Un mundo conectado

Toda nuestra actividad quedará, potencialmente, registrada. Esto tiene unas ventajas enormes para la vida diaria, aunque plantea desafíos no menos importantes

Foto: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

“A pesar de los problemas de seguridad, el Internet de las Cosas se propagará y la gente dependerá cada vez más de él. El coste de las brechas de seguridad se considerará como el de los accidentes automovilísticos, que no han evitado que la gente siga conduciendo.” Richard Adler

El 12 de mayo de 2017, el virus WannaCry lanzó un ataque de 'ransomware' a escala global aprovechando una brecha de seguridad de Windows conocida y comunicada por la empresa de Redmond. Más de 300.000 ordenadores en más de 150 países resultaron afectados en las primeras 24 horas. Empresas como Telefonica, Nissan o FedEx resultaron infectadas. Los impactos del citado virus alcanzaron elementos críticos de la sociedad, como el sistema de salud británico. El 34% de sus divisiones administrativas fueron atacadas e inutilizadas por el virus. Se calcula que un mínimo de 19.000 citas e intervenciones quirúrgicas fueron aplazadas, aunque la cifra total sigue sin conocerse.

Al finalizar el año 2017 en el que WannaCry actuó, existían alrededor de 20.500 millones de dispositivos conectados a internet. Hablamos, fundamentalmente, de equipos de sobremesa y teléfonos inteligentes, pero también de equipos médicos, por ejemplo. La previsión es que, en 2025, sean 75.500 millones. Electrodomésticos grandes y pequeños, sistemas de alarma, vehículos, relojes, pulseras de salud, sensores relacionados con los riesgos de la naturaleza (sísmicos, de oleaje, de viento, de inundación…), medios de pago como tarjetas de crédito, cámaras de seguridad… pero también surtidores de combustible, peajes de autopista, la luna delantera del coche, las señales de tráfico, los semáforos, todos los registros administrativos, robots industriales y comerciales, … Prácticamente todas las operaciones que realicemos, a lo largo del día, en cada momento, dejarán una huella digital. Desde el agua que consumimos en la ducha hasta la luz de la mesilla que apagamos al acostarnos, toda nuestra actividad quedará, potencialmente, registrada. Esto tiene unas ventajas enormes para la vida diaria, aunque plantea desafíos no menos importantes.

Así, un reloj inteligente o una pulsera de actividad registra nuestro ritmo cardiaco o recoge muestras de sudor. Conectado al móvil, el glucómetro de Socialdiabetes permite al paciente de diabetes efectuar el control de sus niveles de glucosa en cualquier momento, permitiéndole tomar decisiones acerca de los carbohidratos a ingerir en cada ocasión; la diferencia con otros dispositivos de control es que, si el paciente lo autoriza, Socialdiabetes compartirá la información con el profesional médico que efectúa el seguimiento, evitando desplazamientos a las dos partes.

Esa misma tecnología ya permite que un coche se conecte con un surtidor, que identifica el tipo de combustible requerido, y sirve la cantidad que el usuario requiere, cargando el importe correspondiente en la cuenta bancaria o en la tarjeta de crédito asociada, bien al conductor, bien al propio vehículo. Como permite tener localizado, en tiempo real, el equipaje que facturamos en cualquier aeropuerto. El 'blockchain' permite que las reclamaciones por retrasos de los vuelos o por pérdida de equipaje se liquiden en tiempo real, sin intervención de terceros, gracias a la capacidad que permiten los 'smart contracts', instrumentos que, una vez implementados, permitirán reducir casi a cero el fraude en el seguro, que, solo en los EEUU, alcanza alrededor de los 40.000 millones de dólares anuales para cerca de un 10% de los siniestros declarados.

Esa evolución tecnológica ligada al Internet de las cosas supone una explosión en el volumen de información disponible. En 2015, la información ligada al internet tradicional alcanzó los 8 zettabytes, más o menos el equivalente a 8.000 millones de ordenadores personales llenos a reventar. En 2018, esa información superó los 10 ZB, y se estima que en 2020 supere los 44; parece que el Internet de las cosas añadirá otros 600 ZB ese mismo año. Más de la tercera parte de ella incorporará información susceptible de generar valor. Si en 2017 el mercado del Internet de las cosas alcanzó los 27.000 millones de dólares, se espera que en 2024 supere los 94.500 millones.

Podría pensarse que tal volumen de información no será manejable, pero no es así. En 2018, el Centro Nacional de Supercomputación de China, situado en Tianjin, presentaba el prototipo funcional del Thiane-3, que prevé poner en funcionamiento en 2020. Las posibilidades de cálculo de este supercomputador alcanzan el trillón de operaciones por segundo, por las 100 millones que realiza un ordenador personal en el mismo tiempo. Esta capacidad de proceso permitirá simular desastres naturales como terremotos y huracanes para preparar las mejores rutas de evacuación, la evolución de epidemias o secuenciar proteínas para fabricar nuevos medicamentos. Y permitirá elaborar la información contenida en los datos que el Internet de las cosas produce diariamente.

La ultraconectividad nos hará la vida más fácil, qué duda cabe; pero, asimismo, nos hará, al menos inicialmente, completamente transparentes

Nuestras ciudades están cada vez más conectadas, buscando la eficiencia de los servicios públicos y un mejor servicio al ciudadano. Dado que el estado es, después de Facebook, quien mejor nos conoce, tiene todo el sentido que el conjunto de actos que debemos realizar ante la administración sean lo más ágiles posibles. Surge así el concepto de Smart Cities, ciudades inteligentes que pretenden facilitar la vida a los ciudadanos gracias a las nuevas tecnologías y la conectividad que permiten. En Ámsterdam, varias compañías se unieron a la iniciativa del ayuntamiento para reducir el consumo eléctrico (y la factura fiscal para los ciudadanos) mediante la introducción de sensores; asimismo, un proyecto de la Amsterdam Business School ha puesto en marcha un sistema por el que las cámaras de seguridad, dotadas de algoritmos de inteligencia artificial, son capaces de mandar la señal de alarma a los servicios de limpieza cuando detectan bolsas de basura fuera de los contenedores. Algo parecido ocurre en San Francisco, donde se pretende programar las rutas de recogida de residuos en virtud del llenado de los contenedores.

La ultraconectividad nos hará la vida más fácil, qué duda cabe; pero, asimismo, nos hará, al menos inicialmente, completamente transparentes.

Nota: este artículo está adaptado de 'Alquimia', mi nuevo libro junto con Ricardo A. Queralt que publicará Editorial Deusto a la vuelta del verano.

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