Adicto a 'The Mandalorian': por qué adoro a Baby Yoda... y perseguiré a sus enemigos

No podía imaginarme que me iba a enganchar a 'la nueva serie sensación del universo 'Star Wars' justo por lo contrario de lo que esperaba

Foto: Baby Yoda
Baby Yoda

Miren, yo empecé a ver 'The Mandalorian' como cualquier otro friqui hostil al infantilismo que suele espurrearnos en la cara la papada de George Lucas. Reconozco que el problema es mío por esperar placeres adultos en una saga que se construyó sobre las espaldas de peluches que hablan sucedáneos del quechua, pero bueno. Que hubieran elegido como personaje central a un cazarrecompensas daba ciertas esperanzas a los que pedimos a Star Wars más bandolerismo que murga jedi.

Había motivos para la esperanza. En el trailer aparecía Werner Herzog, y Werner Herzog está como un cencerro. A partir de filtraciones, se comentaba que la factoría Disney estaba preocupada por si la serie salía demasiado oscura para su target: niños de seis años y adultos que coleccionan muñecos de plástico. Se rumoreaba que 'The Mandalorian' podía estar en la línea de las mejores películas del universo 'Star Wars' para cualquiera con más de catorce años: 'Rogue One' y 'El imperio contraataca'.

En fin, se anunciaba oscuridad, se anunciaba un protagonista inmoral y se anunciaba western, y yo me senté a verla teniendo claro que al primer gungano patético, al primer androide programado por los guionistas de El Club de la Comedia o la primera mascotilla peluda chupando cámara, mandaba a tomar por saco la serie. No podía imaginarme que me iba a enganchar a 'The Mandalorian' justo por lo contrario.

Breve resumen sin destripar nada: nos presentan al protagonista en una escena en la que caza al alienígena más mierdoso que ha parido 'Star Wars' después de Jar Jar Binks: un bichejo azul con aletas en la cabeza que parece Julián López en el sketch 'Mis amigos' de 'La hora chanante'. Buen ritmo: antes de que la criatura nos haya hecho vomitar, el prota la congela en carbonita. Punto a favor del mandaloriano, quien después de vender al fugitivo repugnante a la mafia intergaláctica recibe su siguiente misión: ir a cazar a un señor de 50 años a un planeta lejano.

Vale. Ya vemos de qué va esto. La serie muestra su estructura narrativa en los primeros minutos. Misiones en escenarios diversos, visitas a poblados que piden ayuda al protagonista a cambio de una pista sobre su misión central, compañeros de batalla circunstanciales y una ensalada de hostias grande en cada capítulo: la estructura narrativa del 'Final Fantasy VII' y aquellos maravillosos RPGs.

Pues bien. Todo mi apetito de violencia injustificada, toda mi sed de explosiones y armas mortíferas, toda mi esperanza de encontrar planetas abarrotados de psicópatas intergalácticos que disparan su blaster por la espalda sin esperar una agresión, cayó derretida en una sopa de ternura al final del primer episodio. Ahí estaba, como un pequeño kebab de amor, el famoso y mil veces memerizado Baby Yoda.

Baby Yoda logra lo que ningún ewok, lo que ningún niño Anakin, lo que ningún androide de balón había conseguido en toda la historia de 'Star Wars'

Ah, amigos. Baby Yoda lo cambia todo. Baby Yoda logra lo que ningún ewok, lo que ningún niño Anakin, lo que ningún androide de salón había conseguido en toda la historia de 'Star Wars'. Cada vez que enfocan a esa criatura, que tenía todas las papeletas para provocar géiseres de vómito en los tipos duros como yo, la casa huele a pan y quieres meterte debajo de una manta a llorar.

Llevamos cuatro capítulos y todavía me estoy preguntando qué clase de diseñadores satánicos han conseguido convertir a una criatura verde con rasgos de Jordi Pujol en el bebé que todos los padres cambiarían por su propio hijo. Ignoro qué deparará el guion a ese pequeño acompañante del cazarrecompensas inmoral, pero mis expectativas han cambiado para siempre.

Ya no quiero violencia, ya no quiero oscuridad, ya no quiero western. Quiero que Baby Yoda sobreviva a todos los peligros y que el resto de la serie sea la filmación de la guardería donde le proporcionen amor y felicidad.

Tribuna
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