Carta abierta a Alberto Garzón, ministro de Consumo: no me subas los donuts

¿Qué puede aportar un comunista a un ministerio de Consumo? Para eso te escribo, para darte las claves, como dicen en la tele

Foto: Alberto Garzón, ministro de Consumo, al llegar al Palacio de la Moncloa para su primer Consejo de Ministros. (EFE)
Alberto Garzón, ministro de Consumo, al llegar al Palacio de la Moncloa para su primer Consejo de Ministros. (EFE)

Estimado Alberto:

Te escribo para contarte cosas del consumo, ahora que diriges un ministerio que se llama así.

Reconozcamos que es chocante que un comunista sea ministro de Consumo, porque el comunismo y el consumo nunca han guardado mucha cercanía, fuera de paronomasias y diccionarios. ¿Qué puede aportar un comunista a un ministerio de Consumo? Para eso te escribo, para darte las claves, como dicen en la tele.

El consumo es un concepto moderno, de semántica reconcentrada. No hay diferencia entre consumo y consumismo, entre consumo y capitalismo ni entre consumo y felicidad. O sea, lo tienes bastante jodido. El comunismo, tomado incluso con afecto, nunca puede ser consumista, favorecer que se consuma más ni proponer que la felicidad del pueblo consista en comprar constantemente. Así las cosas, a ver qué hacemos.

Porque si de verdad fueras comunista (esto es, si ser comunista significara hoy algo más que la simple lealtad a un equipo que ya lleva demasiados años en segunda), tu labor consistiría en sabotear el consumo, criticarlo, buscar su demolición y, en suma, cerrar tiendas. A Calviño no le iba a hacer mucha gracia; ni a Apple. Prohibirías cosas todos los días, cosas como el Black Friday, el Cyber Monday y hasta Papá Noel. Recuerdo que, cuando yo era niño, te traían regalos sólo los Reyes Magos, y no más de tres y todos de tus padres. Ahora te trae regalos toda la familia en Reyes Magos y toda la familia en Papá Noel, como veinte regalos tiene el niño promedio español. El encantador “Los reyes son los padres”, como secreto, ha perdido mucha solvencia, o se ha diluido, pues vivimos en una monarquía absoluta del regalo.

Si de verdad fueras comunista, tu labor consistiría en sabotear el consumo, criticarlo, buscar su demolición

Así las cosas, a ver quién es el guapo que les dice ahora a los niños de España que con tres o cuatro regalos el 6 de enero deberían estar contentos, muy contentos. Yo lo haría, simplemente porque tengo dos hijos y la casa hasta el techo de cosas de plástico de todos los colores de todos los arcoíris, ninguna de las cuales, por cierto, ha salido de mi bolsillo. Uno no es rey ni de sus propios hijos. Pero quizá un ministro de Consumo comunista podría asumir el odio eterno de todos los niños de España.

Tu ministerio no enfrenta grandes dramas, sino pura comedia. El año pasado tuvimos ocasión de contemplar un extraordinario sainete social, a cuenta además de todos estos eventos e iconos importados del Imperio. Fue maravilloso, y en tres actos. Acto primero: Black Friday, un viernes de hiperconsumo que nadie había echado de menos en 40 años de democracia, pero que ahora parece la ayahuasca del progreso: consumir todos a la vez como enajenados. Acto segundo: la Cumbre del Clima y sus grandes preocupaciones por el plástico y la basura y la producción descontrolada, ante la cual todos exhibimos un espléndido ejercicio de contrición. Acto tercero (traca final): Navidad, un millón de luces en Vigo, otro millón en Madrid, toneladas de plástico y de basura a cuenta de los regalos de Papá Noel y de los regalos de los Reyes Magos y gracias a esa misma producción descontrolada que íbamos a meter en vereda dos semanas antes. En suma, una obra maestra del humor.

Quiere decirse que la gente va a consumir todo lo que le dé la gana diga lo que diga tu ministerio.

Aducirán tus consejeros que al menos podrás conseguir que la gente consuma mejor, lo cual es otra contradicción, pues consumir bien es esencialmente consumir más y consumir mejor es esencialmente consumir más caro. Además, para ese propósito ya existían no sé cuántas oficinas de consumo, de consumidores, de atención al cliente y de atención al consumidor. Muchos teléfonos existían. Como Esta Izquierda no aspira a ser a otra cosa que el departamento de reclamaciones del capitalismo, supongo que convertir en ministerio muchos teléfonos a los que nadie llamaba os parece perfectamente lógico.

La Izquierda no aspira a ser a otra cosa que el departamento de reclamaciones del capitalismo

En las horas muertas como ministro, te propongo estudiar algunas curiosidades del consumo en relación con las artes. A mí es un tema que me interesa. Tengo propuesta la primera referencia a una marca comercial en la historia de la literatura: es la cámara Kodak que aparece en 'Drácula' (1897), de Bram Stoker. No es fácil localizar referencias al consumo (esto es, a la compra hipertrofiada por el estatus que la multiplicación de marcas comerciales desplegó sobre un simple bien común) en la literatura anterior al siglo XX, pero en 'El corazón de las tinieblas' (1899) aparece una muy simpática “lata de bizcochos Hunley&Palmer”. Fueron las artes plásticas las primeras en notar que el mundo se había vuelto una gran tienda, que éramos de facto una “sociedad de consumo”, y ahí queda para la historia el collage de 1956 de Richard Hamilton. JG Ballard, por su parte, promovió que las novelas empezaran a nombrar las cosas comunes de la gente, que no eran otras que las cosas que compraban. Se reía el autor de sus predecesores modernistas al preguntarse: ¿dónde echan gasolina los personajes de Virginia Woolf? Abierta la brecha, el aquelarre referencial llegaría décadas después con American Psycho (1991), de Bret Easton Ellis, una novela donde la descripción de un personaje se resolvía con la enumeración de las marcas de toda la ropa que llevaba puesta, amén de otras singularidades propias de la liturgia del consumo. Con eso se decía todo. No olvides que 'American Psycho' está protagonizada por un psicópata.

Tu ministerio tiene la suerte de que, según Wikipedia y un sociólogo llamado Rifkin, en 2020 se cumplen cien años justos del consumo tal y como lo conocemos. A lo mejor podríais organizar un Century Friday, un viernes de consumo salvaje y celebrativo por el siglo que llevamos consumiendo cosas que no necesitamos y anhelando comprar cosas que ni sabemos cuánto cuestan. No me cabe duda de que el Century Friday sería un éxito.

Esas cosas que no sabemos cuánto cuestan son fundamentales para el capitalismo. Los Ferraris, los Rolex, los áticos en Central Park. Como ahora la izquierda se ha vuelto fan número 1 de Apple, y nadie es verdaderamente de izquierdas si no tuitea desde un iPhone, tu ministerio tiene que dar ejemplo y llenarse de trajes Dolce Gabbana y botellas de vino de 5.000 euros. Así contribuirás a esa idea de que por un lado está el capitalismo malvado y, por otro, el capitalismo que quiere Esta Izquierda, donde todo el mundo podrá algún día beber vino a 5.000 euros la botella simplemente poniéndose a la cola. Según aprendo cada día en el Twitter de Antonio Maestre, ser de izquierdas y promocionar productos que la mayoría no puede comprar, pero de cuya posesión estás muy orgulloso, no es capitalismo, sino socialismo (o comunismo: ya qué más da), en la medida en que la derecha se irrita cuando ve a un chico de Fuenlabrada comprarse Macs. La verdad es que no acabo de verlo.

Ya nadie es de izquierdas si no tuitea desde un iPhone y tu ministerio debe dar ejemplo con trajes Dolce&Gabbana y vinos de 5.000 euros

Me perdonarás la manera de señalar, pero claramente no entendéis que el Mac o el iPhone, y no digamos el Ferrari, no se vuelve socialista porque lo compres tú: eres tú el que se vuelve capitalista al comprarlo. Los Ferraris no son como los ministerios, que puedes hacer todos los que quieras y darlos a voleo. Ferraris puedes hacer los justos para que no los pueda tener todo el mundo. Y iPhones puedes hacer los justos para que sigan siendo símbolo del éxito social de unos pocos, los diputados, los tertulianos, los ministros. Apple no se vuelve una cooperativa trans vegana poliamorosa cada vez que tuiteáis con un dispositivo suyo, simplemente se vuelve una multinacional más grande.

Yo al único comunista que me creo es a mi amigo Rafael Reig, que me dijo algo un día que considero esencial: "No quiero tener nada que no pueda tener todo el mundo". No sé si esto es comunismo, pero, desde luego, es decente. La obscenidad de las botellas de vino de 5.000 euros, de los relojes de medio millón, de las habitaciones de hotel de 400 euros donde se alojan los escritores españoles es intolerable para cualquier persona que sepa cómo vive la mayoría de la gente. Porque esa es la palabra: obscenidad. Diriges el ministerio de la Obscenidad.

Así la cosas, sólo puedo rogarte que no me subas el precio de los donuts de chocolate. Ni de las galletas Oreo, aunque me conformo con que me respetes los donuts. Si la gente corriente no podemos tener un iPhone, ¿nos vais a quitar lo único que nos queda, el placer de comernos un donut de chocolate detrás de otro hasta acabarnos el paquete? Te sorprendería de lo que es capaz el pueblo llano por defender la bollería industrial. Te sorprendería mucho.

Te mando un abrazo igualmente industrial.

Mala Fama
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