Casillas detiene a De Gea

El divorcio a la vista se ha convertido en un perfecto matrimonio de conveniencia. Esa es la relación actual que se vive entre el Real Madrid

Foto: Iker Casillas durante un partido de Champions (Reuters).
Iker Casillas durante un partido de Champions (Reuters).

El divorcio a la vista se ha convertido en un perfecto matrimonio de conveniencia. Esa es la relación actual que se vive entre el Real Madrid e Iker Casillas, gracias al excelente rendimiento que demuestra el legendario guardameta madrileño. Después de apagar todos los fuegos que crecieron en su contorno, hoy se vuelve a sentir indiscutible, presume de actuaciones gloriosas y su sempiterno ángel, aquel que pareció tomarse unas vacaciones, retorna con más fuerza si cabe. Iker se siente nuevamente protegido por la opinión pública, clausura muchas de las piezas semanales de debate en los medios de comunicación y experimenta que se recupera la fe en gran parte del ático blanco que negaba más crédito al portero. El exitoso capitán vuelve a ser respetado casi por todos y eso posibilita que maneje el futuro de manera unilateral, en una decisión que apunta a la continuidad.

Tal y como avanzó este periódico en el mes de octubre, buena parte de la dirigencia blanca mantiene que el fichaje de David de Gea debe ser prioritario para la entidad. Se piensa en él cómo el mejor reemplazo posible de Casillas, una vez se entienda que éste pierde facultades con el forzoso devenir del calendario. La apuesta por Keylor Navas, tras su última gran temporada, provocó la salida de Diego López al AC Milan, tras la imprecisa e incómoda política de rotación que desacertadamente impuso el entrenador. Lejos de agradar a las partes, provocó que las diferencias crecieran y que ninguno se sintiera compensado por la orden. También entonces se trabajó en el adiós de Iker. Sin embargo, el fin del contrato -junio de 2017 con prórroga anual automática si cumple 30 partidos oficiales- y una importante indemnización económica por ese vitalicio pacto rubricado durante la etapa de Ramón Calderón como máximo responsable, se convirtieron en una losa demasiado poderosa como para intervenir el presente del meta.

El pasado verano sólo el París Saint Germain demostró decisión para firmar al internacional español. Se transformó en una opción real, sin alcanzar el proceso negociador entre las partes. Las dudas del portero, no quiso abandonar su casa tras el error cometido en la final de Lisboa, debilitaron a quienes lo aconsejaron que era el momento del cambio tras levantar la Décima. “Esa imagen te acompañará siempre”, aludiendo al instante de levantar el trofeo. Entonces, el protagonista maldecía el fallo, agradecía el gol de Ramos que cambió su suerte y exponía, más tarde, una sentencia al presidente Pérez: “Hemos ganado los dos títulos en los que he sido titular”. A Florentino no le quedó, sin pestañear, otra cosa que asentir. Esa mañana de mayo en el Bernabéu anunció al dirigente que seguiría porque no podía despedirse del Real Madrid con esa sombra tan gruesa que lo perseguiría cada día. Tantas luces podían fundirse por un apagón que al final no resultó tan caro.

Ancelotti decidió alterar su vena diplomática y otorgó sin medias tintas la titularidad a Casillas. Las rotaciones esta vez, en una decisión más coherente, serían puntuales. Keylor debía demostrar que estaba cualificado para ser el titular, mientras Iker recogía el fruto de la confianza, vital en un portero. Hasta ahora se ha perdido partidos intranscendentes -dos en una fase de grupos de Champions ya sentenciada, dos más de Liga como local ante rivales modestos, los dos de la primera eliminatoria de Copa ante un Segunda B- . En las finales y en lo gordo se ha vuelto a colocar Casillas al frente de la portería. Y con buen hacer. Tanto, que dos penaltis parados consecutivamente lo han devuelto al primer plano de actualidad. Retorna compitiendo en las encuestas y vuelve a situarse en los rankings con el merecido glamour que parecía perdido. Tanto, que hasta en el club han crecido las dudas para afrontar la ofensiva por el anhelado De Gea, pese al insistente empeño de su agente. En todos, no. Pérez continúa firme y sigue dubitativo con el asunto. David no le llena el ojo.

Entretanto, el chico se está exhibiendo en Inglaterra. El Manchester United aplaude el enésimo acierto de Sir Alex Ferguson, a quien no le tembló el pulso cuando adquirió a un imberbe de 20 años con escasa experiencia. Abonó 20 millones de euros al Atlético de Madrid por un casi juvenil que había disputado poco más de 80 partidos oficiales. Se hablaba irónicamente de que cada encuentro cotizó para el Manchester United a 240.000 euros, un pastón. Todo un acierto en la venta para un portero que no había roto y una operación de riesgo para un todopoderoso de Europa. En aquel verano de 2011, el madrileño rubricó un contrato modesto a un millón de libras bruto por cada una de las cinco temporadas de su extensión, objetivos y primas al margen. Hoy, se siente en la libertad de rechazar cuatro millones de libras libres de impuestos, algo así como nueve brutos para ampliar su vinculación con los ‘red devils’. Las ganas de retornar a España, con el añadido del susurrado interés del Real Madrid, provocan que mantenga cierto desdén con una institución que observa cada día con más temor como puede perder a un portero cada jornada con más de peso.

Ni la ‘amenaza’ de Víctor Valdés recuperando en Old Trafford puso nervioso a De Gea o a su agente. El catalán, que va a cumplir tres largos trimestres de baja, no acaba de cerrar el contrato con el conjunto de Van Gaal. Para lamento del representante de De Gea, él tampoco termina de conseguir el compromiso del Real Madrid, que ahora interrumpe las conversaciones porque ha dejado claro que sólo afrontarán la operación siempre que se marche Casillas, a quien, por cierto, no van a empujar a hacerlo. La cuestión es que ahora Iker se siente fuerte y respaldado y cree que en ningún sitio mejor que en Madrid. Lejos quedan las dudas y sólo una descomunal propuesta económica del exterior lo tentaría para abandonar el club dónde siempre ha deseado colgar las botas. El cambio a mejor permite un mayor tiempo de análisis y una reflexión más atinada. Mientras tanto, seguro que algún rufián ya urde para encontrar esa provocadora propuesta que invite al abandono.

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