¿Cuánta gente leía a Umbral? ¿Alguien lee a Marías? El columnismo está acabado

La digitalización total de la prensa puede poner fin a la edad de oro del columnismo debido al control del tráfico generado por un artículo y a la omnipresencia de la opinión

Foto: Francisco Umbral
Francisco Umbral

El otro día Quique Peinado dijo en una entrevista a este periódico casi todo lo que yo pienso, circunstancia tan inusual que, por una vez, me vi en comandita intelectual, defendido en las palabras de otro, como esos fanáticos políticos de hoy que todo lo que dicen lo dicen también otros tres mil fanáticos, siendo siempre trending topic de su propia paranoia.

Peinado dijo, por ejemplo, que es de tontos vivir en continua campaña electoral si uno no es ni siquiera político, pues no se puede estar de acuerdo con unas siglas permamentemente, y menos negarle al opuesto ideológico alguna razón, alguna verdad, algún acierto. Somos pocos los que no queremos comprar la guerra civil de Twitter, lo cual lleva aparejado -como reconocía el propio Quique Peinado- que te arreen por la derecha y te zurren por la izquierda. De esto también sabe mucho Juan Soto Ivars, que acuñó hace tiempo la frase definitiva sobre los españoles con sentido común: que en la Guerra Civil los hubieran fusilado en los dos bandos.

Otra declaración afortunada de Quique Peinado guardaba relación con el periodismo, en concreto, con la columna de opinión. Tras considerar el género como el “cáncer” de la profesión, el periodista de Vallecas se detenía en la firma de Javier Marías, y señalaba unas vergüenzas que sólo la digitalización de los contenidos ha conseguido airear. Decía Peinado: “Me gustaría saber cuánto cobra, cuánta gente lee en realidad sus columnas de arriba abajo y cuánto le renta eso a El País”.

Carlos PrietoCarlos Prieto

Estas preguntas no se las hacía nadie en los años 90, pero hoy son las preguntas que van a redefinir este oficio.

El columnista era la estrella

Para los que estudiamos periodismo a finales del siglo pasado, era evidente que ser columnista tenía algo de marquesado en el papel, como si las columnas vinieran timbradas en tinta azul, en medio de la vasta vulgaridad de noticias y anuncios de prostitución, tan negros y perecederos.

El columnista era la estrella de cualquier periódico, y nadie se preguntaba cuánta gente leía a Francisco Umbral, a Carlos Boyero o a Juan José Millás, pues, salvo por encuestas internas del medio, era imposible saberlo.

Umbral escribía lo que le daba la gana, y a veces la gana le daba para contarnos que había tomado té en casa de una marquesa

Umbral escribía cada día lo que le daba la gana, y a veces la gana le daba para contarnos que había tomado té en casa de una marquesa, y que se lo pusieron templado. Nos parecía normal que alguien cobrara por contarnos la temperatura de sus tés.

Unas páginas más atrás, Carlos Boyero se dormía viendo películas, y eso también nos parecía normal.

Hace mucho menos, Almudena Grandes contaba en su columna que había estado en México y que se lo había pasado fenomenal.

El columnismo era así: pura filfa, diarística abierta, gente contando sus caprichos, recomendando libros de los amigos o, cuando no había más remedio, insultando al columnista estrella de la competencia.

Nadie se preguntaba si eso se leía mucho. Los escaños contados del congreso de opinadores daban a entender que sí.

Visitas

Usted debe saber que, ahora mismo, mientras lee este artículo mío, le están contando. No hay ni un sólo segundo de vida de este texto que no esté monitorizado. Se sabe cuánta gente ha pinchado en el titular, cuántos han leído el artículo hasta el final, a qué hora hubo más visitas y cómo ha funcionado en redes sociales. Si Pérez-Reverte lo tuitea, sabremos cuántos de sus casi dos millones de seguidores han venido a verme.

¡Así no hay quien viva! El articulista moderno está en manos de la plebe, ya no vale que a su madre le guste cómo escribe o que su panadero le dé las gracias por citarle en una columna (Umbral se acordaba regularmente de los panaderos); en definitiva, ya no vale “el prestigio”.

Quique Peinado sabe perfectamente que los artículos de Javier Marías se leen mucho menos que los suyos, sin ir más lejos

Quique Peinado sabe perfectamente que los artículos de Javier Marías se leen mucho menos que los suyos, sin ir más lejos. Y lo que viene a decirnos con su afirmación es que el tiempo del columnista estrella está llegando a su fin, al compás de las jubilaciones venideras de los Marías, Grandes o Muñoz Molina, que cualquiera diría que han sido ordenados opinadores de manera vitalicia.

Los nuevos columnistas vivirán, como yo, una vida plebiscitada, un continuo referendo sobre sus escritos, lo cual quizá nos libre de saber cómo se lo pasan en México o qué majo es su perro Pepe, pero nos aboque al mismo tiempo a una cierta devaluación de la escritura, atenta casi exclusivamente a que varias decenas de miles de internautas caigan en la trampa de un titular populachero, como seguramente es el que se me ha ocurrido a mí para este artículo. ¡Tuitéenme, por favor!

Además, hoy todo el mundo opina en público. En Twitter hay decenas de perfiles que, en solo 140 caracteres, logran que nos cuestionemos la actualidad. En Facebook, un estado de un ciudadano desconocido, ni siquiera con buena prosa, puede poner patas arriba la opinión pública. Hay columnistas con varias décadas de escribir en grandes diarios cuyos artículos yo nunca he visto tuiteados por nadie. Eso va a cambiar. Está cambiando.

Se acabó.

Mala Fama

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