Españoles, Francisco Umbral ha muerto

Se cumplen diez años de la muerte de uno de los articulistas y escritores más influyentes y controvertidos de la Transición, autor de 'Mortal y rosa' o 'Trilogía de Madrid'

Foto: Francisco Umbral
Francisco Umbral

Que Francisco Umbral (Madrid, 1932 - Madrid, 2007) se muriera en agosto fue lo más previsible en alguien que llevaba toda la vida escribiendo diariamente una columna salvo en agosto. En agosto descansaba y en agosto descansó, pasó palabra, se hizo silencio en la magra cotidianidad del mes, que es un mes -lo estarán comprobando- en el que no merece la pena la metáfora.

Agosto al margen, Umbral fue todos los meses del año bastante hijo de puta. Quiere decirse que incordiaba, abastonaba, se dejaba odiar y salía por la tele. Umbral fue, de hecho, el primer escritor que parecía creado por la tele, un personaje, una estampa afamada, con su bufanda, sus gafas arteriales y esa media melena blanca, el tinte coqueto de la intelectualidad.

Alberto OlmosAlberto Olmos

Cómo hizo Umbral para llegar tan alto viniendo de un pesebre de Valladolid es lo que nos tiene alucinados a los de Valladolid, incluso cuando somos de Segovia. La de Umbral es una historia de arribismo benévolo, de medro épico: cualquier cosa que hiciera para triunfar nos parece bien. Llevaba tanto dolor encima que, compensatoriamente, uno se pone de su parte si, como Walter White, todo lo hizo por sacar adelante a su familia, que eran -no nos engañemos- sus propios libros.

Diez años después de su muerte, Umbral sigue sonando en las columnas de un buen puñado de articulistas cuarentones; sigue su prosa siendo el punto de partida secreto o manifiesto de otro apreciable montón de novelistas de mediana edad; y continúa 'Mortal y rosa' abriéndose por sus páginas más emocionantes ante los ojos de los que, con veinte años, aún leen por culpa de una sola página, que les quebró una tarde.

El 'efecto Kitano'

Aunque se me acaba de ocurrir, denomino 'efecto Kitano' a esa condena social que se deriva de hacer dos cosas bien, pero una más popular que la otra. En Japón, nadie se toma en serio el cine de Takeshi Kitano porque todos creen que lo suyo es oficiar de gilipollas en televisión ('Humor amarillo') y no rodar películas sobrias y violentas. Umbral hacía tan bien sus columnas que mucha gente le reconoce enseguida ese mérito para no tener que pronunciarse sobre sus novelas, que comparativamente debemos entender que no valían nada. Esto es una tontería y sirve de aviso a los futbolistas de primera división para que no suban vídeos a instagram demostrando lo buenos que son al futbolín. Siempre habrá uno que diga: ¡Lo que se le da de veras bien a Sergio Ramos es el futbolín!

El primer libro de Umbral, 'Larra, anatomía de un dandy', no va del pobrecito suicida, sino del propio Umbral

Como columnista, Umbral se alineaba con Larra para dejarles el trabajo abocetado a los exégetas, y lo cierto es que de Larra tiene más bien poco. De hecho, su primer libro, 'Larra, anatomía de un dandy', no va del pobrecito suicida, sino del propio Umbral, y es debido a este travestimiento que el biografiado sale tan flamenco, como yeyé.

El columnismo de Umbral era el columnismo que nos gusta en España, yo qué quieren que les diga. Es un columnismo agresivo, sumario y soberbio. De vez en cuando algún articulista clama contra este modo de hacer opinión, pidiendo más reposo y más equidistancia, como si alguien fuera a leer una columna que estableciera que nadie tiene razón, que la razón es de todos un poco. Imaginen decenas de artículos diarios cuyo tono fuera: bueno, esto pienso yo, pero otros piensan otra cosa. Los lectores desertarían por millares, pues ellos ya asumen que la vida es duda, y si leen a un columnista es por hacerse la ilusión de que alguien sabe de qué va la cosa. Un columnista tiene por obligación fingir que sabe de qué va la cosa.

Cursilería y horror

Las novelas de Umbral, por otro lado, fueron un estilo volcado en un molde que le prestó Cela, y que éste tomó de 'Manhattan Transfer'. Es la novela coral, despiezada, que permite el retrato y la estampa y, además, le ahorra a uno enredarse en una trama. Así hizo Umbral decenas de novelas, tan ricamente.

Esta narrativa alveolar es la idónea para aquel que escribe cada día página y media, y eso ya es un capítulo, y al día siguiente puede escribir otro capítulo sin necesidad de acordarse de qué pasaba en los anteriores, porque normalmente no pasaba nada. Pasaba el estilo.

Veo 'El giocondo', 'La noche que llegué al café Gijón' o 'Trilogía de Madrid' como sus mejores libros, aquellos en los que el estilo exime inapelablemente de tener que contar algo, de hacer novela.

'Mortal y rosa'. (Planeta)
'Mortal y rosa'. (Planeta)

Sin embargo, el libro suyo que abro más a menudo es 'Mortal y rosa', que oficialmente además es su pequeño peón puesto en el porvenir. A veces, ay (y qué umbraliano es este “ay”), no me gusta lo que leo: cursilería, autocomplacencia. El libro se iba a titular en realidad 'Estoy oyendo crecer a mi hijo', y glosaba simplemente el hecho de ser padre. Por ahí se le colaban a Umbral muchos trozos de vanidad, olvidando al hijo para ensalzarse él.

La desgracia quiso que ese oír crecer a su hijo fuera una escucha breve, sin embargo, y el autor tuvo a bien seguir escribiendo lo que inopinadamente se había convertido en el último movimiento de una vida, la sinfonía agónica.

Fue la enfermedad del hijo, y la voluntad del padre de hacerla sonar en su escritura, la que convirtió finalmente 'Mortal y rosa' en un libro otro, literatura en carne viva, imperfecta pero verdadera:

“La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entraña misma del horror.”

Mala Fama

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