El desbocado Sergio Ramos, el nuevo Raúl de Luis Enrique

El nuevo seleccionador nacional, Luis Enrique, tendrá en Sergio Ramos y su liderazgo una figura similar a la que se encontró Luis Aragonés cuando tomó el mando de la Roja con Raúl

Foto: Sergio Ramos durante el partido ante Rusia.
Sergio Ramos durante el partido ante Rusia.

Rubiales, pese a la atmósfera creada por su abrasiva comunicación como presidente, continúa poniendo patas arriba a la Federación Española de Fútbol. Nunca nadie se sintió tan cómodo en un cargo que administre tanto poder. Entre las poderosas influencias, malignas, aparecen las del viejo gurú de la comunicación nacional, pasando por las indicaciones de jugadores campeones del fútbol español. Entretanto, el dirigente salpica una tras otra sus decisiones con un trasfondo de relevancia. Aterrizó con poderío para sobrevolar el ambiente sin paracaídas. Agarrado al ‘estilo Tebas’, su principal enemigo, el dirigente participa de una campaña mediática que sonroja. No existe un asunto, sobre el que decida, que no levante expectación y polémica. No se limita a dirigir al fútbol, se trata de pregonar sus acciones, tal y como refuerza a su adversario con el que comparte el mismo estilo de vocero. La cuestión es que aquí los resultados no se calculan con la frecuencia de la semana. Sólo se examina cuando afronta una cruzada bianual. Precisamente, el tiempo que él necesita para ser reelegido. Pero hoy le da lo mismo, ha logrado lo que deseaba: mandar. Con el equipo principal designado, toca mantener la honestidad frente a los que aplauden una gestión más que discutible.

A Fernando Hierro le tocó manejar la peor situación, probablemente, de la historia de la Roja. Quizá ni Pepe Santamaría en el 82 lo tuvo peor, con la presión que soportó al ser el seleccionador del anfitrión. El entonces director deportivo pasó en unas horas a ser entrenador tras la despótica solución del dirigente con el cese de Lopetegui. El debutante trató de retocar lo menos posible, pero era inevitable la caída. Pocos auguraban el éxito. El osado Fernando bailó con la más fea. Aceptó el reto y perdió. También era consciente de que no era hombre de Rubiales. Él era consciente de que hacía semanas el nombre de Molina sobrevolaba en Las Rozas. Rubiales había diseñado a su gente de confianza un grupo de poder en el que no estaba Hierro. Y éste lo sabía. Por eso se la jugó. No salió bien. Era un órdago a grande en el mus, pero con cartas marcadas. Empezando porque los jugadores observaron vía libre en el contubernio creado.

Detrás de Molina llegó Luis Enrique. La decisión de nombrar nuevo seleccionador se mostró como algo necesario. Se lanzaron varios nombres, algunos al despiste -Michel o Quique Flores- y otros al imposible -Roberto Martínez-. Pero estaba claro quién partía con la ventaja de la opción principal. El técnico asturiano siempre fue el que más llenó el ojo al presidente. Alguno le advirtió del riesgo. Le volvió a dar igual. No encontraba alternativa. Pronto le compararon con Luis Aragonés, sin ninguna justificación. Para empezar porque en 2004 el de Hortaleza, en su elección, hizo propio el consenso general. Para continuar porque durante más de dos años mantuvo una excelente relación con los medios de comunicación, rota tras la ‘provocación’ de prescindir de las convocatorias de Raúl González Blanco. Dígalo usted, le filtró a una comunicadora televisiva tras tener claro que el madridista perturbaba la convivencia. Por tanto, nada es comparable. Eso sí, la cacería que, después, recibió Luis es un precedente lamentable para gran parte de los medios de comunicación que castigaron sin dolor la decisión, acertada al tiempo, del técnico.

El control necesario sobre los jugadores

Rubiales ha comprobado de primera mano que el poder de los jugadores es algo que se debe controlar. Él mismo ha admitido que necesitan castigo. Y especialmente Sergio Ramos, a quien ha observado desbocado. El poder que el capitán le ha demostrado durante la concentración de Rusia ha soliviantado, para mal, al dirigente. Especialmente se ha vivido un desencuentro triste con el veto periodístico que impuso el sevillano al diario 'As'. Ningún jugador debía atender al diario deportivo madrileño. ¿Los motivos? No se conocen con claridad. Se especuló con la acción de uno de sus enviados especiales haciéndole la pelota al líder de Portugal, algo inconsistente porque no era novedad. Lo que quedó claro es que nadie supo resolver una situación irrespirable para el colectivo. Los futbolistas se mostraban sorprendidos con la decisión del capitán. Pero ni los más veteranos -Pepe Reina, Andrés Iniesta o David Silva- optaron por contradecir a Ramos. Ninguno lo entendía, pero todos tragaron. Incluso, la nueva dirección de comunicación, que se ha mostrado alejada de una solución. La inexperiencia de no haber tratado nunca a un futbolista frente al supuesto conocimiento político del asunto. Pero claro, Rubiales nombró a alguien sin vicios ni peajes con el periodismo deportivo. Ya lo está pagando porque la FEF no es la AFE.

La cuestión es que Ramos habita en el ojo del huracán. Está más que cuestionado por el presidente. Es más, éste admite que el poder que ostenta, heredado de la gestión de María José Claramunt, despedida de la Federación en la etapa del Larrea presidente, es nocivo para el vestuario. Y quizá no le falta razón. Sergio Ramos se siente un capitán poderoso, capaz de vivir por encima de la ley del máximo dirigente. Falta saber si se le ha encomendado a Luis Enrique la misión de rebajar ese poder. Lo que es seguro es que no hubo consulta al vestuario para elegir al nuevo inquilino. Y falta también conocer si el nuevo seleccionador asturiano va a tomar medidas contra el capitán. Por cierto, que el sevillano ya está advertido de esta corriente negativa que como una etiqueta se le ha colgado. ¿Se convertirá en el nuevo Raúl? Quién sabe. Lo seguro es que uno de los motivos de la elección del entrenador gijonés va en contra del jugador del Real Madrid.

Es lo que hay
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
19 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios