Shakespeare, Shagspere, Shaxpere, Shakespear, Shaksper... o como sea

'El espejo de un hombre' es una sensata y jugosísima biografía sobre William Shakespeare escrita hace doce años por Stephen Greenblatt, que se publica ahora en España

Foto: Una mujer con una máscara de Shakespeare durante las celebraciones por el IV centenario de su muerte en Stratford-Upon-Avon (Gran Bretaña)
Una mujer con una máscara de Shakespeare durante las celebraciones por el IV centenario de su muerte en Stratford-Upon-Avon (Gran Bretaña)

Hasta en las biografías publicadas este año de celebración está corriendo mejor suerte William Shakespeare que Miguel de Cervantes. Penar cinco años de cárcel en Argel y perder una mano no ha sido suficiente para que alguien nos ofrezca un libro apasionado y visceral sobre la vida del autor del Quijote. Sin embargo, un puñado de sonetos homosexuales y un testamento misógino le han bastado a Stephen Greenblatt para hacernos creer que la vida de Shakespeare mereció la pena. Después de leer 'El espejo de un hombre', uno quiere leerse todo Shakespeare de rodillas, ver sus obras representadas, visitar Stratford-upon-Avon y sujetar calaveras con la mano durante toda la tarde.

'El espejo de un hombre' de Stephen Greenblatt
'El espejo de un hombre' de Stephen Greenblatt

¿Cómo lo ha hecho Stephen? No ha sido tan difícil. La biografía del autor fallecido hace siglos no exige al biógrafo mancharse las manos, salir de casa, preguntar a los conocidos del biografiado. Todo lo que tiene que hacer es leer su obra y enfrentarla con los datos ciertos que conocemos de su vida, avalados por las decenas de biografías anteriores. Con este método tan simple (que Emmanuel Carrère utilizó a su vez para la biografía de Philip K. Dick en 'Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos'), mister Greenblatt nos regala un libro realmente maravilloso.

Registros chapuceros

Shakesshafte, Shagspere, Shaxpere, Shakespear y hasta Shaksper fue llamado William Shakespeare por la administración inglesa. En los documentos de fianzas y licencias que se conservan, el autor de 'Hamlet' sufrió la desidia de numerosos funcionarios atolondrados. Es curioso que un hombre llamado a representar lo mejor de la cultura de su país, y cuyo nombre hoy en día se escribe con la facilidad con la que escribimos “agua”, viera desfigurada su identidad en tantos registros chapuceros. Es toda una cura de humildad imaginar a (nada menos) que William Shakespeare acudiendo al juzgado para depositar una fianza matrimonial y que el funcionario a cargo, al oír su nombre, registrara Shaxpere, y hasta pensara: “¡O como sea!”, y cuatro siglos después ese Shakespeare “o como sea” deviniera el mayor genio de la literatura de todos los tiempos.

Es curioso que un hombre llamado a representar lo mejor de la cultura de su país viera desfigurada su identidad en tantos registros chapuceros

Casi todo lo que sabemos de Shakespeare, nos dice Greenblatt, se lo debemos a esa mezcla de incuria y diligencia de la administración pública de su país. Hay rastros de su alianza matrimonial como hay rastros de su compra de inmuebles o de sus litigios, amén de algunas cartas en las que se habla de él. El testamento mismo, que en cualquier otra persona resultaría anodino, se vuelve en Shakespeare un expresivo poema de sus sentimientos hacia las personas de su entorno.

Así, después de repartir su nada despreciable patrimonio entre amigos e hijas, William Shakespeare se acuerda de pronto de su esposa en la última página, y decide dejarle en herencia (ojo) “mi segunda mejor cama”. Ni siquiera solamente la mejor cama: la segunda mejor.

Todo el feminismo de nuestro tiempo podría pivotar sobre este dato alucinante.

Éxito

Y es que William Shakespeare, como todos los futbolistas de élite, triunfó desde el principio. El viaje a Londres del joven William para sumarse a la revolución del teatro en la época isabelina -época en la que el puente de Londres solía estar decorado con cabezas cortadas, en la que las guerras de religión imponían la obligación de ir a misa y en la que, ya con Jacobo como rey, un loco llamado Guy Fakwes casi voló por los aires el Parlamento: qué tiempos- se saldó con la conversión de las artes escénicas en un negocio y con el autor de provincias convertido en la estrella de la compañía The Globe, la más importante del país.

Greenblatt explora la obra de Shakespeare y da crédito a la investigación -un tanto 'Sálvame'- que intuye que él y Henry Wriothesley fueron amantes

Greenblatt explora la obra completa de Shakespeare buscando en ella epifanías autobiográficas, y llega a dar crédito a esa línea de investigación -un tanto 'Sálvame'- que intuye que nuestro autor y el noble mecenas Henry Wriothesley fueron amantes (decenas de sonetos de Shakespeare se presentan como prueba). También busca en las tramas, y en los parlamentos de sus personajes, respuestas de Shakespeare a las pullas que otros autores le lanzaban, así como una radiografía del grupo de amigos con el que se relacionó, cuyos miembros, curiosamente, fallecieron todos antes de cumplir los treinta años.

'Hamlet' o 'La guerra de las galaxias'

'Hamlet' y 'Macbeth' son las obras que Greenblatt analiza con mayor brío. De 'Hamlet' podemos decir que fue como si alguien ahora mismo hiciera una nueva versión de 'La guerra de las galaxias' ('Stars Wars', para los jóvenes) y, siglos después, nadie recordara el original de George Lucas. Había decenas de Hamlets anteriores al de Shakespeare, pero él los borró de la historia con su renovado personaje, que no en vano balbucía: “palabras, palabras, palabras”. (De hecho, hay 600 palabras nunca antes usadas por Shakespeare -y muchas, por nadie en literatura inglesa- en esta obra.)

Había decenas de Hamlets anteriores al de Shakespeare, pero él los borró de la historia con su renovado personaje

Cardenio es, no sólo una de las obras perdidas de Shakespeare, sino el único punto de contacto espectral entre el dramaturgo y Miguel de Cervantes, pues la obra era una versión del 'Quijote'.

Stephen Greenblatt es tan hábil que encuentra en una de las últimas obras de William Shakespeare, 'La tempestad', el epitafio perfecto para el autor -incluso la divisa desencantada de cualquiera que haya dedicado la vida entera a la literatura-: “Pero aquí y ahora abjuro de esta magia tosca”.

Mala Fama