirección, Ana Zamora
'El retablillo de Don Cristóbal'. Federico García Lorca. Teatro de La Abadía. Dirección, Ana Zamora

Hace unas semanas, en el teatro de La Abadía, Ana Zamora levantaba esa otra construcción milagrosa que fue 'El retablillo de Don Cristóbal' -'Los títeres de Cachiporra'-; obra y gracia de Lorca. Y lo hacía sin ambages, como una arqueóloga -que es lo que es-. Dando luz a una infancia que nunca debería ser sepultada. La nuestra, la de todos. Entre el público -menos silente que quienes leen, muchas veces afectado de tosferina-, había padres incómodos ante la verdad desnuda de Federico. Y se movían en sus butacas de fieltro como si a sus pequeños vástagos -que no sosías- hubiera que alejarlos todo lo posible de la incomodidad obligada de la vida; tratando de censurar -aunque solo fuera con sus soplidos- al dramaturgo más bello, más sutil, más entregado. Al más necesario. Se equivocaban. El teatro no solo se mira; se siente, se traga, se respira. Y se escribe. Como la música. Por eso en Cachiporra se canta y baila; se vive. Me acompañó mi sobrina Carmen, la cuarta. Un milagro de adolescente que no para de leer; que subraya las frases que le resuenan; que dobla las esquinas porque no quiere olvidar. Por eso quiero que no se pierda la 'Bernarda Alba' del Español -ni a mi querida Consuelo Trujillo-, para que no obvie que esa era la verdad de las mujeres hasta no hace tanto; “hilo y aguja”, soledad y represión. Para que sueñe siempre en verde como Adela. Pero sin ser ella.

placeholder Consuelo Trujillo y Ana Fernández en 'La Casa de Bernarda Alba´. Teatro Español
Consuelo Trujillo y Ana Fernández en 'La Casa de Bernarda Alba´. Teatro Español

El Retiro es una mancha verde, “verde viento. Verdes ramas”. Un bosque barroco donde en mayo se levantan vanos de letras para que los que escriben puedan firmar, para que quienes leen puedan soñar. Ventanas como las que un día, no hace tanto, jalonaban Central Park -cuatro veces nuestro parque-. Las plantaron Christo y Jeanne-Claude. Hace diecisiete años. “Simplemente arte”, dijeron. Y que eran puertas. Para mí ventanas; porque no se atravesaban -no solo-, porque servían para ver y mirar. En febrero serpenteaban aún, como una arteria de color azafrán, entre copas mochas, colonizadas por ardillas domésticas y el hielo de la gélida noche de Nueva York. Llegué -mi primera vez en la ciudad que me enseñó Woody Allen- y me impresionó su grandeza de muro sin frenos, sin aranceles; su búsqueda unívoca de beldad. No querían instruir, ni apostolar; solo embellecer. Lo consiguieron. Lo mismo que Broodthaers con sus versos -transformados en mejillón desde que supo que iba a morir-. Nada me hubiera gustado tanto como ver el Palacio “del trono” de Oriente envuelto como el Reichstag en 1995, como el Arco del Triunfo de Napoleón hace menos de un año. Pero están muertos “para siempre. Como todos los muertos de la tierra”; Christo y Jeanne-Claude -amantes y amados-. Y no sé si habrá quienes, hoy, osen levantar telones tan grandes, tan bellos, tan mágicos.

placeholder 'El Arco del triunfo envuelto'. París, 2021 - 'Gates'. Nueva York, 2005. Christo y Jeanne-Claude
'El Arco del triunfo envuelto'. París, 2021 - 'Gates'. Nueva York, 2005. Christo y Jeanne-Claude

El telón del Español es de 1975. Repite el que ardió en mitad de un ensayo, avistado por el ágil apuntador. Sigue teniendo las armas de Alfonso XIII, el último en vivir sobre ese trono de Oriente. Quien ocupaba su palco dorado con entrada independiente -y velada-. El mismo rey que confió en el dictador y se acabó perdiendo en Roma; como Jep Gambardella. Yo, si pudiera, también lo haría, desperdigarme en la “ciudad eterna”. Sentarme a escribir con vistas a Santa Agnese in Agone, “con rumor de agua”. O en Sant´Ivo alla Sapienza, en su sala de lectura. Sendos sueños de Borromini -que siempre vistió a “la española”- ensartados en su densa red de altares y callejas, de escaleras y fontanas. Una de aquellas capillas estuvo dedicada a San Diego de Alcalá, en la iglesia de Santiago -de los españoles-, en piazza Navona, pintada al fresco por Annibale Carracci. Se ha reconstruido en Madrid, en ese otro telón -de fondo- que es el Museo del Prado; tal y como fue. Sin contexto. U otro muy distinto, -aunque también sacro-. Lo mismo les pasa a quienes tejen historias que, sobrevenidos, cada mayo, mudan sus aperos de escribano por vistas cortas al asfaltado paso del Buen Retiro, y al Hércules de Nemea -trasladado por Carlos III desde el Palacio Real de Oriente-; con el calor del aglomerado planeando sobre sus pensantes coronillas -la mía rala-. Hasta convertirse un poco en paisaje. Diverso, ruidoso, necesario. Ilustrado. Tan ilustrado como Antonio Gala, que avanzaba lo que importa de la historia en una serie legendaria -'Paisaje con figuras'-. Y olvidada.

Escribir es una suerte, un regalo. Juntar palabras hasta completar una historia, una experiencia -casi- única. Hay historias más y menos extensas. Profundas y ensimismadamente ligeras. Arduas, rápidas y violentas. En prosa y verso. Sesudas. Furtivas. Anheladas. El domingo firmaba dentro de su caseta -neófita y emocionada-, Carlota Campomanes, una aedo posmoderna enamorada del verso, de la belleza. Lo hacía entre libros, bajo la sombra de un bosque más viejo que el viejo Madrid, frente a un rumor de navegantes -urbanos- cubiertos de polen, con ganas. La primera firma -estoy seguro- transforma. Es como si, de verdad, fueras por fin escritor. Aunque la escena sea urgente, inmediata -tan lejos del hecho mismo de escribir-. Yo lo haré mañana; rubricar la historia de Elvira, en segunda vuelta -ya estoy en cada palabra de ese friso oscuro que es Si te digo que lo hice-. Y tengo dudas. Y estoy nervioso. Quizá por tenerme que enfrentar a un público que, sin embargo, es de todos el menos severo; porque está oculto detrás de hojas siempre beis que no obligan a nada; porque casi nunca se enfada o, mejor, porque no lo manifiesta. Y de golpe, en un parque, igual que un intérprete, me cruzaré con quienes, un día, depositaron su confianza en mí sin saber apenas nada. Hasta convertirme un poco en un títere, en sus manos -también porque esas construcciones de chapa y cartón son más propias de Cachiporra que de este mundo de hoy-.

Antonio Gala Museo del Prado Napoleón