El harakiri industrial de Europa

Epilogamos el primer artículo del año con una pregunta que viene a cuento. ¿Por qué seguir apoyando industrias, llamémosles clásicas o tradicionales como la naval, a

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    Epilogamos el primer artículo del año con una pregunta que viene a cuento. ¿Por qué seguir apoyando industrias, llamémosles clásicas o tradicionales como la naval, a pesar de que la tecnología que incorporan es algo más que impresionante?

    Nada que ver con poner un ladrillo encima de otro en forma de espantosos adosados, ni con la horrenda y altamente entrópica decoración estelar de exteriores rellena de simplismo, contaminación y vulgaridad para mayor gloria de indecentes caciques locales (léase el horrible monstruo rotondero del inútil aeropuerto de Castellón, por ejemplo). Cosa tal denominada hoy arquitectura, ajada palabra que una vez significó belleza, oficio y arte.

    Porque tales actividades generan valor añadido y riqueza muy superiores a las ayudas defensivas concedidas, junto con abundante empleo recurrente directo y, sobre todo, indirecto. Y, por eso, los países asiáticos y los que no lo son, menos nosotros, mantienen políticas industriales.

    Una manera eufemística de definir los apoyos monetarios, legales o fiscales junto con prácticas laborables no homologables, o tibieza medioambiental en muchos casos, que les permiten deshacerse sin contemplaciones de un competidor tras otro, y de una industria tras otra, aquí, en la decadente y vieja Europa de convulsas y permanentes tendencias autodestructivas.

    Pensamos que mientras los países asiáticos acaparan toda la industria nosotros, que se supone somos la repera, iremos creando sucesivos nichos de empleo, mediante innovación y tecnología, basados solo en los servicios. Es decir, en bares, cafeterías, innovación financiera, consultoría sibilina y poco más.

    Actitud arrogante que podría ser verdad hace cuarenta años cuando esos países estaban arrancando o bajo el telón de acero. Olvidándonos que la sofisticada China gobernada por los arrojados mogoles, por mencionar una época cualquiera, fue un lugar tremendamente rico, culto y avanzado que maravilló a todo el que pasó por allí, incluido el viajado Marco Polo. Mientras, en la pobre y miserable Europa arrasaban la peste, la fatalidad y la ignorancia envueltos en patéticas y primitivas taifas medievales, como las que hemos reencarnado, mudando tan solo el disfraz.

    Muchos de los países mal llamados emergentes, nunca estuvieron sumergidos, tal vez mal gobernados o simplemente no necesitaban tantos bienes materiales inútiles, nos dan sopas con honda en casi todos los frentes. Sobre todo en educación, liderazgo y capacidad de lucha y superación. Lo demás viene solo.

    Cómo recuperar la industria

    Tenemos un paro record. Europa y EE.UU. han desmantelado buena parte de su actividad industrial a causa de la competencia desleal, disfrazada de supuesta eficiencia y competitividad, por parte de aquellos a los cuales las chifladuras ideológicas les importan un rábano y se dedican con pragmatismo a lo que deberíamos hacer nosotros: a crear o relanzar un tejido industrial potente para beneficio de sus ciudadanos y la sociedad a la que pertenecen.

    Aunque eso fastidie a los teóricos de esa nada intelectual denominada economía y a sus palmeros que tanta influencia tienen, pero que no aportan nada, a pesar de que ellos mismos comen a costa de lo que denuestan, alimentados por sus descimentadas investigaciones nobeladas (con b). El libre mercado es una rara quimera en la mente de tales teóricos. Y el mundo real lo más parecido a la ley de la selva sin su cruel lógica y, menos todavía, su exuberante belleza.

    Para ello necesitamos luchar con las mismas armas que nuestros competidores, además de con ideas nuevas, arriesgándonos a cometer equivocaciones de nuevo. Cuando los venerados oficiantes en economía sagrada se hayan desecho de las corazas ideológicas, que no científicas, que encorsetan su mente y nuestro bolsillo; cuando los magos en astrología financiera hayan partido sus varitas mágicas de papel y swaps; cuando los flojos druidas del gremio desagüen sus pócimas monetarias en un charco de honestidad y rigor.

    Pero, sobre todo, cuando se hayan instruido y “realmado” unos cuantos acólitos ignotos más, mentecatos serviles de la ignorancia; de los fundamentalismos castradores de toda índole: ideológicos, morales o religiosos; igualitarios y de género; financieros y económicos; o los providenciales mercados etéreos. Profetas del fanatismo inhumano, la ignominia nacionalista y la centrífuga desintegración. Aquí, en la Padania o Escocia

    ¿Cuándo dejaremos de ser unos pardillos trituradores de empleo? ¿Por qué no implantamos nuestras propias “políticas” industriales para poder competir y crear cultura, riqueza y saber? ¿Por qué no obligamos a desmontar las antidemocráticas orejeras mentales de los funcionarios de la Comisión Europea, que para eso están a sueldo nuestro?

    Aquí finaliza un humilde alegato de año nuevo, tardío y en dos entregas, para generar empleo en condiciones. Y, de paso, para empezar a poner el cascabel al gato del crecimiento prudente y recurrente.

    No como le gustaría a tanta estrella y “sabio” inconsciente que fomenta la desverdación, el enlosetado y hormigonado indiscriminado de nuestras plazas y ciudades, la insulsa uniformidad de “diseño”, el agotamiento y depredación de este planeta azul y único, que una vez fue grandioso y bello. Y que hemos convertido en un lastimero lugar que hasta hace no mucho resplandecía limpio y diverso.

    Los mayas nos precedieron en soberbia y se cargaron su civilización y su forma de vida. Pero al menos dejaron arte y leyendas, además de admirables ruinas. Nosotros, por las mismas y otras muchas razones más, inconscientes pero no por ello menos estúpidas, seguimos su trágica estela, a la zaga del caos, legando basura a cambio.

    Apuntes de Enerconomía
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