El instante de peligro: no merece la pena morir por Cataluña

Pocas son las novelas que se han escrito en medio de crisis históricas de solución indeterminada. Leerlas nos lleva a reflexionar sobre lo poco que cuidamos el presente y, por tanto, el futuro

Foto: Estudiantes con esteladas en la Universidad de Barcelona. (EFE)
Estudiantes con esteladas en la Universidad de Barcelona. (EFE)

Coincidiendo con que fachas somos todos, me dio por volver a leer 'Madrid, de corte a checa' (1937), de Agustín de Foxá, a buen seguro la novela más peligrosa que la literatura española de todos los tiempos nos ha entregado a los lectores de hoy. Es peligroso leerla porque a nadie le gusta echarle un piropo al diablo. Justo este mes se cumplen 80 años de su publicación, efeméride que me satisfacía: ya está, me dije, ya tengo artículo. Puedo ponderar la viveza de su prosa, recrearme en sus metáforas y en ese retrato tan encantador que hace de la ciudad de Madrid; buscarle abuelo en Valle-Inclán, nieto en Francisco Umbral, fratría franquista.

Pero esto se ha hecho muchas veces, desde que Andrés Trapiello exhumara con elogios el libro en 1984 y la editorial Planeta lo publicara en 1993. Además, he leído un artículo invencible de Cristóbal Villalobos sobre Agustín de Foxá, conde de lo mismo.

Por si fuera poco, hay un referéndum próximo donde todos los españoles votamos, no con papeletas depositadas en urnas, sino con opiniones depositadas sobre otras opiniones. Esta consulta del 1 de octubre es seguramente la primera en la historia en la que no se convoca al pueblo para expresarse, sino para quitarse la palabra. Así es difícil escribir sobre literatura.

Guerra Civil

“Queda proclamada la república catalana”, leemos en la página 196 de 'Madrid, de corte a checa' (Ciudadela). Es una proclama hacia cuya reiteración nos estamos dirigiendo estos días, 83 años después; un ripio político por el que un juglar del pueblo va a arriesgar años de cárcel con tal de saborear su épica, ser quien lo diga, ser Historia. Cincuenta páginas después, en la novela de Foxá empieza la Guerra Civil.

'Madrid de Corte a Cheka'
'Madrid de Corte a Cheka'

Y eso ha dicho un motorista: que hoy vamos también hacia una guerra civil. Quizá no es una exageración; quizá para nosotros sería tan grave como una guerra civil que, después de 40 años de democracia y problemas tan descomunales que curiosamente nadie hoy tiene tiempo de hablar de ellos, muriera una sola persona por un tira y afloja con unas urnas. Porque ¿quién puede asegurar que, con miles de policías desplegados sólo en Barcelona, y decenas de miles de catalanes dispuestos a enfrentarse con ellos, no vaya a morir nadie?

Si hay una noción ridícula que alguna vez se tomó por sabia es ésta: quien olvida la historia está condenado a repetirla. El error no es pensar que no va a volver a suceder algo, sino que no va suceder nada.

El instante de peligro

Algo que siempre me fascinó de 'Madrid, de corte a checa' fue su data: "Salamanca, II Año Triunfal". Foxá escribía sobre la Guerra Civil mientras se estaba librando, es decir, sin conocer el desenlace de su novela. Así, si hubiera ganado la República, él tendría ya redactada su propia sentencia de muerte. Como ganó Franco, disponía de una credencial patriótica.

Piensen sólo en que ese "instante de peligro" -todos deberíamos ser conscientes- es ahora

Dejó dicho Walter Benjamin (lo sé por una novela de Miguel Ángel Hernández): “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro.” Da igual lo que Benjamin quisiera decir con este pasaje, por lo demás muy perfumado; piensen sólo en que ese “instante de peligro” -todos deberíamos ser conscientes- es ahora.

Porque, como apuntamos al comienzo, aquí todo el mundo es facha para alguien; es decir, que todos somos un peligro para nosotros mismos.

Siempre me ha llamado la atención la sedicente clarividencia y la rotundidad autosatisfecha con la que se estigmatizó a Camilo José Cela por aquella carta en la que se ofrecía como delator con 21 años y en 1938; es decir, con la novela de la Historia a medias y en circunstancias en las que casi nadie sabría muy bien a qué atenerse. Seguramente Cela hizo lo mismo que el catalán de 21 años que se subió a un coche de la Guardia Civil o el español de otros 21 que trepó por un mástil para arrancar un senyera: el tonto y mucho.

Hacer el tonto

Estamos muy por hacer el tonto estos días, esperando alegremente a que la Historia nos pase por encima y nos convierta en una huera lección para el futuro: los que olvidan su pasado, etcétera.

Nuestra tontería la resume un selfie, querer la revolución selfie y creernos ciudadanos selfies. Joan Fontcuberta nos dice en 'La furia de las imágenes' que el selfie ha trastocado el dogma fotográfico según el cual la imagen dice “esto ha sido” para empezar a decir “yo estaba allí”. La consecuencia inmediata de este desplazamiento es que no vemos el abismo mientras nos caemos en él sonriendo a la cámara que nosotros mismos accionamos. El instante de peligro es tan fotogénico que nos parece muy divertido asistir a nuestra propia destrucción, y apenas cuidamos del mañana. Sobre estas revoluciones y contra-revoluciones divertidas tiene un libro pertinente nuestro compañero Ramón González Ferriz.

No vemos el abismo mientras nos caemos en él sonriendo a la cámara que nosotros mismos accionamos

Yo creo que el presente es el único tiempo de culpabilidad, porque todos somos culpables del futuro. Pero en este presente egocéntrico donde Twitter nunca está a la altura de ningún problema y donde todo parece un trending topic que mañana nadie recordará resulta que todos creen estar haciendo lo debido, traer la República a cualquier precio, defender la Democracia como sea, causar pequeños daños por ese bien mayor.

Mi credo es éste: no hay un bien mayor, sólo hay bienes pequeños, muy concretos. Y me da que todo esto ni siquiera merece la pena.

Mala Fama

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