Todo lo que nunca quisiste saber sobre divorciarse (y con hijos)
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Alberto Olmos

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Todo lo que nunca quisiste saber sobre divorciarse (y con hijos)

La separación, al contrario de lo que se piensa, no pone fin a la vida sexual común, sino a la "institución narrativa"

placeholder Foto: Erland Josephson y Liv Ullman, en 'Secretos de un matrimonio', de Ingmar Bergman.
Erland Josephson y Liv Ullman, en 'Secretos de un matrimonio', de Ingmar Bergman.

Debe de haber dos tipos de hombres separados: los que creen que con la separación se inició la mejor época de su vida y los que consideran que, de hecho, esa es la época de la que se acaban de despedir. Los primeros fuerzan una soltería desacomplejada, recalentando bares y juventudes en su condición de ex convictos conyugales y acaban defendiendo los divorcios como infalibles píldoras revitalizadoras. No hay mejor viagra que el divorcio, nada tan afrodisíaco como la propia soledad sobrevenida. Los otros ven la vida, su vida, como un programa que acaba de ser retirado del prime time por baja audiencia, condenado a languidecer en canales secundarios en horas terciarias para un público cuaternario. Ya no hay mucho más que hacer con la vida, que se da por cerrada en sus capítulos mejores y sólo se alarga en temporadas sucesivas de argumentos desanimados y vistos mil veces, y que no le interesan ni a quien los protagoniza. Divorciarse, para estos, no es afrodisíaco, sino sedante.

Cuando jóvenes, separarse era romper, dramatismo verbal que ya indicaba que la cosa carecía de importancia. Romper con tu novia o con tu novio era el fin del mundo en el banco del parque y en las cafeterías donde uno había entrado precisamente para romper. Como romper era irrelevante, todo el mundo hacía como que le preocupaba mucho. Las rupturas amorosas de los muchachos y las veinteañeras, y de los que llevaban saliendo desde la universidad, iban creando en realidad algo bonito: la experiencia. Cuando uno ya tenía suficiente experiencia, subía la apuesta y tenía hijos, que es, en rigor, la única experiencia verdadera. “La paternidad y la maternidad son las únicas certezas. Todo lo demás casi no existe”, escribió Manuel Vilas en 'Ordesa'.

placeholder Dustin Hoffman y Meryl Streep en 'Kramer contra Kramer'.
Dustin Hoffman y Meryl Streep en 'Kramer contra Kramer'.

Ya con hijos, separarse daba un vértigo vicario, porque quien iba a sufrir no era tanto uno mismo como esos niños que había traído al mundo para no separarse, para no querer separarse. Del mismo modo que está feo que los niños vivan guerras o revoluciones, está feo que vivan separaciones. Sin embargo, la gente se separa constantemente, dando, claro, mucha guerra a los niños, revolucionando sus pequeñas vidas de comidas en platos de colores y camas con sábanas de marcianitos.

Separarse no es una experiencia; separarse es relato. En concreto, el final del relato. Cuando un relato concluye, nadie tiene nada que decir. Ante la separación, como ante el cáncer, el entorno se retrae, nadie llama, hay una tensión social creada por el silencio ante la separación, como si hubiera miedo al contagio o dudas sobre la verosimilitud de la ruptura o inquietud sobre lo que debe uno hacer, como amigo, ante todo ello. Quizá son los mejores amigos lo que se sienten más confundidos ante una separación. Quizá por ahí se van perdiendo muchos mejores amigos para siempre.

Siguiendo a Vilas, no hay una fecha concreta que calende la cosa, que pueda exhibirse ni mucho menos recordarse como se recordaba el día exacto en que la pareja se formó, esa noche de abril o esa tarde de 2009, aquel lunes, aquel domingo. Esto ya indica que separarse es mucho menos poético que juntarse, que los finales son agónicos mientras que los principios son epifánicos. El comienzo es feliz siempre y el final es interminable.

placeholder Scarlett Johansson y Adam Driver en 'Historia de un matrimonio', de Noah Baumbach.
Scarlett Johansson y Adam Driver en 'Historia de un matrimonio', de Noah Baumbach.

En el final, según los casos, concurren todo tipo de diligencias y agravantes, desde juicios con mayor o menor encono a mudanzas paralelas, pasando por acuerdos inequiláteros y niños que no saben dónde duermen mañana. Curiosamente, los niños pequeños son felices con dos casas, en el juego domiciliario que se han inventado sus padres, porque en el fondo no saben aún qué ha pasado con su familia. Con los adolescentes, claro, es otro cantar.

El sexo irá poco a poco dominando todas las conversaciones del separado, de la separada, como si se concluyera colectivamente que, a fin de cuentas, una pareja no es otra cosa que cohabitación carnal. Tinder tintinea al fondo de todas estas conversaciones, campanilleando soluciones de urgencia y desconocidos ilimitados y propicios. No sabe uno de qué se hablaba con alguien separado cuando no había Tinder. Tengo un amigo, tengo una amiga, se diría, como ahora se dice: “¡Tienes Tinder!”. Ven que te lo presento.

No hay nadie en el mundo al que le puedas contar tantas cosas sin importancia como a tu pareja

Pero el sexo no es la pareja, no si hay hijos, como prueba el hecho de que tantas parejas con hijos ni siquiera tengan sexo en meses o años y sigan postureándose pareja. El matrimonio o, valga, cualquier pareja de larga duración, es, como dijo Javier Marías en algún lado, una “institución narrativa”. La pareja va de contar. Para muchos, sin embargo, estas relaciones son instituciones penales, y salir de ellas es como salir de la cárcel y entonces tiene que haber alguien esperándote a la puerta, como en 'The Wire', para llevarte a un hotel, donde te esperan unas chicas contratadas. Así subsanas las carencias de la separación, piensan.

Las carencias de la separación son, claro, dialógicas, verbales, confesionales. Separarse es perder interlocutor en mucha mayor medida que amante. No hay nadie en el mundo al que le puedas contar tantas cosas sin importancia como a tu pareja, y contar las cosas sin importancia es lo que necesitamos cada día. Un divorcio es dejar de contar. El final de la historia, el final del cuento, el final de la fábula. Eres un narrador muerto.

Y ante un final, un narrador sólo puede decirse: "Esta historia ha terminado; esta historia fue la mía".

Debe de haber dos tipos de hombres separados: los que creen que con la separación se inició la mejor época de su vida y los que consideran que, de hecho, esa es la época de la que se acaban de despedir. Los primeros fuerzan una soltería desacomplejada, recalentando bares y juventudes en su condición de ex convictos conyugales y acaban defendiendo los divorcios como infalibles píldoras revitalizadoras. No hay mejor viagra que el divorcio, nada tan afrodisíaco como la propia soledad sobrevenida. Los otros ven la vida, su vida, como un programa que acaba de ser retirado del prime time por baja audiencia, condenado a languidecer en canales secundarios en horas terciarias para un público cuaternario. Ya no hay mucho más que hacer con la vida, que se da por cerrada en sus capítulos mejores y sólo se alarga en temporadas sucesivas de argumentos desanimados y vistos mil veces, y que no le interesan ni a quien los protagoniza. Divorciarse, para estos, no es afrodisíaco, sino sedante.

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