Esfuerzo y valor añadido

Mientras en Vietnam los niños de 8 años tienen clases de programación, nosotros debatimos si los deberes son necesarios. Nuestro sistema educativo no sabe reaccionar a los nuevos tiempos

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“No hay secretos para el éxito. Es el resultado de la preparación, el trabajo duro y estar preparado para el fracaso.” Colin Powell


Hay dos mitos que sobreviven en el imaginario laboral popular, a pesar de que todos los días se estrellan contra la realidad. Uno es que el trabajo se reparte, cual pastel de chocolate en una merienda de cumpleaños. Ha venido el primo de Luisito, con quien no contábamos; no pasa nada: donde comen 10 comen 11. “Hacéis tres comidas al día, si hiciesteis una y media los parados tendrían garantizado comer”, me espetaban desde una de esas cuentas tan cobardes (por anónimas) como absurdas que malviven en Twitter de trollear a los demás.

Como la jornada de 35 horas puso de manifiesto en Francia, o previamente cualquier país del este de Europa antes de la caída del telón de acero, el trabajo solo es susceptible de reparto a cambio de una pérdida generalizada de condiciones de vida globales, de todos los ciudadanos. El aumento de los niveles de ocupación, sin venir acompañados de un aumento simultáneo de la producción de bienes y servicios demandados realmente por la población, no garantiza más que una igualación en la carestía, cuando no en la pobreza.

Las personas trabajamos buscando mejorar, tanto a nosotros mismos como, en consecuencia, a nuestro entorno. Dividir el mismo producto entre más no hace sino empeorarlos a todos. La única función del Estado aquí es garantizar que se den las mejores condiciones posibles para que los empresarios inviertan, ahorren pues, en desarrollar productos y servicios que los consumidores demandemos después, para así generar y satisfacer nuevas necesidades que, a su vez, provocarán un aumento del nivel de ocupación. Lo único que debería hacer el gobierno es no obstaculizar la creación de empresas, interviniendo en la economía lo menos posible, sin orientaciones, sin políticas de fomento del empleo ni definición de sectores estratégicos, y mucho menos machacando a impuestos a empleados, autónomos y empresarios. El empleo crece porque cada vez hay más tartas, no por dividir las pocas que ya hay.

Manifestación contra la precariedad de 2011. (EFE)
Manifestación contra la precariedad de 2011. (EFE)

El segundo de los mitos, tan grave y equivocado como el anterior, es el que asocia recompensa económica (digamos salario) con preparación y esfuerzo. Si bien no cabe duda de que ambas condiciones son necesarias, no son en absoluto suficientes. Y tenemos pruebas fehacientes que, no entiendo por qué, muchos se niegan a ver, y mucho menos a aceptar.

La formación es un factor determinante, en muchas ocasiones decisivo en un mercado en el que casi todo está inventado. En Europa cada vez surgen menos Amancios Ortegas. Las nuevas profesiones y todas las antiguas exigen que quienes se incorporen al mercado sean capaces de hacer las cosas mejor, hacerlas antes, y hacerlas a un coste menor. Solo los artesanos, relojeros, zapateros, o incluso constructores de pasiones irracionales de cuatro ruedas, seguirán produciendo en una cadencia decimonónica. Todos los demás nos hemos adaptado o estamos en ello. La prensa o la distribución son sectores paradigmáticos. Sin la formación adecuada un trabajador no podrá hacer frente a la actual revolución tecnológica, la más importante y la más rápida que ha generado el ser humano.

Triunfan quienes se esfuerzan, qué duda cabe. “Que la inspiración me encuentre trabajando” pedía Picasso. Como en el caso de la formación, el esfuerzo es necesario pero no es en absoluto una garantía del éxito.

Un decano en España se ocupa de labores administrativas; en EEUU el 50% de su tiempo lo dedica a buscar financiación de las empresas

¿Cómo es posible que no se valoren los estudios de miles de españoles? ¿Cómo es posible que tantos, bien formados, y en muchos casos esforzados españoles no encuentren trabajo en aquello para lo que se prepararon? La razón hay que buscarla, como casi siempre, en la diferencia entre demanda (los trabajos que hoy se requieren) y la oferta (quienes se acercan al mercado buscando trabajo).

Nuestro sistema educativo es incapaz de reaccionar con la velocidad requerida. Mientras en Vietnam los alumnos de 8 años tienen clases de programación, en nuestras aulas los ordenadores son casi una entelequia. Mientras que en China y en la República de Corea los alumnos salen del colegio para acudir a academias de especialización durante tres o cuatro horas diarias, nosotros debatimos si los deberes son necesarios. Mientras que en India o en EEUU las universidades son dueñas de sus programas de formación, pudiendo modificarlos de forma inmediata si las condiciones de integración laboral lo requieren, en España la suma de las 10 agencias de evaluación y acreditación autonómicas y la nacional imposibilitan la labor, buscando todas que todas las universidades impartan los mismos contenidos, en busca de la quimérica e indeseable igualdad.

Ese es el gran error de la enseñanza en España. No solo no se fomenta la competencia entre universidades, sino que se persigue. Da igual que un catedrático sea bueno o no en el aula, que ganará prácticamente lo mismo allí donde ejerza, tenga alumnos o no. Mientras que un decano en España se ocupa básicamente de labores administrativas (organizar la enseñanza, cuidar a los sindicatos, limar las diferencias entre departamentos, reunirse muchas veces con los representantes de las ANECAs para lograr que todo siga igual…), en EEUU el 50% de su tiempo lo dedica a buscar financiación de las empresas. Porque las empresas se implican en la formación al ser las primeras interesadas en conseguir alumnos.

Aquí, mientras tanto, todas las empresas grandes y muchas medianas han creado sus universidades corporativas en las que forman a sus empleados en las más modernas técnicas; y, obviamente, esa ingente cantidad de recursos no los destinan a la universidad pública porque, como rezaba aquella extraordinaria pancarta colgada en la fachada de la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (¡Empresariales!) de una universidad de Madrid, “Fuera empresas de la Universidad.”

Hay mil millones de asiáticos jóvenes que no piensan más que en trabajar. Mil millones para los que su estado de bienestar es un puesto de trabajo bien remunerado con el que pagar, ellos y no el Estado, su seguro de salud, su seguro de desempleo, su plan de jubilación. Mil millones que se esfuerzan en un año mucho más que cualquiera de nosotros en toda la vida. Mil millones para los que no somos competencia porque no hemos adquirido ninguna. Con más de 55 años la opción de estirar lo que se pueda la situación actual puede ser rentable; por debajo, solo cabe la adaptación.

Llorar porque nuestros padres tenían trabajo en un sistema autárquico mientras mandamos un tuit desde nuestro smartphone coreano, japonés o californiano no parece razonable. Lamentar la enorme cantidad de horas que le hemos dedicado a algo es absurdo ante quienes lo harán en una fracción del tiempo, por una fracción del coste. Es hora de entender que el mercado no premia el esfuerzo, sino el valor añadido.

Big Data

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