El Ministerio del Tiempo de Rajoy y la nueva Sociedad Civil del BBVA

El Gobierno recurre a banqueros, empresarios, académicos, comunicólogos y lobistas para que desplieguen la alfombra roja de los pactos políticos que permitan a Rajoy seguir en La Moncloa

Ocupado hasta la saciedad en administrar las miserias de la España en recesión y convencido de la incapacidad de alumbrar un compromiso de sacrificio colectivo que pueda sobreponerse a la decepción incluso de su propio electorado, el presidente Mariano Rajoy y con él todo su Gobierno de funcionarios de élite se han olvidado de cualquier acción política que pudiera ir algo más allá de la pura, y sobre todo dura, gestión económica. El Partido Popular ha exacerbado hasta el paroxismo la agenda de austeridad impuesta por Angela Merkel y los burócratas de Bruselas sin reparar en ninguno de los vínculos doctrinales que refuerzan la fidelidad incondicional de los ciudadanos con un determinado ideario de principios inmutables. La desafección cultivada a lo largo de la legislatura adquiere su más cruel carta de naturaleza cuando la rendición de cuentas económicas se ha quedado huérfana de apego político y muchos de los antiguamente convencidos se han pasado a las filas de los que nunca volverán a dejarse convencer.

En un país empobrecido y cuajado de incertidumbres que nublan cualquier expectativa inmediata no sirve con testar un inventario aquilatado de éxitos que sólo pueden medirse a la luz de las ordenanzas comunitarias. El Programa de Estabilidad recientemente presentado al alimón por Luis de Guindos y Cristóbal Montoro es un canto a la alegría que probablemente está basado en hechos reales, pero carece de toda fiabilidad ente la legión de incrédulos que se muestran resentidos por esa especie de administración concursal que se ha encargado de dirigir estos años el país con el único objetivo de evitar la amenaza de una suspensión de pagos. El Gobierno se ha constituido al modo y manera de una entidad empresarial en la que todos los esfuerzos de la cúpula ejecutiva se orientan en apoyo del departamento financiero sin ninguna otra responsabilidad social y corporativa que no sea la que impone a sangre y fuego el denominado ‘controller’ interno.

La creación de foros de Sociedad Civil es la vía recurrente para recobrar la confianza en un modelo político al margen de la pura y dura gestión económica

El reloj de las grandes reformas políticas se le ha parado a Rajoy de tanto dar cuerda al nuevo modelo económico de ajuste estructural y ahora los encargados de la campaña electoral se han caído con todo el equipo ante la urgencia de improvisar una hoja de ruta que levante sólidos puentes sobre los vertiginosos precipicios que rodean el camino a La Moncloa. Los viaductos han de fabricarse con material de importación, adquirido expresamente para asegurar el paso de aquellos caminantes que no están dispuestos a lanzarse a la aventura de un salto en el vacío. El producto más adecuado y que ofrece mayores prestaciones es la denominada ‘Sociedad Civil’, una aleación ligera aunque reforzada mediante la acumulación de elementos variopintos y que de un tiempo a esta parte está siendo utilizada como banderín de enganche para transportar a la modernidad los valores del antiguo régimen sin recurrir a ninguna revuelta de pacotilla.

Como en las grandes producciones de ficción, el Gobierno ha encomendado su futuro a una especie de flamante y secreto ‘Ministerio del Tiempo’ encargado de llevar a cabo un ejercicio revisionista del pasado que permita actualizar un nuevo credo político en el presente más incierto que se recuerda desde el comienzo de la Transición democrática. La primera experiencia piloto de ese viaje por el túnel del tiempo tuvo lugar hace ahora un año justo con la creación de la plataforma que responde por el nombre de Sociedad Civil Catalana y donde confluyen todos los partidos políticos incumbentes y comprometidos en la lucha contra el empeño secesionista de Artur Mas y sus indispensables cómplices de ERC. La eficacia real del proyecto es todavía una incógnita y su éxito sólo podrá ser cuantificado en proporción directa con el fracaso de ese movimiento centrífugo que se regenera con cada nuevo inquilino que llega a la Plaza de San Jaime.

Una revolución de terciopelo a la española

La batalla contra el independentismo es un objeto social de amplio horizonte  que se prolongará de forma indefinida mientras el modelo territorial descentralizado siga fermentando con la levadura de una deslealtad cultural entre los distintos administradores que forman parte del Estado. Larga vida pues a la Sociedad Civil Catalana y a todas las iniciativas que con el mismo ejemplo permitan al Gobierno central guarecerse en su torre de marfil al abrigo de la confusión social que la crisis económica ha provocado en los hábitos de convivencia ciudadana. El dinero no lo cura todo pero puede tapar muchas bocas y carencias si se consigue dar a tiempo con una fórmula capaz de sintonizar con la mayoría silenciosa de contribuyentes desengañados y que pronto se van a convertir en ocasionales electores. Para ello nada mejor que otro foro prescriptor al uso encargado de mediar desde una supuesta neutralidad para pedir a los políticos de siempre todo lo que ellos están ahora obligados a conceder pero nunca se han atrevido a proclamar.

Así es como ha nacido la Sociedad Civil por el Debate que aglutina una nutrida representación del mundo académico y la industria del lobby empresarial bajo el amparo de caras conocidas de la pequeña pantalla como son el filosocialista Manuel Campo Vidal y el viejo telebombón de finales los setenta, Lalo Azcona, hombre de confianza de Fernando Fernández Tapias y metido desde hace tiempo en el mundo de los grandes negocios madrileños. Junto a ellos y en calidad de lo que en términos financieros se conoce como ‘anchor partner’ o socio de anclaje emerge en segundo término la figura del BBVA que preside, dirige y controla el omnímodo Francisco González. El banquero de Chantada quiere congraciarse con su paisano Rajoy para demostrar que lo suyo es estar en el sitio adecuado y en el momento oportuno; o lo que es igual, cuando su aclamación y capacidad de financiación resulta verdaderamente necesaria y, por lo tanto, más rentable.

Francisco González quiere congraciarse con Rajoy y demostrar que su apoyo puede ser ahora muy rentable para el PP y, por supuesto, para el BBVA

El nuevo foro excusa su misión fundacional asegurando que “no es el submarino de nadie”, faltaría más, pero acto seguido muestra su voluntad para reconstruir el país, renovar el espíritu de consenso, luchar contra los dogmatismos y, en definitiva, reclamar acuerdos que ofrezcan soluciones válidas para la gobernabilidad de la nación. Un reclamo que no remienda de viejo a la hora de introducir sus raíces en los sueños de reconciliación nacional de Nelson Mandela pero que se identifica de forma más certera con la revolución de terciopelo impulsada por Vaclac Havel como motor del cambio en la antigua Checoslovaquia. Un discurso quizá menos sublime pero igual de efectivo sería muy conveniente en la España de hoy para dotar de verdadero sentido de Estado a unos dirigentes que han dirigido exclusivamente el ‘core business’ de su gestión política a la conquista escatológica del poder.

La corrupción no es más, ni menos, que la consecuencia inmanente de la falta de responsabilidad pública y tiene su efecto perverso en la desconfianza y falta de credibilidad social. Los que han mandado han gastado su legitimidad y los héroes que aspiran a sucederles lo hacen sobre posiciones oportunistas que emergen desde los canales de un resentimiento generalizado. España corre el riesgo de convertirse en tierra de mártires al servicio de causas perdidas y bueno será que los mediadores que tan solícitos se muestran en desplegar la alfombra roja a los futuros padres de la patria no caigan en la tentación de actuar como listos útiles en busca de retales para confeccionar un traje a la medida y con los patrones de siempre. La sociedad civil es el elemento identificador de una democracia y, como tal, aquellos que se arrogan su representación deben asumir la neutralidad, independencia y cualidad de una misión vocacional y para la que se supone que nadie directamente los ha llamado. Lo contrario sería hacer como la Dolores, la amiga de hacer favores. Y entonces habría que preguntarse lo de siempre: ¿Por qué? y... ¿Por cuánto?

 

*La imagen superior corresponde al acto de presentación de la Sociedad Civil por el Debate en el Congreso de los Diputados. (SCD)

 

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