Albert Espinosa, el sufriente: encima que nos morimos nos llamas perdedores

No es extraño que en una época en que el relato autobiográfico goza de tan buena fama, la historia personal trágica y lacrimógena viva momentos fulgurantes

Foto: Albert Espinosa. (EFE)
Albert Espinosa. (EFE)

No conocía a Albert Espinosa hasta que el otro día lo vi en El Hormiguero. Habían ido a divertirse Paco León y Debi Mazar con la promoción de 'Arde Madrid' y, como tenía curiosidad por la serie, me quedé a mirar. Total, que sale el tal Albert con su último libro debajo del brazo. En aquella maniobra de mercadotecnia (¡compren mi libro, que es el recopetín!) me enteré de que había padecido cáncer durante diez años, que había perdido un pulmón, un pedazo de hígado y una pierna en el proceso; también enseñó su pierna ortopédica, que la había diseñado un chaval que acababa de morir. Albert Espinosa es de esos que se citan a sí mismos: "yo siempre digo…". Y no crean ustedes que las cosas que dice son como para repetirlas: "yo siempre digo que él no está muerto, porque lo importante no es vivir o morir, sino luchar, y los supervivientes también son los que perdimos".

No es extraño que en una época en que el relato autobiográfico goza de tan buena fama, la historia personal trágica y lacrimógena viva momentos fulgurantes. El prestigio del sufrimiento no es ninguna novedad. "El tratamiento romántico de la muerte afirma que la gente se singulariza y gana interés gracias a sus enfermedades", escribe Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas. A renglón seguido cita una conversación que Lord Byron tuvo con su amigo tísico Tom Moore. "Me gustaría morir de consunción [tuberculosis], porque todas las damas dirían: 'mirad al pobre Byron, qué interesante parece al morir'". La aristocracia del sufrimiento, ese proceso en el que el alma se refina cuando peor lo pasas, es muy rentable. No solo es que Espinosa y otros tantos (hola, James Rhodes) vendan libros a paladas, sino que formatos basados en dar una verdad atronadora en dos frases hacen su agosto gracias a estos insignes sufridores. Las charlas TED siempre tienen a alguien (que dilapidó la fortuna familiar en heroína y luego se empotró con el coche contra un roble quedándose paralítico) dispuesto a contarte su historia de superación. Perder todo lo que tenía le ha enseñado lo que de verdad importa y blablablá. (Nadie repara en que un politoxicómano que conduce a toda pastilla quizás no es la mejor persona para darte consejos de nada).

Este es un ejemplo exagerado, pero quisiera denunciar un razonamiento falaz: sufrir (¡no!) confiere inteligencia. Se puede ser un imbécil, pasarlo fatal y seguir siendo imbécil. Las bondades del dolor, por sí mismo, aún no han sido demostradas. La Iglesia católica, que está cimentada sobre la sangre de los mártires, nos ofrece, aun en nuestros días, muestras admirables de esta asociación tan sórdida. El reciente Sínodo de los Jóvenes ha propuesto unos modelos de vida que merecen un comentario: Laura Vicuña se dejó morir con 13 años por la salvación del alma de su madre, que había dejado de frecuentar los sacramentos; Alexia González-Barros "aún no había cumplido los catorce años cuando un dolor que parecía banal [reveló] un tumor maligno en las vértebras cervicales que la dejó paralítica. Sufrió cuatro largas operaciones, incomodos aparatos ortopédicos y un agresivo tratamiento oncológico, que hicieron de los últimos meses de su vida un duro calvario de enfermedad. Pese a todo, Alexia no perdió el buen ánimo: sonreía y agradecía cualquier servicio que se le hiciera por pequeño que fuera".

'Finales que merecen una historia'
'Finales que merecen una historia'

Clara Badano llevó como "un regalo" un osteosarcoma que se la llevó por delante con 17 años y a Carlo Acutis lo mató a los 15 años una leucemia, pero como el chico era aficionado a la informática y "antes de morir fue capaz de ofrecer su sufrimiento al papa y a la Iglesia" pues… ¡qué modelo edificante de una juventud ejemplar! Me acuerdo de aquel militar cínico de Senderos de gloria que le suelta al personaje de Kirk Douglas que sus hombres habían muerto muy bien. Estos ideales mórbidos que propone la Iglesia a sus jóvenes nos parecen, sin embargo, muchos más escandalosos que los de los vendelibros o los predicadores del TED. Les propongo un pequeño ejercicio de intercambios: donde dice "murió dando gracias a Dios" coloque "dando gracias a la vida" o "habiendo vivido intensamente" (¿qué será eso?). Verán qué inesperado cambio en la cantinela.

Hace unas semanas, los escritores Gonzalo Torné y Miguel Ángel Hernández discutieron en el festival Eñe sobre las bondades y deméritos de la literatura de autoficción. En cierto momento del encuentro, Torné dijo que se sentía chantajeado por esas novelas que relatan desdichas tremendas, porque no esperaban de él un lector sino un confidente compasivo. Estas historias –da igual el formato en que se cuenten– condicionan dos tipos de comportamientos. El primero es un temor preventivo: ¿y si me pasase a mí? El segundo es una aceptación mansa, porque, ¿cómo discutirle nada al valeroso superviviente de una desdicha horripilante?

¡De todo se sale luchando!

La historia de la literatura nos ha legado crónicas de hechos sobrecogedores. Pienso, por ejemplo, en 'Si esto es un hombre', de Primo Levi. Hay una diferencia sustancial entre dejar constancia de un hecho decisivo para la historia de la humanidad, del que el narrador ha sido partícipe, y elevar tu desdichita personal (un hecho tan común como la muerte de un padre, el padecimiento de una enfermedad) a relato heroico. Porque, por descontado, estas historietas que cuentan los Espinosas del mundo tienen siempre una estructura común: la de la superación. ¡De todo se sale luchando! ¡Sé valiente! ¡Si quieres puedes! Monsergas que funcionan perfectamente en los mecanismos engrasados de la moral capitalista, que alimenta interminablemente la ficción de que el éxito y el fracaso depende estrictamente de los méritos (el esfuerzo, la valentía) propios.

Los relatos de combate y superación son particularmente despreciables cuando se predican a los enfermos

Los relatos de combate y superación son particularmente despreciables cuando se predican a los enfermos. La tesis de Sontag a este respecto es esclarecedora: hay enfermedades que no se padecen como procesos patológicos, sino como metáforas. La tuberculosis, por ejemplo, fue una enfermedad bohemia, propia de espíritus elevados y pasionales. Al comienzo de La Traviata, Mimí, la amante más famosa de París, ha sanado de su enfermedad y se ha decidido a vivir sempre libera; pero se enamora de Alfredo y, con el reverdecer del deseo, vuelve a enfermar. Todavía se pueden escuchar a curanderos afirmar que el cáncer es un desequilibrio del cuerpo, que si contienes tus ganas de hacer algo te sale un tumor en el hígado. Continuamente se repite que tal o cual está luchando contra el cáncer o que no ha logrado vencer la batalla contra él. Bastante tiene uno con morirse como para que además lo llamen perdedor. Alrededor de estas patologías gravitan toda clase de símbolos y significados misteriosos de los que carecen, sin embargo, otras dolencias graves. No hay tanta poesía alrededor del ictus o las dolencias cardíacas. Cuando Espinosa dice «yo superé un cáncer que tenía un 3% de supervivencia, porque en vez de irme a Menorca a morir decidí luchar» está convirtiendo la enfermedad en un hecho moral en vez de en uno fisiológico. Y por eso vende libros, porque él ha estado en ese "más allá" de los enfermos, ha sido probado (como Hércules o como Aquiles) y ha vuelto victorioso.

No solo útil la enfermedad. También sirven, para que la receta funcione, otras muchas desdichas. Basta con que hagas creer a tu audiencia que has aprendido algo valiosísimo en esa bajada a los infiernos. Después, solo tienes que revestirte con el hábito de tu sufrimiento y soltar tres o cuatro majaderías que parezcan profundas. No os podéis imaginar cómo brillaban los ojos de Pablo Motos escuchando a Albert Espinosa.

Post Scriptum: Después de terminar el artículo me entero de que Espinosa también tiene escrito un libro con motivo de la muerte de su padre. No hay calamidad que se le resista.

Tribuna

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