Y llegados a este punto, ¿qué solucionan las multas?
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Gemma Herrero

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Y llegados a este punto, ¿qué solucionan las multas?

Miguel Cardenal lo avisó antes de que se disputara la final de la Copa entre Barça y Athletic: “Pitar al himno es un germen de violencia. Si se pita, habrá sanciones”. Y así fue: multa a todos

placeholder Foto: Artur Mas, junto al rey Felipe VI y Ángel María Villar, sonríe mientras el himno nacional es pitado en la última final de Copa. (Reuters)
Artur Mas, junto al rey Felipe VI y Ángel María Villar, sonríe mientras el himno nacional es pitado en la última final de Copa. (Reuters)

El presidente del Consejo Superior de Deportes, Miguel Cardenal, lo avisó antes incluso de que se disputara la final de la Copa del Rey entre el FCBarcelona y el Athletic de Bilbao: “Pitar al himno es un germen de violencia. Si se pita, habrá sanciones”. El vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado, se adelantó este lunes por la mañana antes de la reunión de Antiviolencia: “Los símbolos se deben respetar. Tendrá que actuar la normativa y es bueno que se lance un mensaje de que estas cuestiones no quedan en nada y sobre todo en un evento deportivo”. Y así fue: multa a todos. A la Real Federación Española de Fútbol, al Barça, al Athletic y a diversas entidades soberanistas catalanas como “instigadoras” de la pitada.

Llegados a este punto, con sanciones para todos, no está de más preguntarse: ¿qué se soluciona? La respuesta no puede ser otra que: nada. Si el objetivo del Consejo Superior de Deportes es que no vuelvan a producirse pitadas contra el himno, este desde luego parece justo el camino contrario. Intentar limitar la libertad de expresión en pleno 2015 en un recinto deportivo con capacidad para 99.000 personas mediante avisos, amenazas y multas es inútil. Creer que con las sanciones a ambos clubes por la “inacción y falta de colaboración respecto a las convocatorias (para silbar) efectuadas por varias entidades” van a conseguir adhesión y silencio a partir de ahoraes sencillamente de ingenuos.

No habrá que esperar mucho para saber cuál es la respuesta de los aficionados del Barça y del Ahtletic. El 14 y 17 de agosto se disputa la Supercopa de España, primero en San Mamés, después en el Camp Nou. No sonará el himno, pero es más que previsible que ninguna de las dos aficiones se quedará de brazos cruzados aceptando de buen grado el tirón de orejas de Antiviolencia.

Desde que se supo que los dos equipos disputarían la final,y una vez descartado el Santiago Bernabéu como escenario de la final, sólo se habló de una cosa: el himno. La pitada no duró los dos minutos en que sonó (gracias al elevadísimo volumen al que se emitió para que se oyera a pesar de los 119 decibelios registrados de silbidos), sino que se lleva escuchando desde un mes antes del 30 de mayo en el que se jugó el partido y reverbera ahora con las sanciones. Que las instituciones del Estado español sientan que es un insulto pitar al himno es razonable, que es una falta de respeto también, pero en algún momento alguien debería plantearse qué se gana y, sobre todo, qué se pierde, dando vueltas y más vueltas como el perro que se muerde la cola a un asunto tan delicado y difícil de controlar y que atañe a la sensibilidad, sentimientos y a la libertad de expresión individual dentro de un país democrático.

Lamentablemente, esto no ha hecho más que empezar y la historia debería habernos enseñado que cuanto más se le obliga a la gente a callarse, más fuerte chilla. Se persuade mediante la razón, nunca con la fuerza.

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