La Superliguita cobarde
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Jorge Decarlini

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La Superliguita cobarde

El quid de la cuestión, que de tan obsceno huelga especificarlo, es que quieren ganar todavía más dinero

Foto: Enrique Cerezo y Florentino Pérez durante un derbi. (EFE)
Enrique Cerezo y Florentino Pérez durante un derbi. (EFE)

Es peligroso autoproclamarse cualquier cosa. A menudo es síntoma de iluminados, soberbios y gente que demuestra una profunda desconexión con su entorno. Ahora ha ocurrido con unos poquísimos equipos de fútbol, que después de años bosquejando su proyecto cismático por fin dan el paso del anuncio público, y para justificarlo no dudan en denominarse ellos mismos como "los principales clubes europeos". El problema es que ese argumento no resiste ni el más flexible de los análisis.

Entre esa docena de firmantes se cuentan hasta cinco conjuntos que nunca, en toda su historia, han sido capaces de conquistar la máxima competición europea, ni la antigua ni la actual. Y luego está el Tottenham, que ha superado los cuartos de final de la Champions League solo una vez más que el Alcoyano. Por eso, resultan hasta risibles los honores que se arrogan, y no digamos ya pretender resquebrajar el fútbol europeo fundando una competición de nombre tan rimbombante y hortera como Superliga. A la vista de las credenciales de algunos promotores, Superliguita y mucho es.

Foto: Sergio Ramos durante un partido del Real Madrid. (EFE)

Porque los spurs no son los únicos con méritos dudosos. El Manchester United, a pesar de su palmarés, no alcanza la semifinal desde hace una década, y el Milán, un gigante indubitable, lleva ocho años sin ni siquiera clasificarse para la fase de grupos. El Arsenal pasó a octavos por última vez en 2011, no accede al torneo desde 2016 y su nivel actual en la Premier solo le permite ocupar un intrascendente puesto en la mitad de la tabla.

El ánimo de lucro

No conviene olvidar que la actual Champions League ya funciona con un sistema disparatado, que retuerce el significado de su nombre y garantiza la presencia de cuatro representantes españoles, italianos, ingleses y alemanes cada temporada. Dieciséis en total, la mitad de los participantes, provienen de las cuatro federaciones más ricas. Pues algunos firmantes del proyecto alternativo, ni con esas.

El quid de la cuestión, que de tan obsceno huelga especificarlo, es que quieren ganar todavía más dinero. Por entendible que sea esa circunstancia, resulta muy difícil ejercer, aunque sea por un instante, de abogado del diablo; ni siquiera se atreven a pedir un astronómico incremento de los ingresos para la élite que consiga los mejores resultados sobre el césped, sino para ellos mismos y porque sí, sin atender al rendimiento, no vaya a ser que algún equipo con menor presupuesto cometa la insolencia de superarlos. No, no quieren ganar más dinero: quieren asegurase un premio hasta cagándola. Podría llamarse codicia, pero está mucho más cerca de la cobardía.

Buena parte de los clubes italianos e ingleses que respaldan esta idea pertenecen a grandes fortunas extranjeras, pero el caso de España es diferente: parece que lo necesitan para tapar sus vergüenzas financieras. Numerosos equipos de LaLiga cumplen sus límites presupuestarios a rajatabla sin la ventaja del reparto televisivo ni una atención mediática que provoca otros beneficios. Pero ellos no, ellos precisan montar este chiringuito para sanear sus cuentas, y encima tienen la desfachatez de culpar a la pandemia. Para verse en esta deshonrosa situación, sus gestores han debido de ser muy torpes, por no decir algo más grave.

Foto: David Alaba y Joshua Kimmich persiguen a Neymar Júnior durante el Bayern-PSG de cuartos de final. (Reuters)

Que nadie confunda el rechazo a la supuesta Superliga con un romanticismo desfasado: no se reivindican el barro y el albero, las porterías de madera, las tablillas manuales ni que vuelva la Recopa. Es, simplemente, que ya se ha concedido bastante y en algún momento hay que decir basta, y esta majadería de romper el cordón que vertebra el fútbol parece el momento idóneo. ¿Cómo va a ser la competición más importante una donde los participantes son fijos por contrato, hagan lo que hagan? Si a partir de la temporada que viene al Jerez Industrial Club de Fútbol le diese por ganar todos sus partidos, en unos años estaría en el primer escalón europeo y jugando la Champions. No va a pasar, pero la posibilidad de que ocurra es la única regla inquebrantable de este deporte.

Tampoco nadie es tan iluso como para obviar que si los intereses de la UEFA coinciden con los del aficionado medio es por pura casualidad. El máximo organismo europeo ha facilitado muchas tropelías, pero su actual presidente, Ceferin, anda dispuesto a remediar algunas, aunque solo sea porque es esloveno y accedió al cargo gracias a los votos de pequeñas federaciones como la suya. Y también porque pretenden quitarle una parte sustanciosa de su pastel, claro. Esa carambola propicia que la UEFA defienda hoy, aunque sea de rebote, los deseos de la inmensa mayoría de los equipos europeos y de sus seguidores. Vivir para ver.

La factura de Florentino

Pero es que el fútbol, como la política, provoca extraños compañeros de cama. Que se lo digan si no a las directivas del Fútbol Club Barcelona o del Atlético de Madrid, quienes, para intentar encubrir su gestión económica, se echan a los brazos de la persona que sus propios aficionados odian con más ahínco, el ogro al que suelen culpar de todos los males: Florentino Pérez.

El mismo Florentino que ahora quiere cerrar el círculo: comandar un coto privado después de aquella recuperación basada en una tremenda inyección de dinero público. Pérez será máximo mandatario blanco hasta 2025 porque, casualmente, ha dejado atada su reelección apenas una semana antes de confirmar su plan megalómano. Algún día él se marchará y el Real Madrid seguirá siendo el club más grande de la historia del fútbol, pero ese empeño por vincular el nombre de semejante institución a un proyecto tan ridículo como la Superliga dejará una mácula imborrable en su trayectoria.

Por supuesto, tan culpable es el ideólogo como los directivos que le siguen a sabiendas de que su gente detesta la idea. Al menos los que van al campo, a la base de siempre, no a los abrazateles que lo mismo les da si hay público en los estadios o si el partido se disputa a 10.000 kilómetros de la ciudad que los equipos llevan en el nombre. Esos que hoy se ponen el escudo en su perfil de Twitter, pero mañana pueden irse por el mismo motivo espurio que llegaron. Nada los retiene verdaderamente si les falta el componente sentimental.

placeholder Benzema en el partido contra el Liverpool. (EFE)
Benzema en el partido contra el Liverpool. (EFE)

Porque esa quizás sea la mayor flaqueza de la alternativa disparatada que anhelan los dirigentes de estos clubes: el desconocimiento de dónde reside el atractivo. Este juego arrastra multitudes porque los goles importan, no por la belleza estética o la calidad con la que se consigan. Encajar muchos y marcar menos puede dejarte fuera de una competición, o incluso hacerte descender de categoría. Ahí está la gracia, en la emoción, en joder al vecino, en las consecuencias de los partidos y en las sensaciones extremas que provocan, las buenas y las malas. Si eliminas la posibilidad del fracaso, el éxito se desvirtúa y con él la esencia misma que convierte a este deporte en masivo.

Nadie compra localidades para todas las sesiones de una ópera solo porque en ella actúen los intérpretes más famosos y mejor pagados. Vas un día, dos a lo sumo. Visto. Pero al fútbol vamos siempre, partido tras partido y temporada tras temporada. Y si lo hacemos es porque estamos enganchados, aunque no precisamente al espectáculo, que no siempre aparece, sino a nuestra propia pasión, esa que no falta nunca.

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