Se retira Fernando Torres, la torre que no conquistó Florentino

Escapa de la hierba, ese verde que sabe que empezará a echar de menos desde el mismo instante en que se descalce las botas, las mismas que le acompañaron durante los últimos 18 años

Foto: Fernando Torres se despidió en mayo de 2018 del Atlético de Madrid. Este viernes se despedirá del fútbol. (EFE)
Fernando Torres se despidió en mayo de 2018 del Atlético de Madrid. Este viernes se despedirá del fútbol. (EFE)

Como testigo directo observaré cómo toca la corneta para la retreta final. Para apaciguar un sueño que, esta vez, será para siempre. Porque Fernando Torres decidió dar un paso al costado después de un año en Japón. Escapa de la hierba, ese verde que sabe que empezará a echar de menos desde el mismo instante en que se descalce las botas, las mismas que le acompañaron durante los últimos 18 años de profesional. Una carrera que claudica marcada por un ida y vuelta vaticinado, por el reconocimiento unánime de una hinchada ajena a la estación de partida, por la gloria de los títulos, por el sinsabor de un mal paso y por una experiencia única. Entremedias, los mejores años de la historia del fútbol patrio, estandarte goleador de una generación única e irrepetible. Con un destino claro desde niño, con diversos pretendientes que trataron de romperlo: uno, el Real Madrid.

Como testigo directo observé que el vestuario del Atleti del 2001 recibió a Torres con indiferencia. En un curso penoso, los históricos campeones del escudo, que aún permanecían en la plantilla, sufrían lo indecible para adornar un año lamentable en Segunda División. El marrón que llevaban encima los Kiko, López, Toni o Aguilera era para soportarlo. Se pensaba que el equipo subiría de calle, pero aquel 'añito en el infierno' se hizo tan insufrible como interminable. En estas apareció un niño rubio, pecoso, esbelto, esmirriado pero bien alimentado, porque había que verlo cómo chocaba en el juego de los entrenamientos. Era una apuesta de futuro que se comió al presente. Los medios de comunicación agrandaron su figura antes de debutar, se creó expectación, el ascenso era posible y el chaval contribuyó a ello… aunque no resultara. Aún recuerdo su pasmosa frialdad cuando entré al vestuario visitante del Albacete para felicitarlo: sentado en un banco, con el torso desnudo (la camiseta del primer gol a buen recaudo) y solo. En el viaje de vuelta los veteranos le regalarían el brazalete de capitán, el que portaría desde los 19 años.

Como testigo directo compartí unos años de pura montaña rusa donde no servía nada ni nadie, ni siquiera el hoy idolatrado Luis Aragonés. La ansiedad, las prisas, el deseo de codearse otra vez con Madrid y Barça, la precipitación, la falta de modelo o las apuestas sin sentido rodearon a Torres. El chico lo llevaba como podía. La historia del escudo recaía sobre su lomo con excesivos miramientos desde la grada porque conformaba ilusión y esperanza. Además, era el único que arrebata portadas de periódicos deportivos al Real Madrid. Sí, Fernando vendía publicidad en un sector en el que aparecía Beckham como estrella relevante de que los futbolistas eran algo más que seres con el balón. Tanto que rápidamente se hizo gala de su imagen como reclamo de diversas marcas, incluso se atrevió a protagonizar un videoclip. Torres reinaba en el césped y en la pasarela de la sociedad. Pero el Atleti no crecía a su velocidad. Y él no era feliz. Su club caminaba a ritmo de diligencia.

Como testigo directo intuí (como cualquiera de la grada) lo que iba a suceder. Ante un Atleti deshilachado, con necesidad de inyección económica, sin poder progresar pese a los múltiples intentos de reconversión, aparecieron aquellos que deseaban persuadir la cabeza del ‘9’. Si en categorías inferiores el primero que asomó la patita fue el Real Madrid, después no tardaría en reaparecer. Mientras, el Barcelona lo intentó con dinero más Riquelme y Saviola; el Tottenham se convirtió en el primer aspirante serio de la Premier; o el propio Sir Alex Ferguson, como admitió públicamente, que fue quien siempre lo pretendió para el Manchester United. Por entonces, ni Liverpool ni Chelsea aparecían entre los interesados. Pero en el verano de 2006, con motivo de las elecciones a la presidencia del Real Madrid, de los cinco aspirantes, dos de ellos (uno próximo a Florentino Pérez, el otro no tanto) trataron de convencer a Torres para formar parte del reclamo de votos. Antes, Pérez había soltado el nombre del rojiblanco a sus más cercanos como futurible adquisición. Si le gustaba todo lo del chico de Fuenlabrada en el campo, más llenaba su ideario lo de fuera: educación, elegancia, imagen, glamur. Valdano le advirtió que era un icono rojiblanco de difícil encaje, pero el dirigente lo visualizaba como otra torre más. Las reiteradas manifestaciones de Fernando negando al Madrid lo apartaron de profundizar en la idea.

Como testigo directo acompañé a Torres en su aventura por Inglaterra. En Liverpool destrozó todos los registros goleadores, algunos centenarios. Las casas de apuestas retaban a aquel joven madrileño, que aterrizaba sin saber el idioma, a marcar más de 20 goles en la Premier, cifra que solo Fowler, Rush y Owen habían sido capaz de lograr en los 20 años anteriores. Seis meses después, soltándose en inglés, el reto estaba conseguido. Pero largaron a Benítez, Alonso, Hyypia o Mascherano y los ‘reds’ se hicieron más pequeños. Los títulos no llegaban y al goleador le entraron las prisas. La salida fue confusa pese a que tanto Dalglish —el histórico exjugador que como nuevo técnico había dejado unas horas antes los palos de golf para hacerse cargo de la caseta— como Gerrard el capitán y el jugador con el que más ha disfrutado Torres sobre el campo— estaban al corriente de la oferta del Chelsea y de las intenciones de Fernando. Pero Dalglish se movió en dos discursos: uno al ‘9’, de compresión, y otro, desde los tabloides para la afición, de traición.

El Vissel Kobe de Iniesta y Villa será el rival de Torres el día de su retirada. (EFE)
El Vissel Kobe de Iniesta y Villa será el rival de Torres el día de su retirada. (EFE)

Como testigo directo me resultó anecdótico, o premonitorio, que el Atleti se viera obligado a enviar un documento de renuncia (contaba por contrato que podía igualar la oferta) para permitir el mayor traspaso, en aquel momento, entre dos clubes de la Premier League. La ropa mojada, la falta de gol, de los primeros meses no evitó que Torres se consagrara con trofeos, alguno inédito en la historia del Chelsea. La falta de regularidad forzó su salida a Milán previo retorno al Atleti de Simeone. El argentino lo deseó hasta que cambió de idea. No es algo extraño. El probablemente mejor entrenador de la historia del club rojiblanco es tan cambiante que hasta sus íntimos se quedan sorprendidos con sus cambios de opinión. Aun así, el futbolista (y también ídolo) revitalizó su figura hasta acercar al equipo a otra final de Champions, al ansiado título en Lyon y a la recompensa personal de los 48.000 espectadores que acudieron al viejo Calderón a darle la bienvenida a su casa.

Como testigo directo, entremedias, nos lo pasamos en grande con la Roja, tal y como la bautizó Aragonés. Después de Viena llegó Johannesburgo y al final Kiev. En las tres tuvo presencia Torres. En Sudáfrica sufrió a contrarreloj la recuperación de un menisco externo que no daba la cara… hasta que lo destapó el doctor Cugat. No le importó realizar casi 2.000 km por carretera desde Liverpool a Barcelona, y es que no se podía viajar en avión por las cenizas volcánicas que atravesaban el cielo de Europa. Pero Torres no quería perderse un Mundial, que tras ganarlo, no lo sintió como suyo. Recuerdo aquellos diálogos al sur de África cuando la rodilla no tiraba. Le costó alguna lágrima en soledad. Hoy, con Iniesta y Villa, seguro que rememoran, en el tiempo del adiós japonés, lo que costó levantar la Copa. Su trofeo más preciado, y en el que tanto colaboró. Ahora solo queda poner el broche perfecto a la retirada.

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