Por qué no voy a ver a Bob Dylan en España: un mesías insufrible y reaccionario

El cantautor más prestigioso del siglo XX arranca nueva gira por nuestro país. ¿Primera sensación? Alivio por no tener la obligación de ir a verle para

Foto: El cantante Bob Dylan en una imagen de archivo. (Gtres)
El cantante Bob Dylan en una imagen de archivo. (Gtres)

El cantautor más prestigioso del siglo XX arranca nueva gira por nuestro país. ¿Primera sensación? Alivio por no tener la obligación de ir a verle para hacer la crónica. Recuerdo, por ejemplo, aburrirme como una ostra en su último recital en el Palacio de los Deportes en julio de 2015. Escribí entonces una crónica que dejaba traslucir desencanto, pero no el intenso tedio que sentí en mi butaca: “Nadie duda de que Bob Dylan cuenta con músicos de primer nivel, capaces de crear la atmósfera necesaria en cada pieza. Tampoco se cuestiona que atesora material para tocar dos horas y cuarto con la máxima intensidad. El problema es que anda empeñado en vender que su última etapa es tan buena como cualquier otra y eso no acaba de ser cierto, ya que sus álbumes recientes son dignos, correctos y elegantes, pero bastante inferiores a los que le hicieron grande.'Time out of mind', su última obra mayúscula, se publicó en 1997, aunque después ha mantenido un digno nivel”.

Si hacemos cuentas, nos sale que su último disco verdaderamente bueno que firmó tiene más de veinte años. Además su voz precaria y sus interpretaciones erráticas hacen sus giras sean bastante peores que sus grabaciones.

Todo se le permite

En realidad, lo que pasaba por mi cabeza y que no me atreví a contar se parece más a la postura que defendía Alfred Crespo, director de la biblia rockera Ruta 66, en una entrevista en esta misma sección: “A Bob Dylan se le ha permitido un disco asqueroso de versiones de Frank Sinatra. Ese álbum ('Shadows In The Night') es una puta mierda y la gente paga ochenta euros por escuchar esas canciones en directo. ¿Bob Dylan haciendo de crooner? Eso es imposible porque no sabe cantar. Si lo hubiera hecho un artista de aquí le mataban. A mí no me gusta la mayoría de lo que hace M-Clan, pero tampoco que los pobres graben una versión de la Steve Miller Band y les caigan tantas hostias que casi se tengan que ir del país. El escaso público rockero español sigue siendo demasiado intransigente en algunas cosas”, señalaba de forma muy valiente. Estoy con Crespo: la mayoría de las versiones que hace Dylan son peores que las de M-Clan. Por si fuera poco, los precios de esta gira no han hecho sino aumentar, alcanzando los 200 euros por un asiento. En Madrid y Barcelona piden sesenta euros (más gastos de gestión) verle desde el fondo de un auditorio.

Secta dylanita

Seamos honestos: hacen tiempo que el culto a Dylan se nos ha ido de las manos. Escritores como Ray Loriga o Benjamin Prado hablan de él en unos términos que recuerdan al sonrojo que todos sentimos cuando Emilio Butragueño dijo que Florentino Pérez era un “un ser superior”. La realidad es que Prado y Loriga son melómanos bastante limitados y predecibles, centrados en media docena de clásicos, así que no tienen ni idea del lugar que ocupa Dylan dentro del panorama musical del siglo XXI (como periodista musical, diría que han aportado más nombres como Kanye West, Justin Townes Earle, MIA, J Dilla, Clark, Vicentico y Xavier Baró, entre muchos otros). Hace años que el crítico musical Diego Manrique nos advirtió de las disonancias cognitivas de los dylanólogos, una tribu intransigente, soberbia y tan alienada como cualquier grupo de fans de una boy band. Quizá más, ya que ellos creen adorar al ídolo más íntegro y prestigioso (las fans de Justin Bieber raramente te miran por encima del hombro).

'La Bamba', sencilla y pegadiza, tiene mucho más mérito que la mayoría de salmodias literarias amuermadas de Dylan

Para los dylanitas, que apenas escuchan otra cosa que a su ídolo y lo que recomienda su ídolo, el disco pirata más oscuro y con peor sonido de Dylan vale más que cualquier obra maestra de otro artista. En ese sentido, han hecho mucho daño premios el premio Príncipe de Asturias que recibió en 2007 y el Nobel de 2016. Esos galardones reforzaron la idea de que en música popular existe la división entre alta y baja cultura, lo cual es totalmente falso. Una canción como 'La Bamba' de Richie Valens, con su letra sencilla y su ritmo pegadizo, tiene mucho más mérito que la mayoría de salmodias literarias amuermadas que Dylan compone como quien fabrica churros (y de las que luego recordamos las dos mejores por disco, al menos en los últimos quince años).

Actitud mesiánica

Otro asunto clave es el menosprecio de Dylan hacia sus propios seguidores. La mayoría de estos pagan la entrada, a precio de plutonio enriquecido, por escuchar el repertorio que le hizo grande en los años sesenta y setenta. Atrincherado en la displicencia, Dylan interpreta solo unas pocas piezas clásicas y las modifica tanto que a menudo resultan irreconocibles. Su endiosamiento quedó bien retratado por la periodista musical Patricia Godes, que tuvo la audacia de dedicarle un potente texto donde le comparaba con el cantante melódico Paul Anka.

Bob Dylan. (Reuters)
Bob Dylan. (Reuters)

“El Mesías musical (Dylan) exige la adoracion de sus admiradores antes incluso de salir a escena. Normalmente, cuando aparece sobre el escenario, estamos todos en pie jaleándole y aplaudiéndole, seguros de que la mera presencia de su genio sobrenatural nos va a provocar la fenomenal catarsis que necesitamos para olvidar nuestra triste realidad. El Mesías musical se planta ante nosotros, orgulloso y altanero, nos muestra lo que sabe hacer (a veces es bueno, a veces, mediocre, sin que ello importe a nadie) seguro de que le adoraremos por ser él quién es: ese Mesías musical que va a salvar nuestras almas. La soberbia le pierde, pero a nosotros no nos importa: agradecidos, meneamos las cabezas al ritmo de su música, damos saltitos y empuñamos los telefonitos para guardar en sus memorias un recuerdo de aquellos momentos inigualables vividos en presencia del ídolo. También cantamos a grito pelado para que los de al lado (y el mismo ídolo si, por casualidad dirige la mirada hacia donde estamos) sepan que somos más devotos que nadie. El entretenedor, en cambio, pertenece a una tradición más humilde, más antigua y más gentil, desde los años 70 es una raza en vías de extinción. Louis Armstrong, Paul Anka y Diana Ross son entretenedores. Quieren gustar a su público e incluyen en su espectáculo todo aquello que creen que les va a servir para conseguirlo”. Difícilmente se puede explicar mejor.

Desprecio a los compañeros

La adoración talibán que despierta Dylan se puede resumir en una anécdota que comparte Erik Jiménez, batería de Los Planetas, en su excelente libro de memorias ‘Cuatro millones de golpes’ (Plaza Janés, 2017). Allí recuerda cuando su grupo paralelo, Los Evangelistas, abrieron un concierto para el músico de Duluth en verano de 2015, compartiendo el Palacio de los Deportes de Granada. El pecado mortal de Jiménez fue escribir una carta abierta -educada y respetuosa- en la que explicaba el maltrato de Dylan y su equipo a los grupos que ejercen de teloneros para él. Reproduzco un fragmento: “Con el prestigio que usted tiene y el gran talento, ¿qué necesidad tenía de no dejar probar sonido a los invitados, desconectar el ochenta por ciento de los altavoces, descompensarse el equipo para que la gama de frecuencias fuera horrible, cambiarnos de camerino para no cruzarse con nosotros y mandar en cada canción a grandes gorilas americanos amenazando a nuestros técnicos de manera violenta?”. Por supuesto, se pueden imaginar la tormenta de mierda que le cayó al batería andaluz por hablar con semejante honestidad. ¿Resultado? “Nadie me apoyó (salvo algunos fans). Por lo visto, me había metido con el Dios”, lamenta.

De la revolución a la reacción

Mientras escribo estas líneas, me viene a la cabeza un articulo de Pier Paolo Pasolini sobre el deterioro de la contracultura, que podemos aplicar perfectamente a la trayectoria -me niego a decir evolución- de Bob Dylan. El texto se titula “Lo que dicen las melenas” y se encuentra recogido en 'Escritos Corsarios' (1975). El cineasta italiano explica cómo los primeros hippies suponían un desafío al sistema, un gesto de desafío digno de celebrar. “¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado consistente en el signo monolítico del cabello, los melenudos en 1966 y 1967? Decían esto: 'La civilización de consumo nos da asco. Protestamos de forma radical. Creamos un anticuerpo a dicha civilización, a través del rechazo. Parecía que todo marchaba bien, ¿eh? ¿Nuestra generación tenía que ser una generación de integrados? Pues esto es lo que pasa en realidad. Oponemos la locura a un destino de ‘ejecutivos’. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento en que se está volviendo perfectamente laica y hedonista”. Resumiendo: los primeros hippies encarnaban el rechazo a integrarse en la trituradora capitalista.".

Un lustro después, ser hippie ya se había convertido en un signo de distinción, de pertenecer a la élite del sistema. Pasolini caza este cambio al vuelo: “De repente, una noche, caminando por la calle principal (de la ciudad persa de Ishafan), vi, entre todos aquellos chicos antiguos, bellísimos y llenos de la antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran precisamente melenudos, pero su cabello estaba cortado a la europea, largo por detrás, corto en la frente, estoposo por los tirones, pegado artificialmente alrededor de la cara con dos escuálidos mechones sobre las orejas. ¿Qué decía su pelo? Decía: ‘¡Nosotros no pertenecemos al número de estos muertos de hambre, de estos pobretones subdesarrollados, que se han quedado atrás en la edad bárbara! Nosotros somos empleados de banca, estudiantes, hijos de gente rica que trabaja en las sociedades petrolíferas; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses, y nuestro largo cabello testimonia nuestra modernidad internacional de privilegiados!’” Algo parecido ha ocurrido con el discurso y el estatus simbólico de Bob Dylan. Hace cincuenta años expresaba una ruptura, ahora solo representa el desprecio a quien no es tan sofisticado como se supone que son los miembros que se adhieren a su culto.

Gira española de Bob Dylan en 2018

Sábado 24 de marzo: Salamanca Multiusos Sanchez Paraíso

Lunes 26 de marzo: Madrid Auditorio Nacional

Martes 27 de marzo: Madrid Auditorio Nacional

Miércoles 28 de marzo: Madrid Auditorio Nacional

Viernes 30 de marzo: Barcelona Grand Teatre del Liceu

Sábado 31 de marzo: Barcelona Grand Teatre del Liceu

Tribuna

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