El Calderón se cayó anoche (olvídense de demolerlo)

Crónica a cuatro manos con un símbolo del Romanticismo

Foto: (Foto: Efe)
(Foto: Efe)

Que la tarde pintaba a tormenta lo comentamos todos al salir del metro en Pirámides: se estaba levantando viento, se filtraba luz amarillenta entre las nubes y había electricidad en el aire. Todos teníamos nuestro propio plan y lo compartíamos con cualquiera que quisiese escucharlo: apretar en los diez primeros minutos para marcar dos goles, o llegar 1-0 al minuto 75 y volcarse en el último cuarto de hora... había tantos caminos posibles hacia la remontada que casi parecía que lo extraño sería no conseguirlo. Conocidos y desconocidos no hablaban de otra cosa desde Carabanchel hasta La Latina.

Antes de continuar con el relato, una propuesta. Como a algunos mi visión les parecerá demasiado subjetiva, intercalaremos algunos extractos de la crónica de un compañero de la prensa francesa, para aportar distancia y neutralidad. Todo lo señalado en cursiva son citas literales del reportero Victor Hugo, que tituló sobriamente su crónica del partido como 'Los miserables'. Así lo vio él:

"Como sucede muchas veces, la naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con lo que los hombres iban a hacer. Las estrellas habían desaparecido: pesadas nubes cubrían el horizonte. Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, los jóvenes dividían el día en tres fases seguras: a las seis de la mañana, la unión de un regimiento; a las doce, la insurrección de todo París; a la puesta del sol, la revolución".

En efecto, al llegar a mi asiento en el primer anfiteatro del fondo sur me quedó claro que los atléticos habíamos levantado una barricada como los revolucionarios de 1832 levantaron la suya en la calle de la Chanvrerie. Que me vengan a decir que los cincuenta mil que estábamos de pie cuando empezó el partido, que me vengan a decir a mí, insisto, que esos cincuenta mil no estábamos sobre el césped jugando cuando sonó el pitido inicial. Que se atreva alguien a decirme que sin esa gente que estaba cantando a mi alrededor el partido hubiera sido el mismo.

"Parecían hermanos y ninguno sabía el nombre de los otros: los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar a los desconocidos".

Fue Saúl, como siempre. Fue Saúl, el que en todos los días importantes marca el gol más difícil, el que abre la lata, el del 1-0. Fue Saúl, el canterano, el que jugaba con un catéter interno y meaba sangre después de los partidos. Fue Saúl transmutado en Enjolras, el revolucionario de cabellos de fuego.

"Enjolras, que estaba de pie encima de la barricada con el fusil en la mano, levantó su hermoso y austero rostro. Enjolras tenía algo del espartano y del puritano. Reunía en su persona la plenitud de la revolución, y sin embargo, era tan incompleto como lo absoluto puede serlo".

Pues sí, fue Enjolras el que levantó su hermoso y austero rostro para rematar un córner en el minuto 12, y el estadio tembló bajo nuestros pies. "Se cae el Calderón", dijeron en la tele. Pero no estaba solo: poco después fue El Niño el que provocó un penalti, igual que hizo en las semifinales de Champions del año pasado, igual que hizo en la final de Champions del año pasado. Fue El Niño Torres, el niño Gavroche, el que acabó en el suelo para salvarnos a todos, y el estadio crujió bajo nuestros pies. "Se cae el Calderón", dijeron en la radio.

Ahí les temblaron las piernas, ahí se les hizo el nudo en la garganta. Parecía físicamente imposible, pero las ajustadísimas camisetas negras de Adidas no les llegaban al cuerpo. Todos sabíamos lo que estaba pasando porque ya nos lo había dicho Carlos Matallanas, aunque necesitase dos días para escribirlo con las pupilas: "El club más grande de la historia solo tiene miedo a una cosa: a perder contra el Atleti".

Surgió sin embargo un soldado francés de la guardia nacional que, fusil en mano y con inusitada destreza, dejó a tres revolucionarios muertos en el sitio y se cargó media barricada.

"Todos quedaron mudos. Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se habría oído volar a la muerte. Este momento fue corto. Una voz que salió del fondo gritó: "Bien está. Elevemos la barricada y muramos todos". Brotó de todos los labios un grito de extraña satisfacción; grito terrible, fúnebre por el sentido y triunfal por el acento. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación".

Ya solo se podía celebrar. Que estábamos juntos, que éramos nosotros, que así somos y así queremos ser. En el descanso atronaba Thunderstruck por megafonía y a cada "Thunder!" del estribillo veíamos brillar rayos rosas en el horizonte más allá del río Manzanares. Eran los mismos rayos del '82, los del concierto de los Stones en el Calderón, los que iluminaban a Mick Jagger mientras salía al escenario cantando 'Under my thumb'. Habían venido a despedirse.

Después llegó la ola. Algunos dicen que era lluvia, pero eso es porque no estaban allí. Vimos venir la ola reflejada por los focos antes de que se nos echara encima, y un segundo después estábamos empapados de los pies a la cabeza. Era, naturalmente, un advenimiento de Neptuno.

Acabó el partido. Entre el oleaje, los jugadores y la afición nos aplaudíamos mutuamente, partes de un mismo todo. Lanzaron sus camisetas a la grada y se fueron al vestuario, agotados y desarrapados. Nosotros no nos íbamos. Y volvieron a salir.

Jamás, jamááás, te dejará esta hinchada / que en las buenas y en las malas / nunca deja de animaaaar...

Los cimientos vibraban. Los asientos empezaban a saltar por los aires. "Se cae el Calderón", se oyó una vez más en los micrófonos.Y ahí sí.

Ahí el Calderón decidió que se iba a caer.

A sus cincuenta años, ¿qué iba a hacer? ¿Aguantar dos meses más sin partidos para que lo tiraran abajo con unas grúas chinas en mitad del polvoriento verano, solo, vacío, silencioso? Ni de coña. El Calderón se tenía que caer así, con su gente, con la afición, las niñas, los hijos, los padres, las abuelas, cantando orgullosos, con sus jugadores en el campo después de haberse dejado la vida por el escudo del Atleti. Se cayó el Calderón con todos nosotros y de ese maremágnum resurgimos llevando cada uno un pedacito dentro.

Y así nos lo llevamos, en el pecho, y lo seguiremos llevando a cualquier páramo perdido de la región donde nos hagan jugar. Así nos lo llevamos por el Paseo de los Melancólicos, ése por el que nos hicieron creer que teníamos que ir siempre con cara triste y la mirada perdida, y que anoche recorrimos con la cabeza alta y cantando bajo la lluvia.

PD: Ustedes lo saben, los revolucionarios de la Insurrección de 1832 no consiguieron derrocar a la monarquía. El ejército tenía muchos cañones y acabó con ellos por aplastamiento. Pero la semilla estaba puesta y poco después, en un día glorioso, se proclamó la república con el sufragio universal masculino y la abolición de la esclavitud, igual que llegará el día glorioso de nuestra Copa de Europa. ¿Oyes a la gente cantar canciones de rabia? Es la música de los que nunca serán esclavos.

Tribuna
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