'Lola, espejo oscuro': la magnífica y sórdida novela perdida del franquismo

Firmada por el censor y delator Darío Fernández Flórez y hoy descatalogada, retrata la sordidez de la posguerra española desde el punto de vista de una prostituta

Foto: Portada del libro 'Lola, espejo oscuro'. (Reno, 1975)
Portada del libro 'Lola, espejo oscuro'. (Reno, 1975)

Se cumplen 30 años de la muerte de Jesús Fernández Santos, autor de 'Los bravos' y Extramuros', entre otras, pero aquí no vamos a hablar de él, salvo para introducir nuestra peripecia. Leí 'Extramuros' al hilo del aniversario fúnebre de este autor y acudí a la biblioteca en busca de otros libros suyos. Tenía intención de ser el primero en recordar la muerte de Fernández Santos, porque un artículo es una idea, y vale solo para quien la pone en práctica antes que los demás. Luego he visto que Manuel Vicent ha honrado a Fernández Santos con excelentes prosa y criterio, y a su artículo les remito.

Pero no salgamos de la biblioteca. Anoten por favor que soy el único crítico de España que visita o habla siquiera de las bibliotecas públicas. En ella andaba buscando la signatura FER, por eso de encontrar más libros de Santos. Podría haberme ahorrado la pesquisa mirando en los ordenadores, donde me hubiera enterado de que no había en esa sede más libros suyos. Pero yo soy un usuario de biblioteca pública como Dios manda: hay que mirar los libros directamente en las estanterías, porque siempre te llevas el que no habías ido a buscar, y eso es la Cultura.

FER. Anda que no hay escritores y muertos apellidados Fernández. Iba leyendo títulos vanos y fracasos sin cuenta, todos a cargo de Fernández y más Fernández, cuando di con uno que me interesó: 'Lola, espejo oscuro', de Darío Fernández Flórez. Había encontrado lectura; había encontrado, de hecho, artículo.

Fachillas

Yo no sé qué tiene el verano que siempre me lleva a leer fachillas. El fachilla es un escritor olvidado que además era de Franco. Darío Fernández Flórez fue censor, ganadero y escritor. No dejó un palo sin tocar.

Cuenta en un artículo Ernesto Escapa que Darío Fernández Flórez fue quien denunció a Julián Marías, como revivía su propio hijo Javier en 'Tu rostro mañana', pero sin dar el nombre. DFF, por tanto, lo tiene todo para que nadie lo lea, para que su obra sea sepultada, para que su nombre reducido a las siglas ocupe una peana muy pequeña en el museo provincial del polvo. Que es un museo que yo visito con frecuencia.

Me gusta leer a los antiguos y olvidados porque todos escriben mejor que yo, que tú, que cualquiera

Me gusta leer a los antiguos y olvidados porque todos escriben mejor que yo, que tú, que cualquiera. Ha caído el tiempo sobre su prosa y es un gusto pasearse por ella, ver que tal mote o insulto o vocativo se decía ya hace 60 o 70 años, comprobar qué expresiones se han perdido, qué semántica se ofrecía a miles de lectores ahora muertos.

“Morirse a chorros”, dice dos veces Darío Fernández Flórez en este libro.

Prostituta de lujo

Mi ejemplar de biblioteca es de 1973 y de Círculo de Lectores. La editorial avisaba entonces de que se trataba de una edición “no abreviada”. ¿Qué era lo que había que abreviar?

'Lola, espejo oscuro' son las memorias de una prostituta de lujo. “Ante todo, debo advertir que soy una chica muy mona. Muy mona y muy cara”. Durante 300 páginas, Lola nos cuenta su dedicación al oficio, desde su Andalucía natal hasta el promisorio Madrid, pero sin entrar nunca en carnalidades. Lo único erótico del libro es ver a Lola sacarle todo el dinero que puede a los hombres ricos.

Darío Fernández Flórez. (Enrique Segura, 1948)
Darío Fernández Flórez. (Enrique Segura, 1948)

Adscrita a la nueva picaresca que se puso de moda en la posguerra, 'Lola, espejo oscuro' es una lectura magnífica. A la verosimitud de todos esos lances que hoy nos parecen increíbles se une una prosa vivaz, risueña y hasta poética. “Seguía teniendo, claro está, mis catorce años y me vi negra para no perderlos y llegar a Cádiz tan entera como salí de Ronda, aunque bien es verdad que algo más sobada porque pasé malos ratos por los puertos y la bahía, y hube de apagar un tanto los fuegos de mi fiereza”. Si uno se lee las 300 páginas de una novela de la que no va a poder hablar con nadie, indudablemente es que esa novela está muy bien.

Franco, el cine, feminismo

Luego están las lecturas transversales, esnobs, concienzudas. Vean la ironía, incluso la acrobacia, de ser censor y delator y escribir luego una novela que es capaz —siendo su asunto exclusivamente el intercambio de sexo por dinero— de burlar la censura. Aquí Freud y Elia Kazan tendrían mucho que comentar.

Además está Lola, obligada por la solemne pobreza en la que nace a malvivir y penar, pero que utiliza su cuerpo para enriquecerse y, mayormente, hacer sufrir a todos los hombres que se cruzan en su camino. Esta 'mala mujer' encontraría en nuestro tiempo comprensión y hasta aplauso, pues su caso puede razonarse desde el feminismo al punto de acabar convertido en heroico.

¿MeToo? Vean el cine español de los años cuarenta: “Hube de someterme a sus deseos para seguir caminando los rumbos del cine, porque, como dice Juan, muchas de nuestras películas se hacen en la cama, y así salen ellas”. Y más: “Seguí, pues, pagando portazgos con un director, un jefe de producción, un guionista, un galán nada galante (…) y hasta con un gerente de la casa Balbin Films; tan sólo, entre las altas jerarquías de aquel tinglado, escapé del operador, porque era extranjero y no le interesaban las mujeres”.

Por eso los hombres dicen que soy muy mala y en el fondo me odian como se odia al amo que nos tiraniza

Cabe preguntarse también cómo se leería esta frase en España en 1950: “Por eso los hombres dicen que soy muy mala y en el fondo me odian como se odia al amo que nos tiraniza”.

Por si fuera poco, el libro desemboca en un epílogo donde un escritor llamado Darío manifiesta su desaliento ante el género de la novela, y como ya registraba Manuel Alberca en 'La máscara o la vida', considera que los españoles “somos anticonfesionales y todas nuestras confidencias resultan absolutamente falsas”.

Autoficción franquista, lo que nos faltaba.

Mala Fama

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