Salva la democracia, vota a quien más odias

De cómo la democracia tiene más que ver con no ser un votante de fiar que con aferrarse a unas siglas durante toda la vida

Foto: Santiago Abascal y Pablo Iglesias antes del debate televisivo del lunes. (EFE)
Santiago Abascal y Pablo Iglesias antes del debate televisivo del lunes. (EFE)

Tertulianos y otra gente estelar vienen diciéndonos desde hace meses que la repetición de las elecciones nos acusa a los ciudadanos de algo imposible: de haber votado mal. No, dicen los tertulianos y demás sujetos cabales, la ciudadanía no puede votar mal. Sin embargo, sí hay un modo de votar mal y hasta muy mal, y es votar siempre lo mismo. ¿Qué es eso de votar durante cuarenta años al PP, durante otros cuarenta al PSOE o siempre a Podemos? ¿Qué es eso de votar a Vox dos veces?

La noble divisa “un hombre, un voto” alcanza aquí su fosilización más dramática, porque realmente hay gente que podría votar una sola vez en toda su vida y, llegadas las siguientes elecciones, decir lo propio de su bar de confianza: “Juan, lo de siempre”. Hablo de ese ciudadano que lleva su voto grabado en la frente como los coches llevan la matrícula por delante y por detrás: siempre la misma hasta el último kilómetro de su vida útil.

Cuando éramos felices (en el bipartidismo), debía de suceder algo inaudito, pues el PSOE sacó alguna mayoría absoluta y el PP también. Esto quiere decir que varios millones de personas pasaban de votar blanco a votar negro, o de votar fuego a votar hielo; pasaban, en suma, de votar a González a votar a Aznar, que ya es pasar. Dense cuenta de la debilidad política, la inconsistencia ideológica y el cacao mental que debe acreditar uno para ser capaz de votar socialista un día y, cuatro años después, votar conservador. O al revés. Sin embargo, esa inconstancia, deslealtad o flojera de principios es básicamente la esencia de la democracia.

Los expresidentes del Gobierno José María Aznar y Felipe González. (EFE)
Los expresidentes del Gobierno José María Aznar y Felipe González. (EFE)

Porque lo que construye la democracia en su día magno, las elecciones generales, no es el derecho de todos a votar, ni la asistencia masiva a las urnas, sino el caso de varios millones de ciudadanos de los que no te puedes fiar. Esos, amigos, son los demócratas. El que siempre votaba PP o siempre votaba PSOE era, de hecho, un fascista; o dicho más suavemente, le gustaban las dictaduras. Si por él fuera, siempre ganaría el PP o siempre gobernaría el PSOE. ¿Para qué haríamos elecciones entonces? Hoy, que podemos votar casi todos los colores del arcoiris, sucede lo mismo. Los que se aferran a Podemos, a Ciudadanos o a Vox tampoco son demócratas. Los únicos demócratas somos los que cambiamos de voto.

Porque ¿qué pasaría si todos fuéramos igual de cerriles? Podemos denominar democracia poblacional a esa forma de dictadura que surgiría de un país que votara inamoviblemente, cada uno emperrado en una eterna papeleta invariable. Sería una dictadura con cuarenta millones de dictadores en lugar de uno solo, que tendrían que morir en efecto por millones para que algo cambiase. Los cientos de miles de votantes que, a la hora de los comicios, hubieran llegado por fin a los 18 años y estrenaran la monotonía de su sufragio no servirían para modificar nada. Así, lo que tendríamos sería una especie de verdad biológica, casi sanguínea, pues sólo el nacer y el morir de los ciudadanos conseguiría, por pura chiripa, cambiar al gobierno.

Sospecha y emoción

A mí me fascina, llegados a este punto, que la gente que vota siempre lo mismo se moleste siquiera en leer el periódico, en seguir las noticias, y no digamos en atender a los programas de los partidos -o de su partido- o en ver debate alguno en televisión. ¡Vas a votar al PP de todas formas, al PSOE, a ERC!, ¿qué más te da quién es siquiera su candidato, su eslogan, su escándalo? De hecho, esta necesidad de refuerzo en el voto acostumbrado me despierta serias sospechas de que haya alguien tan seguro de su voto como quiere hacernos creer.

Sin embargo, el que cambia de voto me emociona. El otro día un amigo me confesó que iba a votar a Ciudadanos. Y que antes había votado al PSOE. Y que su mujer iba a votar a Errejón y antes había votado a Ciudadanos. ¿No les parece que ya no hay historias de amor tan bonitas como ésta? Él vota a Ciudadanos cuando ella ha dejado de votarlo; ella vota a Errejón como quien se lía con el chico nuevo de la oficina. Corren uno detrás del otro, ocupando espacios políticos, picándose en lo impredecible de su deambular electoral. Este juego de pareja es realmente el amor, aguantarse de tan indecisos. Yo creo que dos que votan lo mismo están ya acabados, no llegan ni a las municipales.

Lo confieso: no recuerdo a quién voté nunca. Soy un demócrata porque no lo tengo claro. Porque voto por modas. Porque voto por putear, también

Lo que le hace saber a uno que cambia mucho de voto es, justamente, que no recuerda a quién votó. Lo confieso: no recuerdo a quién voté nunca. Soy un demócrata porque no lo tengo claro. Porque voto por modas. Porque voto por putear, también. Incluso he votado en alguna ocasión pensando que por fin votaba bien. Al contrario que todos esos millones de dictadores que votan siempre lo mismo, y entre los que se cuenta la mayoría de ustedes, no sé de qué va esto, no me queda claro, dudo. Baste decirles que una vez sorteé mi voto entre dos opciones irreconciliables, y que guardo el sobre que no salió elegido al azar en un cajón y solo abriéndolo algún día sabré qué voté no sé cuándo. ¡Eso sí es democracia! Es mucho más demócrata sortear el voto que machacar sin parar la misma papeleta contra una urna toda la santa vida.

Entonces mi consejo para todos ustedes, votantes monolíticos, es simple: cambien por una vez de voto, sean flexibles, agiten la coctelera. No sé si tiene mucho sentido repetir las elecciones si también se repiten los votos. De hecho, les digo más y peor. Voten al diablo. Si votaron a Podemos, voten a Vox. Si votaron al PP, voten al PSOE. Y si votaron a Ciudadanos, voten a Ciudadanos, que pobrecitos. Y al revés: los de Vox a Podemos y los del PSOE al PP. Menuda experiencia sería para un votante de IU y luego de Podemos votar de pronto a Vox, ¿eh?

El otro día, un vecino de enfrente cambió la bandera de España de su balcón, porque se le había desteñido de estar toda una independencia catalana fallida ahí colgada. Este tío es el votante de Vox más cumplidito del mundo, me dije. Dense cuenta del detalle extraordinario que supone, no ya poner una bandera de España en tu balcón, sino ir cambiándola según se decolora. Imaginen que este patriota va y vota a Podemos. Se le abrirían las carnes. Se le llenaría la sangre de polvo de vidrio. Volvería a casa mirándose fijamente la mano, sin saber ni lo que ha hecho. En fin, sería maravilloso.

Sean maravillosos. Voten lo que odian. Yo qué sé. A lo mejor ahí todavía resiste un trocito de democracia.

Mala Fama
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