Paula Bonet "enamorada" de Marte
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Peio H. Riaño

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Paula Bonet "enamorada" de Marte

"No es el dios glorioso, joven, fuerte y desafiante. Es un dios maduro, fatigado y melancólico", cuenta la ilustradora y pintora sobre la visión mitológica menos mítica de Velázquez

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El dibujo y el color diferencia a España de Italia. Los grandes pintores españoles no han sentido el dibujo como algo determinante en su trabajo. Los grandes pintores italianos consideraron el color como una voz supeditada al dibujo. Así humaniza Velázquez a sus personajes lajanas a la corte, así hace de carne, hueso y frustraciones a Marte (1641), una de las visiones menos heroicas de los mitos griegos. El dios de la guerra está derrotado sobre las telas revueltas de lo que podría ser una cama. El arte español -canon que se refire a lo velazqueño- se alimenta de lo terrenal y humano, no cree en las fábulas ni cuando las pinta: se apoya en la dignidad de los hechos reales, en la credibilidad.

“Lo vi por primera vez (en directo) a los 19 años”, recuerda Paula Bonet (Vila-real, Castellón, 1980), pintora e ilustradora, que ha protagonizado un éxito fulminante con el libro Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End (Lunwerg, 2014). “Llegué a Madrid en una excursión de día y medio. Venía por la asignatura de Pintura y Retórica de la UPV. Visitamos El Prado y el Reina Sofía. Cuando entramos en la salas de Velázquez algo en el ambiente me dejó en un estado de euforia reposado, que revivo cada vez que visito la obra del pintor”, cuenta desde su nuevo estudio.

Hubo incluso un enamoramiento físico con el personaje que descansa, casi abatido, en aquella cama

Cada vez que visita la pinacoteca presta especial atención a varias obras: La fragua de Vulcano, Esopo, Menipo y Marte. “No es el dios glorioso, joven, fuerte y desafiante. Es un dios maduro, fatigado y melancólico. Esa actitud, unida a aquello en lo que debía estar pensando actuó como un imán entre la pintura y yo. Hubo incluso un enamoramiento físico con el personaje que descansa, casi abatido, en aquella cama”, explica. "Imaginaba que su piel era frágil y fina y que su cuerpo debía guardar la memoria de mil batallas y experiencias. Me encantó esa antítesis".

La fragilidad del agotado, que parece tomarse un momento de descanso de su ambición por llegar a lo más alto, por subir hasta la cumbre del reconocimiento. Podría ser, incluso, una referencia autobiográfica de quien pintó al rey y al papa y se toma un respiro para jugar con la mitología. Aunque su interpretación es una alegoría a la decadencia militar española por las derrotas de los tercios españoles.

Si Velázquez llega a quedarse en Sevilla estaríamos hablando de un gran pintor religioso, pero fue el mayor retratista cortesano de todos los tiempos, con licencia para explorar su gusto propio, en el campo de la mitología. Este Marte es la prueba del reto narrativo (inagotable) que se planteó con un género tan limitado a la alabanza convencional del personaje.

Una lección de pintura

Velázquez había viajado a Italia diez años atrás y volvería a marcharse 10 años después. Antes de su segundo viaje, Felipe IV le nombra “ayuda de cámara por la satisfacción que tengo de vuestra persona e inteligencia”, con las funciones de “veedor” y “conttador” en las obras. Y en 1651 le otorga nuevo cargo, “aposentador”, un reconocimiento hacia la persona que mejor había sabido entender al monarca. Por primera vez un pintor decidiría la decoración de Palacio. En medio de su carrera disparada al reconocimiento, el pintor decide hacer reflexionar sobre los logros bélicos.

Los perfiles inacabados del cuerpo, que se funden con el fondo, son una de las mejores lecciones de pintura a las que jamás he asistido

“Miro a Marte y me pierdo en su cara en penumbra sin apenas pintura, en el brillo sublime de la uña del pie izquierdo del dios, en las pinceladas sueltas y abstractas que forman la mano en la que apoya la cabeza. Me inquieta especialmente el corte de pintura de su pierna izquierda. Está ahí, a la vista de todos. Parece que no le importa lo más mínimo que lo advirtamos. Parece como si anteriormente el paño azul cubriera más parte del muslo y a medida que pintaba, Velázquez hubiera querido retirarlo un poco más. Me inquieta la parte izquierda de las extremidades del dios, ocultas en las telas”, cuenta Bonet al repasar los detalles técnicos del artista barroco. “Los perfiles inacabados del cuerpo, que se funden con el fondo, son una de las mejores lecciones de pintura a las que jamás he asistido”.

La artista reconoce que la de Velázquez es la paleta de la que no puede huir: “Recuerdo cuando en Bellas Artes, antes de visitar El Prado, nos pasaron un folio con el nombre de cuatro pintores clásicos y los colores de su paleta. Pintamos un cuadro con cada una de ellas y me obsesioné con la de Velázquez, a pesar de mi sutil odio por el color violeta. Rojo Inglés, Rojo cadmio claro, Tierra siena tostada, Azul ultramar, Amarillo cadmio, Ocre, Blanco y Negro. Se trata de la paleta que sigo utilizando en mis pinturas”.

Han pasado los años, han crecido nuevas lecturas en torno a la obra del sevillano vinculadas con su propia experiencia. No hay duda de que es una ilustradora con un oficio muy elegante en la acuarela. Reconoce que durante un tiempo esto era lo más importante para ella. Eso lo veía en Velázquez y admiraba esas dotes. "Pero a aquella edad no entendí que no se trataba sólamente de eso: Velázquez utilizaba las metáforas, las paradojas y la ironía con una maestría que sólo pude apreciar pasados los años". Lo llama "el ingenio retórico de Velázquez". Así que desde entonces el placer de la contemplación ha ido en aumento, "y me perdía en sus obras". "Me gustaba pensar que había establecido un pequeñísimo vínculo con él".

Pintura Marte
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