Por qué la renta mínima de inserción debería ser de 5.000 euros

El concepto clásico de igualdad, que vive sus horas más bajas en el debate público, cuenta con un nuevo ensayo de César Rendueles

Foto: Mucha gente de la Met Gala se lo merece. (EFE)
Mucha gente de la Met Gala se lo merece. (EFE)
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Quizá no haya una frase que sitúe mejor la igualdad en nuestro tiempo que el clásico cariño expresado hacia el servicio doméstico de esta manera: “Es como de la familia”. En efecto, las criadas eran como de la familia en 'Roma', de Alfonso Cuarón, como demostraba el hecho incontestable de que pudieran sentarse con los niños a ver la tele; pero también lo son en 'Puñales por la espalda', de Rian Johnson, donde Ana de Armas (“venezolana”, “cubana” o “filipina” según quien la nombre) ve refrendado este voluntarioso vínculo después de la muerte del patriarca, al que ella atendía. Sin embargo, en 'Puñales por la espalda' hay un momento en el que la asistenta deja de ser “como de la familia”: justo cuando es designada en el testamento heredera única de toda la fortuna del clan. Irónicamente, en el mismo instante en que la criada tiene más dinero que tú, ya no es como de la familia, pues pasa a convertirse en otro ejemplo intolerable de desigualdad social.

Hoy nadie quiere ser igual a nadie, salvo que ese otro tenga más dinero que tú. Cuando hablamos de igualdad, hablamos de dinero, es decir, de capacidad de consumo. Tal vez por eso ya no se habla de igualdad, porque hablar de cuánto ganas y cuánto tienes siempre fue de mal gusto, y hoy todos callamos los millones y las casas para que no nos pillen en contradicciones.

Elon Musk. (EFE)
Elon Musk. (EFE)

Me pregunto cuándo empezó la igualdad a ser el celemín de la filosofía, un medidor con el que ya nadie mide nada, la palabra más demodé de cualquier programa político. Quizá sucedió el mismo día que César Rendueles se puso a escribir su libro sobre el tema, pues ha tardado 10 años en terminarlo y llega justo a tiempo para no interesar a nadie. En librerías la semana que viene, yo lo he leído como la conversación que venía echando en falta, larga y solvente, acerca de un asunto sobre el que llevo toda la vida equivocándome.

Portada de 'Contra la igualdad de oportunidades'.
Portada de 'Contra la igualdad de oportunidades'.

'Contra la igualdad de oportunidades' (Seix Barral) parte de una unidad mínima de debate inestimable: la clase social. Esto es de agradecer, porque ni la popularidad de las minorías ni las minucias a la moda han intoxicado un solo capítulo del libro, ni siquiera el relativo a la igualdad de género, que Rendueles tasa en su justa medida: la igualdad de género es seguramente el logro más incuestionable del igualitarismo. Ni siquiera se acuerda el autor de que hay un Ministerio de Igualdad y un heteropatriarcado por ahí sueltos, haciendo prácticamente el mismo daño, ni de esas conmovedoras muchachas de 18 años que salieron a la calle hace poco a decir con un cartel que como ellas no había sufrido nadie en la historia del mundo.

El hecho de que en este país no puedas ganar a nada limpiamente (todo tiene un truco o un cambalache detrás) es lo que a mí más me revienta

Sin embargo, Rendueles, desde el título, arremete contra la meritocracia o igualdad de oportunidades, que entiende como una carrera contradictoria en la medida en la que siempre habrá ganadores y perdedores. Aquí, sinceramente, discrepo; discrepo porque yo quiero ganar. El hecho de que en este país no puedas ganar a nada limpiamente (desde un concurso de novela en provincias a una secretaría de Estado, pasando por numerosas oposiciones e incontables puestos de trabajo, todo tiene un truco o un cambalache detrás, un sendero secreto) es lo que a mí más me revienta. Ya la misma política española es hoy un buen ejemplo de dónde vamos cuando nada importan tu valía, tu trabajo o tu capacidad. Vamos hacia un país liderado por farsantes, novias y compañeros de pupitre.

Quién es tu padre

La clase social hay que entenderla con menos marxismo de lo que parece, pues en realidad estamos hablando de algo más sencillo: quién es tu padre. Que el mérito sea una noción patrimonializada por la derecha no es mi problema, pues el mérito, lo defienda quien lo defienda, es lo único que tiene el hijo del pobre. Solo faltaría que encima no tuviera valor alguno. Así las cosas, hay una fórmula de apreciación social que a mí me gusta proponer a veces, y que dice algo tan sencillo como esto: a qué se dedican tus padres y a qué te dedicas tú. Los padres de Pedro Almodóvar al cine no se dedicaban, los de Jonás Trueba sí. Dedicarse a lo mismo que tus padres no tiene nada de malo —salvo que los demás se acuerden constantemente de tus padres—, pero si todos hiciéramos lo mismo que hacían nuestros padres, entonces seguiríamos en la Edad Media, o un poco más atrás. No creo que haya mayor ejemplo inverso de sociedad igualitaria que una donde el hijo ocupa el mismo escalafón que el padre.

“Lo lleva en la sangre”, “lo ha mamado”, dicen también mucho en algunos ambientes para no nombrar la auténtica tecnología filial: el enchufe.

Sí, yo quiero ganar. Hay momentos en el libro de Rendueles en los que su confianza en la bondad del ser humano y su pasión por lo colaborativo, común, colectivo y grupal me ha resultado distópica y hasta amenazante, en plan tener que hacer reuniones de vecinos cada día y votar todas las cosas y escuchar educadamente los rollos de todo el mundo. No, por Dios. Prefiero vivir en una cueva a vivir en una asamblea perpetua.

Asamblea general del Movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)
Asamblea general del Movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)

Más que nada, porque en las asambleas y movimientos sociales en los que nuestro autor muestra una fe inquebrantable, no diría yo que la igualdad sea precisamente el valor supremo. En muchos casos, son 'talent shows' del activismo (es decir, competiciones), con sus estrellitas, sus amaños, sus componendas y su individualismo descarado, y también dan lugar a ganadores y perdedores (o pringados). Ada Colau y la PAH no sé yo si fue otra cosa.

Merecer y renunciar

“Vivo en un palacio, sí”, dijo Sting, “pero me lo merezco. Hago feliz a mucha gente con mis canciones, de modo que merezco vivir en un palacio”. A mí, Sting no me hace feliz con ninguna canción, pero esta idea suya me vuelve a la cabeza de vez en cuando. ¿Hay desigualdad mayor que la que media entre las vidas comunes y las vidas de los cantantes, actores y deportistas de éxito? Sin embargo, preguntados los fans de Stephen King, Messi o Rosalía si les molesta lo bien que viven sus ídolos, no creo que ninguno invocara aquí la sacrosanta Igualdad. También creen que se lo merecen.

El merecimiento, en suma, es lo que da vuelo a la libertad, y por eso cuando a uno le toca la lotería también cree que se lo merece. ¿Impidió alguien a los demás jugar su boleto? ¿Has fundado tú alguna empresa? ¿Has compuesto tú alguna canción? Y así todo.

Sting vive con tu madre en un castillo, y se lo merece. (EFE)
Sting vive con tu madre en un castillo, y se lo merece. (EFE)

La igualdad es tan complicada porque no va de que todos tengamos lo mismo, o no mucho más que nadie, sino de que todos renunciemos. Por eso la renta mínima de inserción es una de las grandes bromas de nuestro tiempo: gente que gana 90.000 euros al año y pone a dedo a sus amigos a ganar 50.000 considera que a los que no tienen nada les vale con 400 euros al mes. La renta mínima de inserción debería ser de 5.000 euros. Da lo mismo que no se pueda: la renta mínima de inserción debería ser de 5.000 euros.

Con 5.000 euros al mes puedes ganar. Con 400, has perdido. Si esto va de igualdad, y de que no haya perdedores, la única manera que se me ocurre pasa por conjurar destinos, por desafiar lo fatal. O dicho en delirio: debería llegar un día en que ser pobre fuera una suerte, porque inmediatamente te compensarían, y a lo grande.

Mala Fama
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