¿Van a ser los políticos los únicos que se divierten? ¡Que abran mil garitos!

El segundo estado de alarma aboca a la desgracia a todo aquel que no tenga poder

Foto: Pedro Sánchez tomándose un vino. (EFE)
Pedro Sánchez tomándose un vino. (EFE)
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Hay una imagen que me persigue y me tienta desde el primer estado de alarma, pues veo ahí una novela. La forma narrativa sería el monólogo interior, con un solo punto de vista y un solo espacio, y en tiempo real. 'Mírame qué mono llorando en la limo' podría ser el título y 'Cosmópolis', de Don DeLillo, el modelo. Tendríamos a un Pedro Sánchez o a un Pablo Iglesias en el coche oficial dando vueltas por Madrid a capricho, mientras toda la ciudad permanece confinada.

Ahora que el segundo estado de alarma ha vuelto tan golosa la nocturnidad, mi inspiración se ha refinado: Pedro Sánchez a las dos de la mañana en el coche oficial recorriendo Madrid cuando solo él puede hacerlo, botellas bonitas sobre el asiento y vasos biselados, una bandeja de sándwiches, la música de 'El reino' sonando a todo volumen, los escoltas muy serios le dicen a algún policía despistado quién va en el vehículo. A media novela, un semáforo de la Gran Vía se pone en rojo, y el presidente indica desde el espejo retrovisor que se respete el disco; entonces cae sobre él todo el silencio y el vacío de la capital de España, las líneas puras de la materia y de la muerte, y una lagrimilla asoma en sus ojos, casi parece hecha de oro, la melancolía del poder.

No hay mucho misterio en nuestra tristeza, pues somos la mayoría la que camina sin freno hacia el derrumbe definitivo. De la muerte, el paro, la rebaja salarial, el hambre, el divorcio o la depresión no se va a librar aquí nadie. Por eso, lo interesante en este segundo estado de alarma es concentrarnos en Pedro Sánchez y en cuatro más, que se han quedado solos con la libertad y la fiesta. Que te crees tú que no van a circular de noche los coches oficiales; que te crees tú que no habrá bares abiertos y alegría. De hecho, la alegría de verdad es la que viene ahora.

Lo interesante en este segundo estado de alarma es concentrarnos en Pedro Sánchez y en cuatro más, que se han quedado solos de fiesta

Decía Buñuel en sus memorias que nunca bebió tanto como durante la Ley Seca. Lo que hay que entender de las prohibiciones colectivas es en qué medida no te conciernen. Prohibirle algo a todo el mundo siempre supone que tú puedes hacerlo. No nos engañemos, hemos visto 'El cuento de la criada' y el ordenador de Bin Laden y el derroche general del tirano. "A nadie le gusta tener que confinar a 47 millones de personas", dijo hacia el verano Pedro Sánchez. Claro que te gusta; te encanta.

La pandemia lo bueno que tiene para un gobernante es que puede hacer cosas que antes solo soñaba. Ya el hecho de saber anticipadamente el destino de todo un país —que nadie va a volver a contemplar los hielos derretidos de una copa en un bar a las 4 de la mañana hasta el 9 de mayo de 2021— debe de dar mucha impresión. La que se les viene encima, pobrecitos, y aún no son conscientes, pensarían en Moncloa horas antes del anuncio. Hay gente que disfruta de imponer castigos que parecen inevitables, es decir, irresponsables.

¿Qué va a ser de Los Javis?

Como yo no salgo mucho, me ha costado algunos días comprender que nadie va a salir, que se acabaron los pubs y los 'afters', y los 'afters' de los 'afters'. ¿Qué va a ser ahora de los Javis? ¿Qué va a ser ahora de los malos escritores? ¿Qué va a ser, sobre todo, de nuestros jóvenes? Quitarles seis meses de noche borracha es de una crueldad impresionante. Toda una generación acababa de aficionarse al 'gin-tonic' y ahora les hemos dejado con el gusto colgado del paladar. ¿Qué va a ser de las drogas y de la prostitución y de los 'peep-shows'? Prohibir la noche es prohibir el lado oscuro. Por algún lado tiene que salir el lado oscuro.

Toda mi esperanza en la especie humana reside en que abran y, de hecho, abunden los garitos clandestinos en Madrid

En mi novela sobre un hombre con poder que circula por la ciudad vacía tiene que proponerse —como en la de DeLillo— un destino. Ese destino no puede ser otro que una coctelería. Durante el anterior estado de alarma se denunciaron cientos de fiestas ilegales solo en Madrid, cientos de fiestas a las que yo no fui invitado, por cierto; ni tú. Siempre pensé que los famosos bares clandestinos de la capital seguirían abiertos. ¿Por qué cerrar ahora con el toque de queda un bar que ya era ilegal? Una cosa ilegal no se vuelve más ilegal porque rompa más leyes, solo te cae un multazo mayor. Toda mi esperanza en la especie humana reside en que abran y, de hecho, abunden los garitos clandestinos en Madrid durante estos seis meses, que no se lo dejemos la parranda entera a los ministros, los alcaldes y los consejeros. Si la gente no pierde las ganas de vivir, no lo habremos perdido completamente todo.

Ni siquiera lo veo tan difícil: a las once u once y media vamos entrando en el bar. A las doce, se cierra a cal y canto. Hasta las seis, alcohol y desenfreno. Y a las seis y cuarto, cuando ya puede salirse a la calle, abrimos de nuevo y vamos soltando a los borrachos, fingiendo que —ojo a la jugada— acabamos de abrir.

Esto va a suceder y lo sabemos todos. La hipocresía es tan siglo XX. Estamos en un tiempo resabiado, escaldado y cínico. Los traficantes de drogas son los únicos que en estos meses que vienen van a ver confirmado su negocio. Será lo mismo, solo que con más motivo.

Las copas de la señora Armengol, presidenta del Gobierno balear, o los 150 notables en el Casino de Madrid saltándose el toque de queda, son solo la punta del iceberg de esta gran diversión exclusiva que acaba de decretarse. Todo el que tenga poder, tendrá alegría, amantes, familia, Navidad y madrugadas. Y todo el que se atreva o vaya escaso de escrúpulos, también. Los demás, sin aplausos de balcón ni 'memes' sobre el papel higiénico, sin las simpatías del primer confinamiento, veremos crecer por las calles las colas de los comedores sociales, sujetaremos mejor los bolsos y guardaremos con más celo la cartera, rezaremos por no caer en la miseria o la abyección o la desesperación, perderemos la fiesta, que será ya solo para los pocos que siempre estuvieron por encima de la ley y de la vergüenza, y que casualmente son los que nos la han prohibido.

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