Vota a un imbécil que te odia: la novela sobre las elecciones que estábamos esperando

Antonio J. Rodríguez consigue en 'Candidato' un memorable personaje que representa a la perfección al político tipo de nuestro tiempo

Foto: Detalle de portada de 'El candidato'. (Literatura Random House)
Detalle de portada de 'El candidato'. (Literatura Random House)

La generación de escritores españoles nacidos en los años 80 tiene algunas características singulares si se la compara con promociones anteriores. Por ejemplo, que no ha escrito nada perdurable. También: que todos han pasado por la Fundación Antonio Gala. Además, y seguido de lo anterior: que piden y reciben innumerables becas. Finalmente: que hay muchas más mujeres que hombres.

Cuando apunto lo de la obra perdurable no quiero decir -aunque me he permitido que lo piensen- que no escriban buenos libros, novelas interesantes, cosas que yo he leído (y mucho) con gusto. Quiero decir que no hay un 'Historias del Kronen' (con 23 años, Mañas), un 'Las máscaras del héroe' (con 26 años, Prada), un 'Trífero' (con 33, Loriga); o un 'La escala de los mapas' (con 30, Gopegui), un 'Ventajas de viajar en tren' (con 37, Orejudo) o un 'Bueyes y rosas dormían' (con 33, Cristina Sánchez-Andrade).

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Llevaba yo tiempo con la idea de que estos autores y autoras empezarían pronto a cumplir 40 años y no habían dado al mundo esas obras que en la treintena casi todas las generaciones consiguen y que acaban ahilándose como retrato generacional y de país, fuera de la suerte mayor o menor en el mercado e incluso de su reconocimiento crítico. Algunos apuntarán a 'El comensal', de Gabriela Ybarra, a 'Lectura fácil', de Cristina Morales o a 'El cielo sobre Lima', de Juan Gómez Bárcena, como lo más destacado de esta generación. Sumaría a ellos 'De música ligera', de Aixa de la Cruz, 'Umbra', de Silvia Terrón o 'Tener una vida', de Daniel Jándula. Y, en realidad, muchos otros. Pero no veo en estos títulos la perdurabilidad y la hechura de, por ejemplo,'La mala muerte' (con 37, de Fernando Royuela) o de 'Agosto, octubre' (con 35, de Andrés Barba).

Todo lo cual convierte inmediatamente a 'Candidato' (Literatura Random House), de Antonio J. Rodríguez (Oviedo, 1987), en una de las mejores novelas de su generación.

Antonio y Luna

Antonio J. Rodríguez asomó en la literatura -para qué lo vamos a negar- como pareja de la poeta Luna Miguel, y ambos consiguieron, durante un memorable periodo, algo increíble: que se hablara más de ellos cuando no escribían nada que cuando publicaban un libro. Producto quizá involuntario de una época, Antonio y Luna eran razonablemente odiosos como bibelots juveniles puestos en el escaparate de la cultura nacional, que siempre ha sido de fama fácil para los que saben posar ante una cámara y hacerse tatuajes sucesivos. Ray Loriga, en realidad, también empezó así.

'El candidato'. (Random House)
'El candidato'. (Random House)

La sobre-exposición, más propia de una Miley Cyrus que de una Rachel Cusk (es decir, más propia de alguien que sabe que lo que hace es una mierda, pero da igual, porque la gente lo comprará si piensa que eres guay), no funciona en literatura, pues, por lo que sea, en la cosa de los libros siempre acaban triunfando los feos. A fin de cuentas, para escribir un buen libro tienes que dejar un rato el Instagram. Tienes que sufrir. Diría incluso que uno siempre es un poco más feo cuando acaba de escribir un buen libro que cuando lo empezó.

Antonio J. Rodríguez no sé si se ha perdido atractivo después de 'Candidato' (uno hace teorías para marear al personal, en realidad), pero todo en su novela me ha gustado y doy, en fin, por amortizadas sus fotos subido a motocicletas vintage, sus fotos con fondo de colorines LGTBIQ+, y también ésa tan cargante donde sostiene un libro titulado 'Economía feminista', por si no te has enterado de que es feminista.

Odia a la gente

'Candidato' nos cae en las manos justo cuando doscientas campañas electorales nos van a caer en el alma. Un sofisticado profesor español en aulas francesas, seguidor de Raymond Aaron y de toda la cadena alimentaria de la quinoa, es reclutado por un partido político (no sé si Ciudadanos o PP: Partido de la Democracia, se llama) para facturarles ideas triunfales y conseguir el gobierno de España. El tipo acepta y, por esas cosas que tiene la política (básicamente, que uno le coge el gusto), nuestro hombre acaba en las papeletas de voto.

Antonio J. Rodríguez. (EFE)
Antonio J. Rodríguez. (EFE)

La tramilla política, en rigor, da un poco lo mismo en 'Candidato', pues lo que encontramos aquí, a mi modo de ver, es un formidable retrato del sujeto politicable en nuestros días, un tipo, en definitiva, que odia a la gente y que, por ello, lo mismo podía estar en Podemos que en el PP que en Vox. Porque para ser político en España en 2019 lo más importante es ese asquito que te da coger un autobús, comer de menú o limpiar tu propia casa con un cepillo del Día. Para ser político en España hay que ser un poco imbécil, o sea, sentirse superior. Si me apuran, creo que de Podemos han echado en los últimos años a todos los que se avienen a esta descripción, y ya ven cómo les va.

En la obra anterior de Antonio J. Rodríguez había ya esta pasión desbordada por la delicatessen, la ropa de marca, el perfume francés, la distinción bourdieana y el giro anglo para llamar a cosas que también tienen nombre en español. Pero ha sido en 'Candidato' cuando este cóctel snob hasta la náusea ha encontrado, digamos, su copita Baccarat, un continente perfecto.

El libro recuerda a Houellebecq y a Despentes (la de 'Vernon Subutex'), y está llenito de ideas subversivas, incorrectas y sorprendentes

El libro recuerda enseguida a Michel Houellebecq y a Virginie Despentes (la de 'Vernon Subutex', sobre todo), y está llenito de ideas subversivas, incorrectas y sorprendentes: “Es verdad que cada tiempo genera sus propios códigos de éxito, y si Simón hubiera sido hijo de los noventa, fácilmente lo habríamos visto inhalando cocaína antes de ir a trabajar; sin embargo, a Simón le tocó la época del cuidado exhaustivo por la alimentación y las maratones, así que se aplicó a ello con gusto”; de personajes con profesiones llamativas (todo el mundo hace algo susceptible de procurarle fama), y de prácticas sexuales que, por si fuera poco, también valen para hacerte famoso si las grabas con el i-Phone. Los diálogos son buenísimos.

Simón Soria es un personaje inobjetable, odioso al punto de que lo votarías, porque al final votamos aquello que creemos que nos mejora: a Inés Arrimadas o a Pedro Sánchez, porque son guapos, a Manuel Valls o a Elsa Artadi, porque son ricos, a Pepe Viyuela o a Toni Cantó, porque son famosos; al final votamos contra nosotros mismos.

Mala Fama

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