El gran problema de Morata no es que falle goles, sino que a usted le cae mal
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Alfredo Pascual

Agresión sin balón

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El gran problema de Morata no es que falle goles, sino que a usted le cae mal

Reservado y de buena familia, Morata no encaja en los ideales del héroe español

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Se suele representar al periodista como a un detective, con una gabardina, sombrero de fieltro y un whisky en la mano. Y, bueno, quizás había algo de esto antes de internet, pero desde luego que ahora sus funciones se parecen más a las de un cerdo trufero. El periodista de hoy, si algún sentido tiene desarrollado, es el olfato: audímetro en mano, husmea los hábitos del lector hasta dar con sus intereses ocultos. No los que comparten en Twitter ni se abordan en las tertulias de la radio, sino los que realmente consumen. Qué temas y personajes mueven masas, por qué lo hacen y, sobre todo, qué podría publicar yo para llevarme toda la atención. El periodista digital, lejos de las definiciones de Kapuscinski, es un 'ninja' de la opinión pública, un pescador ciego que caza de oído, el portador de un superpoder patético que apenas le sirve para llegar a fin de mes.

Los periodistas también somos capaces de anticipar, más o menos, el impacto de las noticias. Cómo se va a entender tal información, cuánta gente va a reaccionar y a quién se la vamos a liar. Y créame que lo que ha pasado con Morata en las últimas horas es inusual. El abuso verbal en las redes sociales, las críticas despiadadas de la prensa y, sobre todo, la pitada pionera de La Cartuja para un jugador local en gran torneo no se corresponden con las ocasiones que falló el lunes contra Suecia, sino más bien con la traición de Godoy. Morata no es en absoluto tan malo como se cree. De hecho, los números demuestran que Morata es un buen delantero para España: es el décimo tercer goleador histórico, con una media de 0,48 dianas por partido, una ratio solo superada por leyendas como Di Stéfano, Zarra o David Villa.

placeholder Uno de los miles de 'memes' que han circulado sobre Morata. (Twitter)
Uno de los miles de 'memes' que han circulado sobre Morata. (Twitter)

El problema de Morata no que falle goles, o al menos no solo, sino que le cae mal a la gente. No es cualquier cosa: la antipatía es lo que hace que una pequeña crítica, cuando es bien acogida por los demás, se convierta en una turba enfurecida. A partir de ahí, el infinito, porque siempre habrá quien se siga ensañando con un cuerpo inerte. Recuerde a De Gea, que hace tres años estaba entre los mejores porteros del mundo y ahora, después de convertirse en el pimpampún nacional, ha perdido su puesto en la Selección y probablemente en el United. Es un jugador sin confianza hasta el punto de que parece jugar a disgusto; con él no hay ni habrá misericordia, porque cae mal.

Al contrario funciona del mismo modo. Alguien que le cae bien a la mayor parte de la sociedad, como Rafa Nadal o Vicente del Bosque, se convierte en intocable para los medios. Lo que Rafa tenga de malo no importa porque, para muchas personas, sus méritos son suficientes como para solo someterse a la crítica divina. Esto nos lo enseñó José María García, que alcanzó cotas de audiencia récord mientras hostigaba al tardofranquista Pablo Porta pero, cuando le dio por zurrar a Perico Delgado y la Quinta del Buitre, sus oyentes empezaron a considerar su estilo como demasiado bronco y emigraron en masa a la SER.

Foto: Imagen: Irene de Pablo.

Basta comparar a Morata con Julio Salinas, el gran fallador patrio, para ver el matiz en el trato. Salinas metió tres goles más que Morata, pero con dieciséis partidos más con la Selección, y sus cifras de club son, en general, peores que las del madrileño. Además, Julio tenía un trato de balón más pedestre, trabaja menos en defensa y apenas ayudaba a la construcción del juego. No pocas veces se enrollaba el balón entre las piernas hasta caer de culo. A Julio, en la plenitud de su carrera, le valía con jugar 20 minutos cada partido del Barça; ni siquiera soñó con ser el 9 titular del Madrid, la Juventus o el Chelsea. Era, en definitiva, un jugador de menor perfil que Morata.

Sin embargo, Salinas salía en televisión después de otro partido trastabillado, se daba un palmetazo en la frente y soltaba aquello de "mecachis en la mar, no sé cómo se me ha escapado eso", y ya nos tenía a todos en el bolsillo. Sus límites eran tan humanos y visibles, incluso para él, que la crítica se quedaba en un guanteo de calentamiento. Un 'qué malo eres cabrón pero me tomaba una cerveza contigo ahora mismo', sin inquina. Su fallo contra Italia se convirtió en broma nacional a la semana, con él en primera fila riéndose de su cagada. Así, nuestro entrañable 'patapalo' terminó formando una no menos entrañable pareja con Andrés Montes en televisión y se ganó al país con su desparpajo y tremendas ocurrencias, algo que Morata ni siquiera sueña.

Porque Morata es lo opuesto a Salinas. Proyecta una imagen nostálgica, como de niño repeinado al que obligan a jugar en un campo de tierra, siempre ofuscado protestando un fuera de juego o un pase que no llegó a tiempo. Después, ante la prensa, Álvaro es distante, desconfía de las preguntas y tiende a agarrarse a un discurso institucional, un sello que llevan casi todos los chavales de La Fábrica y que pasa por emplear palabras grandilocuentes para no decir nada. No maneja bien la crítica y, cuando se le pregunta por algún error, se bloquea y frunce el ceño. En consecuencia, apenas sabemos nada de Morata, salvo que parece altivo y no marca tantos goles como quisiéramos.

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Nada ha ayudado a su imagen pública la cohorte de palmeros mediáticos que ha rodeado a Morata desde el primer día. Hijo de Alfonso Morata, jefe comercial de la SER y la Cope con mano en sus redacciones, Álvaro siempre ha gozado de un estatus protegido para la prensa: incluso Roberto Gómez estuvo vendiéndolo una época como el nuevo Raúl. Suecede que la tipología de niño bien, criado entre algodones en la Castellana y espoleado por padrinos de la vieja escuela, no encaja bien en la España actual, más proclive a los príncipes de las bateas o a ese milagro surgido de la ruralidad que se apellida Iniesta.

En contra de Morata, como sucede también con De Gea, juega que no tiene afición que lo reivindique. Del Madrid salió regular y del Atleti bastante mal (de hecho el Metropolitano fue el primer estadio en silbarle). Solo con esos aficionados, a ojo, puedes tener en contra a un tercio de los seguidores de la Selección. Y los demás no le ven jugar cada domingo, lo que genera una desconexión con el aficionado (sus goles no tienen valor emocional en España), que lo percibe como un elemento extraño que aparece cada dos años para frustrar sus glorias estivales. Para colmo, no cabe duda de que una parte de la crítica a Morata está dirigida a Luis Enrique. El delantero no tiene ninguna culpa de que el seleccionador, tan dado a los ataques de ego, lo alinee por delante de Gerard Moreno, que ha hecho el mejor año de su carrera y genera más ilusión en el espectador, o que la Selección aburra con sucesiones de pases que terminan en nada. El culpable de hacerlo jugar cuando tiene a compañeros en mejor estado, poniéndole a los pies de los caballos, es quien decide el equipo; el jugador solo puede ofrecer su máximo esfuerzo para el bien del equipo. Y eso no se le puede negar a Morata.

Álvaro Morata Eurocopa 2020 Selección Española de Fútbol Luis Enrique
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