Isabel Coixet sueña con 'Duelo a garrotazos'
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Peio H. Riaño

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Isabel Coixet sueña con 'Duelo a garrotazos'

La directora de 'Mi vida sin mí' se debate entre la amable 'Vista del jardín de Villa Medici', de Velázquez, y la cruel visión del 'Duelo a garrotazos', de Goya, que fue el primer cuadro que la impresionó

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Como es imposible decidirse por uno, Isabel Coixet tiene dudas entre dos cuadros del Museo Nacional del Prado: la Vista del jardín de Villa Medici (1630), de Velázquez, y el Duelo a garrotazos (1820-1823), de Francisco de Goya. Dos cuadros en los extremos: “El primero es un cuadro que infunde un extraño sosiego. El segundo te hace ver que el sosiego es imposible”, dice. Y subraya la descarada actualidad de ambos.

“El cuadro de los dos hombres con los garrotes es el primer cuadro que se me quedó grabado en la memoria: estaba reproducido en un sello de los que coleccionaba mi padre. ¿Por qué están enterrados –le pregunté–, por qué? Para que se hagan mas daño, me dijo mi padre, para que no puedan esquivar los palos que les vienen. Y, desde entonces, cuando estoy en medio de una discusión, política, amorosa o vecinal, pienso en este cuadro”, explica.

¿Por qué están enterrados –le pregunté–, por qué? Para que se hagan mas daño, me dijo mi padre

Goya lo pintó directamente sobre las paredes de su casa de campo, la Quinta del Sordo, a las afueras de Madrid (junto al río Manzanares), antes de partir para Burdeos. No lo hizo al fresco y en la mezcla utilizó óleo. Cuarenta años después de que el pintor abandonara la casa fue adquirida por Louis Rodolphe Coumont, que vendió en 1873 al barón Frédéric Emile d'Erlanger, que encargó arrancar las pinturas de las paredes y trasladarlas a lienzo (mediante una técnica denominada strappo), con consecuencias terribles. El barón no encontró comprador –afortunadamente– para las 14 escenas que componen las increíbles “Pinturas Negras” y las cedió al Estado español, que las ubicó en el museo, donde se exponen desde 1889. La casa fue derribada en 1909.

Los dos hombres que se zurran decoraban una de las paredes principales de la sala de la planta alta de la Quinta y, como el resto, es indescifrable. Las pérdidas de pintura a las que fue sometida lo conservan rodeado de más misterios que certidumbres.

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De hecho, un estudio reciente a partir de fotografías que se hicieron entre 1819 y 1824 revela que Goya no los pintó semienterrados, sino sobre la hierba que cubre parcialmente sus piernas. El restaurador se limitó a sustituir el manto de vegetación original –del que no ha quedado ni una sola brizna– por una superficie de tierra. Las ropas y una flor en la solapa del personaje de la derecha abren las puertas a una nueva interpretación de un enfrentamiento entre luz y oscuridad, entre la España liberal y la absolutista.

La directora de Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2005) o Nadie quiere la noche (2015) cuenta que un cuadro salva las malas sensaciones que le deja el otro: “Y cuando voy a visitarlo al Prado, después de adentrarme en su magnífico horror, corro hacia el Jardín de Villa Medicis, donde siempre encuentro refugio”.

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