¿Es Javier Marías un tapón? La caprichosa suerte de los "vejestorios cabrones"

El autor de 'Los enamoramientos' se manifiesta sobre la extendida teoría de que su generación está ejerciendo de “tapón” para el desarrollo profesional de las siguientes

Foto: El escritor Javier Marías (EFE)
El escritor Javier Marías (EFE)
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Una vez estaba en un bar viendo fútbol con varios amigos y amigos de amigos y dejé caer la afirmación de que el Real Madrid era un equipo de señoritos. Lo dije como quien dice que llueve, cuando llueve, o que hace sol, cuando luce. Eso es una tontería, me contestó alguien. De pronto me poseyó la confusión meteorológica y no supe por dónde seguir.

Lo de que el Real Madrid es un equipo de señoritos es algo que ya no propago. A estas alturas de la película, es difícil sostener que el Atlético de Madrid, a cuyos jugadores les roban relojes de 40.000 euros, sea un equipo manifiestamente para obreros. El señoritismo merengue era una noción recibida, una baratija de sabiduría que te da la vida para que la luzcas y manosees, normalmente ante el aplauso de determinados fondos Norte. Hasta que llega alguien y te dice que eso es una tontería y te das cuenta de que tu pensamiento está en play-back, sale del karaoke del lugar común.

Algo similar me ha pasado al leerle a Javier Marías que ese cliché según el cual su generación es un tapón para las generaciones siguientes no tiene base legal. Durante día y medio hasta me ha convencido. También es verdad que hace tanto calor que a mí ya me convencen de cualquier cosa.

Post transición

Lo del tapón es un mantra post-transición que se ha encrespado al compás de la crisis, el 15M, Podemos y que todos estamos fracasando. La idea es más o menos que los escritores nacidos en los años 60 no han obtenido el reconocimiento que merecen porque Marías, Millás, Muñoz Molina o Mendoza han detenido el alfabeto del la fama en esa M mayúscula que los cobija. Esto tiene que ver con premios Nacionales, portadas de suplementos, columnas en periódicos principales y ventas efectivas. Recuerdo a Marcos Giralt Torrente afirmando en algún sitio que la generación de Marías ha sido menos generosa con los autores jóvenes que la generación que les precedió a ellos. Quiere decirse que apadrinan poco, no reparten juego y parecen pensar que la literatura española se acaba con sus libros. Juan Manuel de Prada (también Trapiello en algún diario) han señalado además que muchas veces el mínimo halago hacia un autor más joven sólo busca orillar a otro más talentoso, que sí podría hacerles sombra.

Todo esto es más complicado de lo que parece y hasta hubo un libro que trataba de agotar sus infinitas aristas. Se tituló CT o la Cultura de la Transición y venía a decir que el tapón era una ideología mayoritaria que establecía, desde los años ochenta, qué se podía pensar, cómo, quién y cuándo, todo ello si se quería llegar a algo en esta vida. Conceptos como aborregamiento por consenso, desmemoria histórica o autocomplacencia institucional resultaban fundamentales para la CT.

Marías obvia instancias más complejas que determinan el éxito. Básicamente dos: el momento histórico y el capital social. No se puede minimizar el hecho de que la Transición fue la juerga de los avispadosJavier Marías niega la mayor en su último artículo, titulado "Los vejestorios cabrones", afirmando en resumen que no se puede taponar, que cada cual escribe lo que puede y luego la vida hace sus fiestas. Él mismo empezó a publicar, según señala, con las aplastantes nombradías de un Ferlosio o un Marsé o una Martín Gaite completamente activas, lo que no impidió que su generación llegara al público. Todo es “una mezcla de talento y suerte”, concluye.

Es cierto que, de hecho, nada ha impedido que regularmente desde los años 90 un autor nuevo alcance el éxito, y ahí tenemos a Javier Cercas y su 'Soldados de Salamina', o 'Intemperie' de Jesús Carrasco. Además, hay que reconocer que si Marías o Muñoz Molina fueran en alguna medida un tapón, lo serían por algo tan criminal como seguir trabajando. Es un tanto insostenible escribir una novela radical en 1992, frustrarse, darse luego a la bebida hasta 2017 y no dejar de repetir durante todo ese tiempo que te taponaron y te jodieron la vida, cuando a fin de cuentas no has vuelto a escribir una sola palabra.

Sin embargo, Marías obvia a mi juicio instancias más complejas que determinan el éxito. Básicamente dos: el momento histórico y el capital social. No se puede minimizar el hecho de que la Transición fue la juerga de los avispados, y que mucha gente que hoy en día no podría ni aspirar a determinados cargos menores se vio de pronto en primera línea social por los caprichos de la ocasión. Lo que detenta la generación de Marías no es el éxito, pues, como hemos visto, éxito han tenido no pocos escritores; lo que detenta es la oficialidad de la literatura, ese halo de escritor público autorizado que hace que lo conozcan incluso quienes no leen, privilegio un tanto despótico derivado de la Transición.

El capital social tiene que ver con ese entramado, tantas veces opaco, de familias y amigos que copan cargos y premios y que exuda encima un sub-entramado de arribistas que los jalean a fin de que les dejen entrar en la fiesta; jaleamientos que, al cabo, funcionan como legitimación.

Antonio Orejudo (Madrid, 1963) asume en su última novela, 'Los Cinco y yo', que su generación ha sido víctima de esa falla tectónica en la historia de España que fue la Transición. Eran demasiado jóvenes para liderarla o participar siquiera, y ahora son demasiado viejos para armarla en la tornaboda.

Y escribe: “Para mi madre la desgracia siempre ha sido más probable que el golpe de suerte. A la gente humilde se le inculca esta idea quizás para que renuncie a tener aspiraciones o para que, si las tiene, no pida explicaciones cuando se frustran. Porque podría descubrir que su mala suerte no es fatalidad, sino que está provocada por otros hombres que se benefician de su desgracia.”

Mala Fama
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