Pederastia y pena de muerte
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Alberto Olmos

Mala Fama

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Pederastia y pena de muerte

El secuestro y asesinato de un niño de nueve años en Logroño saca a la superficie el mayor terror de los padres

Foto:  Homenaje en el barrio Entre Ríos del Lardero (La Rioja) en recuerdo de Álex, el niño de nueve años asesinado. (EFE)
Homenaje en el barrio Entre Ríos del Lardero (La Rioja) en recuerdo de Álex, el niño de nueve años asesinado. (EFE)
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Es fácil estar en contra de la pena de muerte. Se trata de un debate finiquitado. Desde los 15 años, en el instituto, todos sabemos que la pena de muerte está mal. Sabemos que la sociedad no puede articular su legislación penal sobre la base de motivaciones viscerales como el rencor o la venganza; sabemos que matar a alguien no repara el daño que hizo ni disuade al siguiente asesino de hacer el mismo daño; sabemos también que la sociedad ejemplifica la construcción y aplicación de valores superiores, que se verían cuestionados si su sistema de represión del delito usara las mismas armas que los propios criminales. Pero luego secuestran a tu hijo de tres años, cinco años, 12 años; lo violan, torturan y asesinan; lo tiran en una cuneta. Y es entonces cuando la pena de muerte te parece poco.

Se secuestran pocos niños para lo fácil que es. Se teme poco que te secuestren al niño con lo irreparable que resulta. Ningún padre se pasa el día pensando que le van a secuestrar y violar y matar al niño. Todo el horror se detiene, como impedido para imaginar qué hay luego, en un eufemismo: no perderlos mucho de vista.

Una amiga me dijo que no podía dejar a su hija con nadie que no fuera ella o su novio, el padre. Lo explicaba muy bien: "Solo puedo dejar a mi hija con alguien que sé que daría su vida por ella". Cuando mi hija era más pequeña y se iba con su abuela, naturalmente en mi cabeza aparecía un coche negro con dos hombretones dentro que se bajaban junto a los columpios, daban un puñetazo a la abuela, y se llevaban —en 30 segundos— a mi hija para siempre. No me gustaba que la niña estuviera sola con una persona de más de 60 años.

En mi cabeza aparecía un coche negro con dos hombretones dentro que se bajaban junto a los columpios

Pero esos dos hombres fuertes y decididos podrían secuestrar a un niño aunque fuera yo mismo quien lo estuviera cuidando. Si lo piensas —y por eso no lo piensas nunca— es tan fácil.

Estas anticipaciones traumáticas no tenían fin (aún no lo tienen; no sé si algún día lo tendrán) y por eso algunas veces me imagino pegando a alguien, y matándolo. Soy incapaz de teclear por qué: ya lo saben. Me imagino escenas violentísimas, expiatorias, hachas, martillos, cabezas cortadas. Toda la violencia de 'Juego de tronos' es una niñería frente a lo que a veces me lanza mi mente que le haríamos a un pederasta. Mi mente y yo lo despedazaríamos con las manos y las uñas y los dientes sin dudarlo un instante. A mí me fascina, en este punto, que no haya más pederastas muertos, que haya de hecho tantos pederastas reincidentes.

Recibir lo que se merecen

El personaje de Woody Harrelson en 'True Detective' abre una puerta en casa de los criminales que acaban de localizar y que su compañero tiene detenidos y ve dos niños pequeños, víctimas evidentes de abusos sexuales. Uno de ellos ya está muerto. Inmediatamente sale del cuarto, desenfunda su pistola, se acerca al violador, que tiene las manos esposadas, y le pega un tiro en la cabeza a cañón tocante. Por eso nos gusta la ficción: puedes sentir ese placer. El placer de ver que alguien recibe de verdad lo que merece.

Esta columna también es ficción. Creo que una persona que hace daño a un niño no merece vivir. Creo sinceramente que esas personas deben ser aniquiladas. Diciendo esto, no pretendo aunar voces que piensen como yo y acaben sustanciándose en alguna promesa electoral de algún partido extremo en la que se proponga instaurar la pena de muerte por pederastia o infanticidio. Tampoco me interesa abrir un debate. Cuando pienso, digo y escribo que los pederastas deben ser ejecutados lo hago por el placer que me da, por el alivio que me aporta, por la liberación de imaginar un mundo sin ellos. El mundo al que los niños salen cada día. Los mato —y de maneras horribles— en mi cabeza, y en este texto. Y eso me da paz.

Esta columna también es ficción. Creo que una persona que hace daño a un niño no merece vivir

“Los niños perdonan. Los niños no juzgan. Los niños ponen la otra mejilla. Si abusas de un niño, si pegas a un niño, no estás de mi lado. Y si me ves venir más vale que corras, porque te voy a joder vivo. Fácil”. Esta escena de la extraordinaria 'Adiós, pequeña, adiós' (2007) también me da paz. Me da la razón. Me pone alerta. Porque esa es la actitud. Esto no es una broma.

Perder al niño. Imaginar que en este momento están violando a tu hijo pequeño. Dónde. Ojalá esté muerto ya. Todo ese dolor no puede ser cuantificado. La culpa. La memoria del niño riendo. Las fotos detenidas para siempre. Es insoportable.

Me gusta pensar que la muerte a veces sirve para algo.

Es fácil estar en contra de la pena de muerte. Se trata de un debate finiquitado. Desde los 15 años, en el instituto, todos sabemos que la pena de muerte está mal. Sabemos que la sociedad no puede articular su legislación penal sobre la base de motivaciones viscerales como el rencor o la venganza; sabemos que matar a alguien no repara el daño que hizo ni disuade al siguiente asesino de hacer el mismo daño; sabemos también que la sociedad ejemplifica la construcción y aplicación de valores superiores, que se verían cuestionados si su sistema de represión del delito usara las mismas armas que los propios criminales. Pero luego secuestran a tu hijo de tres años, cinco años, 12 años; lo violan, torturan y asesinan; lo tiran en una cuneta. Y es entonces cuando la pena de muerte te parece poco.

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