Todos hablan de las madres, pero ¿a quién le importamos los padres?

Sigue ampliándose la bibliografía sobre la maternidad mientras los padres no registran testimonios de su experiencia, tan parecida a la de las madres en pleno siglo XXI

Foto: Juega con tu hijo. (iStock)
Juega con tu hijo. (iStock)

Es un poco agotador recibir o ver en librerías otro libro más sobre el padre, figura que, la verdad, no creo yo que dé para tanto. Que si 'Quién quiere ser padre', que si 'Malos padres', que si padre por aquí que si padre por allá. Esperen, me llaman por teléfono...

-Alberto, que no hay ningún libro sobre ser padre, majo.

-Ah.

Se me fue la pinza, la vocal, todo lo anterior era en femenino, 'Quién quiere ser madre' y un largo etcétera.

En efecto, no hay libros sobre ser padre. Los escritores, cuando son padres, siguen contando historias de la Guerra Civil, o de cuando ellos eran niños. Los hijos los tienen las mujeres y, parece, también los narran ellas. Diréis: ¡es que los cuidan ellas! Diré: para un poco ahí, para un poco.

El otro día un amigo reciente, de unos sesenta años, colombiano, me contó de su llegada a España, en los años 80. Me interesaba conocer su peripecia migratoria, pero acabé sabiendo de su abnegación paterna. Desde principios de aquella década, se encargó de cuidar a sus hijos, al punto de que nunca ha cotizado. Era su mujer la que traía el dinero a casa. Me admiró este adelanto a los tiempos modernos, donde yo mismo, mi amigo L, el amigo S. de mi novia, y varios otros que no cito por no llenar el párrafo con el alfabeto entero hacemos más o menos lo mismo. Los motivos pueden ser el paro del varón, o el consabido cálculo de que si el varón hace por ganar más ese plus se le irá en la guardería -y mejor cuidar de tus hijos que cuidar de una nómina; o el hecho de que el tipo se lo pueda permitir, y lo deja todo para guardar a la familia.

El caso es que me pedí por Reyes 'El gesto de Héctor' (Taurus), de Luigi Zoja, único libro más o menos fiable sobre -como diría el propio Zoja- reconocer niños. Eso hace en verdad el hombre, afina nuestro autor, reconoce un niño como suyo y eso le convierte en padre.

Ficciones

Vaya por delante que 'El gesto de Héctor' me ha gustado mucho, aunque en este artículo no vaya a parecerlo. A veces un libro te entusiasma por las ganas de discrepar que te provoca.

'El gesto de Héctor'
'El gesto de Héctor'

Zoja busca en su ensayo recorrer la figura del padre desde los monos hasta el youtuber, que obviamente es otro simio. Su conceptos tutelares vienen de Freud (Jung, diría él) y Darwin. Es un libro, en rigor, documentado en ficciones, pues ficción falsable es de primeras -como suscribiría Tom Wolfe- la teoría de la evolución; y ficciones son La Ilíada y la Eneida, Rousseau y Dickens y las estadísticas con las que ya contamos hoy en día, y que muchas veces son menos fiables que un cuento de hadas. Con todo eso hace Zoja un texto muy bonito y potente, para decirnos que la figura del padre está hoy hecha trizas.

Es fascinante seguir a Zoja por las cavernas y concederle que quizá los primeros homínidos empezaron a ser padres cuando se pusieron de pie, y pudieron llevar a sus hijos en brazos y transportar comida a casa para alimentar a la familia. También es muy interesante, ya en Roma, presentar la paternidad como un reconocimiento, es decir, “un hecho psicológico y cultural”, frente a la maternidad, que es una evidencia natural. O este concepto: “la monogamia ganaba la batalla por la supervivencia”. Es decir, la familia nuclear no era muy divertida, pero fabricaba futuros, mientras que los balas perdidas y los donjuanes constituían, como diría Michi Panero, un fin de raza.

De Roma asimismo viene la obligación de “alimentar a quienes se trae al mundo”, y es en Roma donde la autoridad del padre alcanza, dice nuestro autor, su cima. Será llegada la Revolución Industrial cuando el padre empiece a “volverse invisible”, iniciando un proceso de degradación que en nuestros días ya se ha completado.

Delirios

Es aquí donde Zoja empieza a poner demasiado de su parte para explicar al padre, y levanta con la ayuda de Freud una teoría del no-padre difícil de secundar. Dice por ejemplo que los padres pierden autoridad al ir a trabajar porque ya no ven a sus hijos en todo el día, cuando antes, siendo artesanos, por ejemplo, los tenían a su vera constantemente en el taller, y podían darles capones. “El padre campesino era un tirano, pero era un padre. El padre trabajador de hoy es un cretino sentado ante el televisor.

La interpretación psicoanalítica llega a su delirio cuando Zoja teoriza que levantar a los niños por los aires es algo que hacemos los padres para, por un lado, reconocerlos, y, por otro, proponer al mundo que queremos que lleguen más lejos que nosotros. Yo pienso que tirar a un niño por los aires es simplemente divertido, o al menos más divertido -para ellos- que verse estampados contra el suelo. Pero qué sabré yo.

Todos nosotros somos mucho mejores padres que nuestros padres; es más: nuestros padres están siendo mucho mejores abuelos que padres

Porque Zoja también ve mal que los niños llamen a su padre por su nombre, y lo añade al conjunto de gestos y rasgos que han hecho que la figura del padre se desvanezca. Lo cierto es que, si un niño llama a papá por su nombre de pila, también hará lo mismo con la madre, y no parece que esta forma de dirigirse a ella empequeñezca su rol.

Hacia el final del libro, uno tiene ya la seguridad de que los padres como Dios manda eran los de antes de que se publicara 'Historia de dos ciudades', según Zoja y Jung y cuatro estadísticas, lo cual es perfectamente demencial.

Porque a mí me parece que todos nosotros somos mucho mejores padres que nuestros padres; es más: creo que nuestros padres están siendo mucho mejores abuelos que padres. Zoja cree que el padre histórico sólo tiene sentido como poli malo, cuando es poco discutible -dejado atrás el parto y la lactancia- que no hay absolutamente nada que pueda hacer una mujer con un niño que no lo pueda hacer también un hombre. Por tanto, donde nuestro autor ve destrucción y descrédito de la figura del padre, yo veo progreso, mejora, profundidad. Un niño siempre sabrá quién le ha dado de comer todos los días, sea su padre o su madre. A ver si se creen que mi novia está encantada de perder de vista a su hija de dos años durante doce horas algunos días, y que no envidia que yo esté esas doce horas viéndola vivir. No hay nada más importante que cuidar de un niño, por mucho que en esta sociedad (feminismo incluido) se considere una vida miserable la del que no tiene sueldo ni cargo ni esperanzas de promoción, y está encima toda la mañana cambiando pañales.

Zoja propone que hemos perdido la figura del padre porque su función se ha desvirtuado; lo que no especifica es que esa función era dar miedo. Que los niños ya no le tengan miedo a su padre no es una gran pérdida. ¿Cómo iba a serlo?

Mala Fama

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