Machismo, racismo, prejuicios, ¿cuánto podemos aguantarle a Michel Houellebecq?

El ya mítico autor francés se parodia a sí mismo en 'Serotonina', una novela sin argumento donde su obsesión por el sexo oral se vuelve insoportable

Foto: Michel Houellebecq en 2015 en la presentación en Barcelona de 'Sumisión'. (EFE/ Andreu Dalmau)
Michel Houellebecq en 2015 en la presentación en Barcelona de 'Sumisión'. (EFE/ Andreu Dalmau)

No es casualidad que fuera Bret Easton Ellis, autor de la obra maestra menos recomendable de todos los tiempos ('American Psycho'), el que estableciera que Houellebecq es "de largo" el mejor escritor europeo. Tampoco es extraño que a Javier Marías el éxito prestigiado de Houellebecq le resulte incomprensible. Anagrama elige para la contra de 'Serotonina' un elogio ambiguo de Karl Ove Knausgård, que merece la pena leerse dos veces: "Lo que me impide leer los libros de Houellebecq es una suerte de envidia. No es que le envidie el éxito, pero leer esos libros sería un recordatorio de lo excelsa que puede ser una obra y lo muy inferior que es mi trabajo". Cuantas más veces leo estas palabras de Knausgård, más irónicas me parecen.

Portada de 'Serotonina'
Portada de 'Serotonina'

En resumen, Houellebecq irrumpió como un ataque al corazón en el panorama de las letras mundiales con 'Ampliación del campo de batalla' y 'Las partículas elementales'; tocó techo con 'Plataforma', uno de los textos fundamentales de la literatura del siglo XXI, para después amenazar con el declive total en 'La posibilidad de una isla' (Alfaguara; todas las demás, Anagrama); pero en 'El mapa y el territorio' remontó y en 'Sumisión' nos dio su novela más divertida, para acabar ahora en el que quizá es su libro más decepcionante, 'Serotonina', que yo creo que ha escrito para ver cuánto podemos aguantarle. Y me da que a Houellebecq podemos aguantarle todo.

Lo fascinante de Houellebecq es que sus libros se esperan, son siempre un acontecimiento. Aunque sepamos lo que vamos a encontrarnos en ellos, muchos lectores sentimos un cosquilleo navideño cada vez que se anuncia una nueva novela del amargado occidental por excelencia. El auténtico éxito de un escritor consiste en eso: en su capacidad para abrir conversaciones. ¿De qué quiere Houllebecq que hablemos? ¿En que asuntos debemos pararnos a pensar un poco?

Lo de siempre

Con 'Serotonina' Houellebecq quiere que hablemos de antidepresivos, agricultura y climaterio. El protagonista es un cuarentón, etc. Etcétera quiere decir que le repugna la Europa socialdemócrata, le obsesionan las mujeres, no juzga la pedofilia ni la prostitución ni las drogas (actitud amoral que veíamos en 'American Psycho'), y no cree que exista nada parecido a la felicidad, salvo brevemente y haciéndole daño a alguien. O sea, lo de siempre.

El protagonista es un cuarentón, etc. Etcétera quiere decir que le repugna la Europa socialdemócrata, le obsesionan las mujeres, no juzga la pedofilia [...]

Pero aquí Houllebecq presenta dos flaquezas. Una es la condición deshuesada de su novela, como dice Vargas Llosa de las de Henry Miller. No hay, en fin, hilo o itinerario dramático: 'Serotonina' casi puede leerse abriéndola por cualquier sitio y saltando al azar de una secuencia a otra. De esta falta de una idea-fuerza (como la que armaba tan diligentemente 'Sumisión'), deriva la segunda debilidad del libro: que está hecho de trozos, parcheada, sin tacto alguno para las transiciones y con enorme autocomplacencia a la hora de incluir informaciones irrelevantes y excursos turísticos (en el libro se viaja mucho).

Hoeullebecq en 2015. (AP)
Hoeullebecq en 2015. (AP)

Así las cosas, el único acierto narrativo de 'Serotonina' tiene que ver con una huelga de agricultores que acaba sofocada violentamente por la policía. Ahí vemos al Houellebecq anticipatorio (los chalecos amarillos) que tanta admiración provoca al estar escribiendo siempre sobre lo que va a pasar (recordemos que un libro tarda años en ser escrito y publicado, y es milagroso que, cuando aparece, nos hable del presente).

Mamada

Por lo demás, 'Setoronina' ilustra perfectamente todas las derivaciones de esa frase que dice: "Si quieres guardar un secreto, cuéntalo en un libro". Es decir: si quieres ser machista, racista, cuñado, categórico, injusto e infantil, escribe un libro. A nadie le importará, sobre todo si eres francés. Dense cuenta de que Anagrama está dirigido por una mujer y que son mujeres sus autores más afamados hoy en día (Sara Mesa, Marta Sanz; el premio Herralde para el holocausto feminista de Cristina Morales), y que el único motivo de que en su catálogo tenga sitio este libro de muy averiada testosterona es, simplemente, que lo firma Michel Houellebecq. Si esto lo escribe un español, no se lo publicaría nadie.

Si quieres ser machista, racista, cuñado, categórico, injusto e infantil, escribe un libro. A nadie le importará, sobre todo si eres francés

No les engaño ni echo mal las cuentas si les digo que de la casi decena de mujeres que aparecen en el libro se dice siempre que son buenas practicando sexo oral; ah, y que son guapas. La palabra mamada, el acto de la mamada y el sueño de la mamada aparecen como doscientas veces en Serotonina. No media otra cosa entre su protagonista y las mujeres del mundo que la mamada (sic). Tapen los ojos de los niños: "lo mejor, si me ponía a pensarlo, era su culo, la permanente disponibilidad de su culo en apariencia estrecho pero en realidad tan tratable, te encontrabas continuamente en la situación de elegir entre los tres orificios, ¿cuántas mujeres pueden decir lo mismo? Y, al mismo tiempo, ¿cómo considerar mujeres a las que no pueden decir los mismo?". O: "La idea de follar me parecía ya disparatada, inaplicable, y ni siquiera lo arreglarían dos putillas tailandesas de dieciséis años". O: "Le puse la mano en el culo, en principio estos métodos simplistas no funcionan pero esa vez funcionó". El feminismo a Michel Houellebecq, como vemos, le ha calado hondo.

A todo ello hay que sumar un gusto estupendo por las aseveraciones categóricas. Franco inventó el turismo de masas, dice nuestro autor; "los holandeses eran unos cabrones, se sentaban en cualquier parte, nunca se insistirá lo suficiente en que son una raza de comerciantes políglotas y oportunistas"; "no les iba a soltar mi pasta a unos rumanos, ¿no?". Y un vídeo pedófilo descrito minuciosamente que, siendo yo ya padre, no me ha hecho mucha gracia.

En fin.

Houellebecq en la presentación de 'Sumisión' en 2015 en Barcelona (EFE/ Andreu Dalmau)
Houellebecq en la presentación de 'Sumisión' en 2015 en Barcelona (EFE/ Andreu Dalmau)

Con todo, asoma aquí y allá el Houellebecq más conmovedor y lírico, y con él, y una larga cita, acabamos: "Si te paras a pensarlo es alucinante el número de coños que hay, te da mareo pensarlo, creo que todos los hombres han podido experimentar ese vértigo, por otra parte los coños tenían necesidad de pollas, bueno, al menos es lo que los coños se habían imaginado (feliz desprecio sobre el que descansa el placer del hombre, la perpetuación de la especie y quizá incluso de la socialdemocracia), en principio la cuestión es solucionable pero en la práctica ya no lo es, y es así como muere una civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido".

Mala Fama
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