¿Que los policías son tontos? ¡Pues anda que tú!

Denigrar a la policía en su conjunto por el comportamiento de un solo agente señala la autocomplacencia de las sociedades acomodadas

Foto: Un manifestante en Nueva York pasa junto a unos coches de la policía. (Reuters)
Un manifestante en Nueva York pasa junto a unos coches de la policía. (Reuters)

Como le sucede a cualquier persona honrada, la policía me da bastante miedo. Al no haber hecho nada malo en toda mi vida, no digamos ya constitutivo de delito, si se dirige a mí un policía pongo invariablemente cara de culpabilidad. Desconozco el código, las maneras, el truco de ese mundo criminal contra el que luchan. Decían en 'Sospechosos habituales' (Bryan Singer, 1995) que los culpables son los únicos que duermen plácidamente en la celda cuando les detienen un par de noches, porque ellos sí saben lo que han hecho. Si no has hecho nada, no pegas ojo.

Vivimos días en los que todo el mundo tiene algo que decir sobre la policía, y también el Sr. Chinarro nos ha regalado su opinión. El cantante sevillano ha declarado que siempre era “el más tonto de la clase el que quería ser policía”, lo cual no quiere decir exactamente que para él todos los policías sean tontos; quiere decir en realidad que él, Antonio Rubio, es buena persona, porque habla mal de la policía. Nos conocemos tanto que resultamos aburridísimos.

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Sí, amigos, toca ahora 'all cops are bastards, fuck the police', y cualquier cosa que deje claro a los demás que no nos gusta que los policías de Estados Unidos maten personas negras desarmadas e inocentes. Es curioso esto: que uno crea necesario despejar dudas en público acerca de lo que le parece que los policías maten personas negras desarmadas e inocentes. Antes había una cosa increíble que se llamaba ética, que impedía por consenso moral que la gente tuviera que decir todo el tiempo todo tipo de obviedades. Ahora, como no hay ética, tienes que manifestarte a todas horas a favor o en contra de sucesos sobre los que, en rigor, a nadie le importa lo que opinas.

Pan Bendito

El caso es que la simpleza del, por otro lado, excelente compositor que es el Sr. Chinarro me ha recordado la canción 'Perfil blanco payo', del grupo de rap La Excepción, surgido en Pan Bendito (Madrid). Es muy probable que los raperos de barrio sepan algo más sobre policías que los cantautores 'indie'. Saben, por ejemplo, que muchas veces a policía no se mete el más tonto de la clase sino el más pobre, marginado o desamparado. En 'Perfil blanco payo' se cuenta la historia de un chico de Pan Bendito que lo pasaba mal. “Agarrado al brazo de tu madre, no salías a la calle”, “los niños gitanos te tenían manía”, “esta es la mía, yo de mayor quiero ser policía”, relatan sus versos. O en palabras del Langui: “Esos que han crecido con vosotros, al lado, son vecinos, los conocéis, y de repente de mayores se han hecho policías”. Así, en esta postal urbana, es el propio hijo del barrio el que vuelve a sus calles con la placa y la pistola a vengarse de los que le maltrataron de niño. La única reproducción de esta canción que he encontrado en la red (no sé por qué, 'Perfil blanco payo' no está en Spotify ni hay vídeo oficial en YouTube) procede de un directo, y antes de ponerse con ella, el Langui la introduce diciendo: “No queremos meter a todos en el mismo saco...”. Es todo un detalle de nobleza por su parte, la verdad.

Porque vivimos tiempos de meter a todos en el mismo saco, para bien o para mal, aunque ese 'para bien' sea también para mal, pues dejamos sin crítica o fiscalización muchos comportamientos deshonrosos en profesiones que consideramos angelicales. Así, los policías y los curas son malos, y los profesores y los médicos son buenos. Lo que la ensayista italiana Michela Murgia llama “responsabilidad comunicante” solo funciona en los dos primeros grupos, de modo que si uno o mil policías matan a un inocente en Estados Unidos, toda la policía en todo el planeta Tierra es asesina de inocentes, y si un cura o mil curas violan a un niño, todos los curas son violadores de niños. Sin embargo, también hay numerosos casos de abusos sexuales de profesores a alumnos (el que narra James Rodhes en 'Instrumental' es de estos, sin ir más lejos), y nadie dice por ello que todos los profesores sean violadores. Tampoco el ángel de la muerte recurrente en los hospitales (ese enfermero o enfermera que mata sibilinamente a decenas de ancianos hasta que es descubierto) nos hace decir que todos los enfermeros sean asesinos en serie.

Al hablar mal de la policía, la gente da por hecho que la policía es una especie de etnia maligna, raza cruel o familia tóxica que obviamente no necesitamos, y cuya extinción es incluso deseable. Una plaga. No, amigos. Merece la pena recordar que la policía es un 'oficio público', como se llama desde la Edad Media a todos esos trabajos esenciales para nuestro funcionamiento como sociedad. Necesitamos policías, bomberos, médicos o barrenderos. A nadie se le ocurriría despreciar a los bomberos, así en general, pues todos entendemos que los bomberos, esencialmente, están de nuestra parte. La policía, también esencialmente (es decir, por el mismo hecho de existir), está de nuestra parte.

A nadie se le ocurriría despreciar a los bomberos, así en general, pues todos entendemos que, esencialmente, están de nuestra parte

Decía el escritor Ricardo Piglia, al hablar sobre el origen del relato policial, que este debía haberse producido necesariamente después de la creación de Scotland Yard, en 1829. Fue la primera policía moderna, es decir (y siguiendo a Piglia), la primera que no conseguía culpables en virtud de confesiones, sino gracias a las pruebas. Esto quiere decir también que antes la labor policial podía tener mucho que ver con sacar a golpes o mediante torturas la deseada confesión, pero ya desde hace dos siglos la fuerza bruta dejó paso a la pesquisa, los informes, la inteligencia y la tecnología como 'modus operandi' de la pasma.

Es un poco triste tener que recordar que si la asesina del Pescaíto está en la cárcel, se debe a la policía; que si el cuerpo de Diana Quer ha podido ser enterrado y su asesino detenido, se debe a la policía; que si la Manada está en prisión, se debe a las pruebas reunidas por la policía, y que si aquel violador de niñas chinas cayó en manos de la Justicia, se debió a un trabajo complejísimo y extenuante de la policía. No sé si la policía está llena de hombres y mujeres que fueron “los más tontos de la clase”, pero parece que el uniforme o algo en los donuts les vuelve bastante listos. Es a esta misma policía que denigras a la que vas a llamar cuando tengas un problema de verdad, majo. En todo caso, la infantilización dominante hace que todo lo que funciona lo demos por descontado, como si no tuviera mérito ni recorrido estructural, mientras que cualquier grieta en la convivencia o el bienestar nos resulta escandalosa, y la generalizamos para disfrutar de la ficción de un horror incomparable.

Recordemos también que la policía lleva 13 años buscando a Madeleine McCann, la niña que fue secuestrada en Praia de Luz en Portugal cuando contaba tres años. No sé muy bien por qué la policía debe cargar con la imagen que de ella da un agente que un día mata a una persona inocente y no con la imagen que da luchar contra el secuestro, asesinato y violación de niños todos los días del año y todos los años y todo el tiempo. La gente es incapaz de entender que el sentido mismo de la existencia de la policía se encuentra justamente en que resulta imposible librarse de los asesinos ni aun dentro del propio cuerpo policial. Que haya policías corruptos, policías traficantes, policías asesinos y policías violadores es también el motivo de que necesitemos a la policía.

Pero todo esto da completamente igual (el sentido común da completamente igual), pues millones de personas que ayer parecían vivir exclusivamente para erradicar el coronavirus y antes de ayer para erradicar el machismo y poco antes para acabar con el cambio climático y un poco antes para desterrar la transfobia del mundo (sin mucho éxito en ningún caso, debo decir), hoy van a acabar con la violencia policial, siempre y cuando haya cámaras de televisión que registren su lucha, y el eslogan y las pegatinas sean bonitas y no surja otra causa noble aún más molona pasado mañana, a la que se apuntarán instantáneamente, como es lógico.

Es muy fácil saber quién no tiene en realidad lucha alguna: aquel que las lucha todas.

Mala Fama
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