La igualdad, explicada a Irene Montero, ministra de Igualdad

Un ama de casa analiza su trayectoria

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero, asisterecientemente en Madrid junto a uno de sus hijos al Consejo Ciudadano de su partido. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero, asisterecientemente en Madrid junto a uno de sus hijos al Consejo Ciudadano de su partido. (EFE)

Ustedes no me han visto con mi hijo de once meses en ese momento en que lo lanzo por los aires y le digo: ¡Violador, violador mío! Y también: ¡Terrorista! Y luego, cuando llora: ¡Machote, que los hombres de verdad no lloramos! Mi novia tampoco lo ha visto. Lo hago por las mañanas. El niño se ríe y yo me río. Los hombres de la casa nos reímos. Es bastante bonito de ver.

Desde hace algunos años, la presión por no ser machista me lleva a ser machista en modo postureo, solo por descongestionar y darme un respiro. Habrá pocos hombres tan buenos como yo. Por eso, he decidido titular este artículo desde el más descarado 'mansplaining', simplemente porque me hace gracia. A mí las cosas que me hacen gracia no me las prohíbe ni Dios.

El otro día, mientras ponía una lavadora, y porque llevaba una semana dándole vueltas a la figura de Irene Montero, se me ocurrió algo que la ministra de Igualdad podría hacer por Navidades. Sería un gesto similar al del presidente del gobierno saludando a las tropas destacadas en el extranjero en misiones humanitarias, pero el destinatario serían ahora todos los jóvenes españoles que se marcharon de nuestro país por falta de oportunidades a pesar de tener tres carreras y hablar cinco idiomas. Irene Montero miraría fijamente a la cámara de su portátil durante veinte segundos y se señalaría a sí misma con el dedo, y entonces diría: “Ministra”. Ya está. Solo eso.

[Carta abierta a Alberto Garzón: no me subas los donuts]

Me vino este vídeo imaginario a la cabeza por otro vídeo, real y más locuaz, que protagonizó Montero hace algunos meses. En él, la ahora gobernanta afeaba a una señora que pusiera su piso en alquiler a 1.500 euros en lugar de a 1.000, que era el precio que debía poner esa señora a su propio piso según Montero. En el vídeo se daba el nombre y los apellidos de la propietaria, por lo que la vida de esta mujer empeoró bastante desde que una persona tan poderosa como la portavoz de Podemos la reprendió en público y dictaminó tanto su culpa como su castigo, ser linchada.

De ahí -asuman que sigo con mis labores domésticas y ahora estoy tendiendo la ropa- me llevó mi mente a otro asunto llamativo. Irene Montero disfrutaba de una escolta privada que, una vez despedida, decidió denunciarla por tropelías y humillaciones varias, como eran las de encargarle labores propias de una mucama o recadera, labores de esas de cuando había mucamas y recaderas, más o menos por la página 264 de 'Fortunata y Jacinta'. La denuncia contra Montero no prosperó porque, un día después de ser nombrada ministra de Igualdad, se llegó a un acuerdo entre las partes, siendo así que la escolta retiraba la denuncia a cambio de una cantidad de dinero, entendemos que no pequeña.

Irene Montero ha ejercido más violencia expresa contra las mujeres en un solo mes que yo en toda mi vida

Lo que pensé después debió de ser efecto de la inhalación involuntaria de los efluvios del detergente, porque me sorprendió incluso a mí mismo. Pensé que Irene Montero había ejercido más violencia expresa contra las mujeres en un solo mes que yo en toda mi vida. Eso es lo que pensé. El vídeo contra la arrendataria se me antojaba escalofriante. El trato a la escolta, conocido poco después, de ser cierto o medio verdad, me hubiera parecido estupendo referido a una señora del PP, porque eso es exactamente lo que uno espera de las señoras del PP. Si eres de Podemos, tienes que dimitir.

De modo que el marcador quedaba así: Ultrajes a mujeres que llegaron a juicio o están pendientes de él: Irene Montero: 2; su humilde servidor: 0. Después de 45 años desplegando -al parecer- mi tóxica masculinidad, y con un maltratador instalado dentro, no he sido denunciado por ninguna mujer. Irene Montero, ministra de Igualdad, ya ha sido denunciada por dos.

Celia Villalobos

Y, de pronto, el nombre de Celia Villalobos apareció en mi articulado mental, mientras le daba al niño un potito Nestlé de plátano, naranja y galleta (antes le daba un potito Hero con manzana, pera y zanahoria que ha desaparecido del Día: ¿alguien sabe qué ha pasado con este potito? Estoy desesperado. Me hacía el apaño totalmente, porque estaba muy bueno y era de 120g., no como el de Nestlé, que es de 250 y lo dejamos a la mitad y al final tengo que tirarlo sin acabar, cosa que me molesta mucho.) Celia Villalobos, decía, la señorona del PP que trataba como a perros a los chóferes porque perdía el AVE y que nunca tuvo una palabra amable con nadie, ni hizo nunca autocrítica ni pidió perdón ni esperó de los votantes el menor respeto y que era -muchos lo supimos hacia el final- la mujer del ideólogo del partido. Ahora, cuando pienso en Irene Montero, me acuerdo mucho de Celia Villalobos.

Irene Montero es la pareja del número 1 de Podemos. Mientras ordenaba los juguetes en el salón, le di algunas vueltas al tema “la mujer de”.

Y me acordé de Martin Amis. Amis logró grandes éxitos con sus novelas en los años 90. Todos en España lo leíamos. Vagamente me sonaba entonces que era hijo de un escritor llamado Kingsley. Luego aprendí que Kingsley Amis fue un gran intelectual en su tiempo. Martin, en su extraordinario libro 'Experiencia' (donde recoge una de las conversaciones políticas más emocionantes que yo he leído nunca entre padre e hijo: “Papá, ¿de qué clase social somos?”. “De ninguna. Nosotros no creemos en eso”), afirma con total naturalidad que le fue fácil publicar su primer libro simplemente porque su padre era Kingsley Amis. Y ya está.

Todos hemos visto empresas donde el dueño empieza a salir con una trabajadora y esa trabajadora acaba de jefa

Quiero decir que los padres ayudan a sus hijos, los maridos a sus mujeres, las esposas a sus maridos y las hermanas a sus hermanos, según el caso y según se pueda o no. Todos hemos visto negocios pasar de padres a hijos y pequeñas empresas donde el dueño empieza a salir con una trabajadora y esa trabajadora acaba de jefa. Se da por hecho que el vínculo amoroso o familiar ha sido determinante para el ascenso o el medro, pero el rumor y la maledicencia (que no por incómodos dejan de ser legítimos: a fin de cuentas, hablamos de igualdad, y lo que subyace aquí no es otra cosa que desesperación competitiva: no tienes ninguna posibilidad de disputar un puesto de trabajo al hijo del jefe o a la novia del dueño), duran lo que tarda uno en demostrar que vale para jefa, jefe, directora o escritor. Nadie duda de que Irene Montero valga para ese oficio cada vez más inescrupuloso llamado político. Eso no obsta para reconocer y hacer saber que es la novia del líder de la formación.

Lo que hicieron desde Podemos aún hoy me fascina. No solo no era machista un mundo donde la desigualdad entre las mujeres la determina con quién están casadas, sino que además lo que sí debía considerarse machista era denunciar ese ventajismo conyugal cada vez más antiguo y sumamente dañino para la imagen que las mujeres podían tener de sí mismas respecto a sus aspiraciones laborales. El mundo al revés. Además, se adujo triunfalmente que las mujeres obtenían más visibilidad en el Congreso con Irene Montero de portavoz. Por eso, queridos amigos, convertida en ministra la señora Montero, Podemos ha decidido seguir dando visibilidad a las mujeres en el Congreso poniendo de portavoz a Pablo Echenique.

Pablo Iglesias e Irene Montero, en el Congreso. (EFE)
Pablo Iglesias e Irene Montero, en el Congreso. (EFE)

Irene Montero, apenas entrada en la treintena, gana como 90.000 euros al año. ¿Ustedes creen que puede haber alguna mujer en España más oprimida que ella? Cada vez que la veo o leo, Montero da la impresión de que le debemos algo, de que vive penosamente y de que todo se confabula para recluirla en la cocina de su casa. He visto mujeres infinitamente más preparadas que Irene Montero enfrentar situaciones infinitamente más complicadas que las que ella enfrenta con infinitamente menos victimismo del que ella acostumbra. Y por mil euros al mes. A lo mejor lo que debería hacer Irene Montero es mostrar un poco de agradecimiento a la vida, a todos nosotros incluso, que le pagamos el Ministerio de sus caprichos.

Sobre el ministerio de Igualdad, déjenme darles un apunte. Es, sin lugar a dudas, un ministerio incoloro, de mampostería, aparte de fatídicamente orwelliano. Pero, ya que lo tenemos, ¿qué tal no hacer de él una extensión del vídeo coercitivo de la ahora ministra contra la humilde dueña de un piso sino convertirlo en algo que nos dé a todos un poco de alegría? ¿Qué tal un ministerio de Igualdad que no sea el ministerio de Defensa de Irene Montero, siempre encañonando gente y bombardeando a inocentes? ¿Qué tal un poco de buen rollo, de amor a las mujeres, a los hombres, a los católicos, a los ateos, a los niños, a los pobres? ¿Qué tal un poco de celebración de la igualdad en el ministerio de Igualdad?

¿Es mucho pedir?

(Nota bene: He acabado de escribir este artículo a las 3.11 de la mañana después de constantes interrupciones de mi hija -“¡Tengo mocos!”- mientras mi novia cuidaba del pequeño, también constipado. Comprendan que las lecciones de igualdad que pueda darme alguien con tres criadas desde su disparatado ministerio me hagan, con suerte, gracia.)

Mala Fama
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