FIN A UNA AVENTURA EN MOTO que partió en ESPAÑA

Sobreviví a mi increíble viaje de España a Sudáfrica y a la dieta de Coca Cola y galletas

En este viaje de 16.500 kilómetros no vi nada que se pareciese a la Alhambra, el Taj Mahal o el Angkor Wat, pero encontré lo que vine buscando: una Africa viva, luchadora, con ganas de avanzar

Foto: Sobreviví a mi increíble viaje de España a Sudáfrica y a la dieta de Coca Cola y galletas

En este viaje no vi nada que se pareciese a la Alhambra, el Taj Mahal o el Angkor Wat, pero encontré lo que vine buscando: una África viva, luchadora, con ganas de avanzar y crecer. 16.500 kilómetros, unos kilos menos, algún hueso tocado, una cojera, una dieta a base de galletas y Coca Cola (como de todo, pero no quería arriesgarme)... ¡y mil aventuras! Es lo que ha separado durante dos meses y quince días una bonita villa marinera bañada por el Cantabrico -Comillas- de la increible Ciudad del Cabo. Prueba superada.

Multitud de emociones recorren mi cuerpo al saber que he logrado concluir mi hazaña. Hace tres meses no había montado en moto y ahora acumulo miles de kilómetros a mis espaldas... No pretendo sacar pecho, sino demostrar que si un fulano como yo he podido, todo el que se lo proponga también puede.

Antes de describir cómo fue la despedida del viaje de mi vida que he contado en El Confidencial desde hace diez semanas, narraré cómo fueron mis emocionantes últimos días, que comenzaron despertándome en un baño de un hotel de la localidad de Solitaire. Ya en Namibia el presupuesto es más que escaso y debo recortar todo lo posible en alojamiento. ¿Qué es una cama? Me quedan 110 kilómetros de desierto en los que recibo algún susto, algo menor comparado con el sentimiento nostálgico que me invade el cuerpo. De la pista salto al asfalto e intento no acelerar para afrontar mi última noche en Namibia sin más imprevistos.

¡Queda un día!

Las mariposas revolotean por mi estómago cuando por la mañana abro el ojo y me digo a mí mismo: "Fran, hoy llegas a Sudáfrica". Estimula y te llena de una mezcla entre paz, motivación e ilusión. Algo así como cuando de pequeño te despertabas sabiendo que ese día ibas a ir al Parque de Atracciones. Quieres disfrutar y durante el camino intentas estar calmado hasta que llegue ese momento. Así que intento controlar todo tipo de emociones y me vuelvo precavido. Cuando estoy llegando a la frontera, la maravillosa Namibia me tiene preparado un regalo de despedida con una última zona desértica asombrosa. A flor de piel, con la luz de ese día apagándose, cruzo la frontera y duermo en Garies. ¡Queda un día!

Es complicado explicar cómo es el día en el que te dices que vas a pisar Ciudad del Cabo. Me emociono cuando veo el sol radiante que tiene este 5 de junio. Estoy muy sensible ante cualquier estímulo pese a rezumar paz. Deseo disfrutar cada segundo de este día y preparo a mi moto, Lydia II. 'Rum rum rum…'. Vamos, 450 kilómetros para recordar a quien más quieres, disfrutar y recordar tus momentos más duros. Parece que Lydia tiene vida y también está emocionada. En cuanto me despisto vuela a 120 km/h y la debo controlar. Uno de los principales motivos por los que he llegado a Ciudad del Cabo ha sido por los consejos de un aventurero de los de verdad, Miguel Ángel Anta, y si algo me ha enseñado y he comprobado en mis propias carnes es que “nuestra confianza es nuestra mayor enemiga”. Así que Lydia relájate y vamos a pasearnos hasta Ciudad del Cabo a 90 km/h.

La carretera se va poniendo mejor, el tráfico aumenta y el corazón late mas rápido. Paso una colina y al fondo en la derecha veo dos peñones con muchos puntitos blancos en su ladera, ¿será eso Ciudad del Cabo o como voy sin GPS me habré equivocado de rumbo y estoy llegando a Gibraltar? Un cartel anuncia Cape Town a 25 millas aclara cualquier duda. Me fijo y vuelvo mi mirada a la carretera. De nuevo diviso otra vez el peñón y pienso: quiero hacer cumbre.

Hace ya varios kilómetros que me voy riendo, cantando...

Entro en Ciudad del Cabo y hace ya varios kilómetros que me voy riendo, cantando, dándome golpes en el casco, me gustaría parar y dar el grito de guerra que di en la selva de Congo, pero con la sensación tan grande de paz que me domina, no me va a salir. En medio de la ciudad no sé qué toco que Lydia se para, se queda sin corriente, ¿nerviosnbsp;No entiendo nada, no puede ser que se pare aquí... aparco como puedo y comienzo a dar a los pocos botones que tiene. ¡Yihaaaaa…! Arranca de nuevo y enfilo la montaña como un ciclista afrontando el sprint final.

Voy subiendo al tiempo que comienzo a tener vistas increíbles de Ciudad del Cabo. La adrenalina está por las nubes y mi sensación es que todo este día parece haberse escrito en un guion. Llego al parking de la zona alta de la montaña y ni soñando el mejor final se acerca un hombre, con voz de película -así me sonó a mi- me pregunta: “Where are you come from?”. Mi respuesta fue clara “I come from Spain”. Y me suelta (me estoy emocionando otra vez al escribirlo): “Ooh.. from Spain, welcome to Cape Town”.

Nunca se me olvidará la cara de ese hombre ni su voz.

'Cruzar África en moto'
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