El camino hacia una sociedad más igualitaria (II): impuestos

En este segundo artículo hablaré de los impuestos sobre los beneficios empresariales y del capital, y casi nada es lo que parece

Foto: Imagen de Wilfried Pohnke en Pixabay.
Imagen de Wilfried Pohnke en Pixabay.

En esta serie de artículos que estoy escribiendo sobre el margen de actuación que tienen las políticas económicas para moderar la desigualdad, hoy hablaré sobre el impuesto de sociedades y los impuestos sobre los rendimientos del capital. Con frecuencia escuchamos, por parte de las diferentes formaciones políticas, que hay que actuar sobre estos impuestos, siendo los partidos de izquierdas los que proponen subir los impuestos sobre los beneficios empresariales o impuesto de sociedades con la finalidad declarada de que una mayor parte de la tarta de la riqueza vaya hacia los trabajadores.

El impuesto de sociedades se creó en su momento para impedir que los más adinerados utilizaran las estructuras societarias como instrumento para acumular el ahorro aplazando o eludiendo incluso el pago del impuesto sobre la renta. Aunque existen países como Irlanda, en que el tipo efectivo que pagan las sociedades sobre sus beneficios es muy bajo (9,8% en 2015) frente al 14% de impuesto sobre la renta, la situación de otros países como España es la opuesta, pues según la Agencia Tributaria el tipo medio pagado por las sociedades en España en 2018 fue del 21,3% frente al 12,55% pagado por las personas físicas. La situación española es bastante habitual a nivel internacional, siendo la irlandesa más la excepción que la regla, por lo que, como vemos, los beneficios empresariales tributan por lo general a un nivel más alto que las rentas personales. Obviamente no es así cuando se trata de personas de altos ingresos, pero exceptuando ese pequeño porcentaje de la población, podemos decir que esa es la situación.

La subida o bajada del impuesto de sociedades tiene efectos bastante significativos sobre la economía de un país, siendo el más importante y estudiado el que tiene sobre la inversión, bajando esta cuando se incrementa el impuesto de sociedades en beneficio del consumo. Las estimaciones más manejadas (por ejemplo en este trabajo) concluyen que una subida de un 10% en el tipo efectivo de sociedades lleva a una disminución de la inversión de dos puntos del PIB, lo que en un país como España, en que la inversión está alrededor del 20% del PIB, significaría una caída del 10% en esta.

Pero como casi siempre que hablamos de impuestos, los efectos no terminan aquí, sino que, según otros trabajos, en el largo plazo el 75% de las subidas en el impuesto de sociedades recae finalmente sobre los empleados en forma de menores salarios, dejando finalmente el beneficio empresarial después de impuestos en niveles similares a los que tenía antes de la subida. Aunque no se ha calculado el efecto global sobre la recaudación tributaria, parece un supuesto razonable el que esta no varíe sustancialmente, al compensar la bajada del impuesto sobre la renta por los menores salarios la subida en el impuesto de sociedades.

Sí que hay evidencias de que los recortes en el impuesto de sociedades conducen a un incremento de la desigualdad en la sociedad (como podemos ver aquí), y esto sucede porque no existe, como es obvio, un reparto equitativo de la propiedad de las empresas en la sociedad, estando esta propiedad concentrada entre personas de altos ingresos. Por ello los recortes en el impuesto de sociedades conducen a que los ingresos por rendimientos del capital suban y se concentren igualmente en la parte más rica de la sociedad, si bien también llevan a incrementos en la inversión.

La conclusión es que los efectos de las variaciones en el tipo efectivo del impuesto de sociedades son muy complejas y tienen efectos colaterales intensos sobre la inversión empresarial, los salarios y, en ausencia de variaciones en el tipo efectivo del impuesto sobre los rendimientos del capital, sobre la desigualdad.

No se debería abordar una reforma en el impuesto de sociedades de forma aislada, hay que entenderlo como un impuesto complementario al de la renta

Es por esta causa que nunca se debería abordar una reforma en el impuesto de sociedades de forma aislada, ya que siempre hay que entenderlo como un impuesto complementario al de la renta en su componente de rendimientos del capital. Aunque en España no existen demasiados trabajos, como ocurre en otros países (ver aquí), que hayan estudiado la evolución de la distribución de los ingresos procedentes de los rendimientos del capital, lo que tenemos nos dice que se dividen en tres componentes más o menos iguales: salarios altos, ingresos procedentes de actividades empresariales y rendimientos del capital e incrementos materializados en el valor del capital (básicamente subidas en el valor del inmobiliario y las acciones).

Aunque la distribución de la riqueza en todos los países es mucho más desigual que la de los ingresos, España, debido a su peculiar estructura de la propiedad inmobiliaria, destaca por ser menos desigual en cuanto a la tenencia de bienes que otros países, lo que es un factor que hace decrecer la desigualdad, algo que ha sido comprobado empíricamente. Esto sin embargo parece estar cambiando rápidamente debido a las grandes dificultades que tienen las generaciones más jóvenes para acceder a la propiedad inmobiliaria, lo que se traducirá de forma inevitable en un futuro –y probablemente esté empezando a ocurrir ya– en un motor que impulse la desigualdad.

Es muy interesante comprobar, sin embargo, que los ingresos procedentes de las actividades empresariales y rendimientos del capital no hacen que la desigualdad se incremente en España por encima de los niveles que ya existen si solo tenemos en cuenta la desigualdad salarial, lo que no deja de ser una buena noticia, ya que existen muchos países en que este factor sí que contribuye a ello. Sin embargo, esto significa también algo muy importante, y es que si tenemos en cuenta que esto no ocurre porque el índice de Gini –que recordemos que mide la desigualdad– de la propiedad española sea tan significativamente bajo, sino que lo que está ocurriendo de verdad es que nuestra economía es poco intensiva en capital que sea capaz de generar mucho valor añadido y por tanto altos beneficios empresariales.

Esto nos lleva a la compleja conclusión de este artículo, que pienso que debería ser tenida muy en cuenta por aquellos que toman decisiones en materia de política económica, y es que necesitamos de forma urgente incrementar ese tipo de capital productivo en la economía española. Esto sin embargo es un reto formidable, y todavía más el cómo hacerlo sin que se dispare la desigualdad en nuestro país.

Sería necesario establecer una mayor progresividad en los impuestos sobre los rendimientos del capital que compensaran esta bajada en el de sociedades

Mi opinión es que deberíamos mirar, en materia de impuesto de sociedades, lo que hacen países como por ejemplo Irlanda, que establece tipos diferenciales en función de la clase de actividad a la que se dedique la empresa, siendo mucho más bajo el tipo para empresas que se dedican a producir bienes que se puedan vender y casi el doble para empresas de tipo especulativo. Esto fomentaría de forma clara una inversión empresarial que necesitamos de forma urgente. Sin embargo, y para evitar el efecto colateral que produciría de incremento de la desigualdad, sería necesario establecer una mayor progresividad en los impuestos sobre los rendimientos del capital que compensaran esta bajada en el impuesto de sociedades a las actividades productivas.

En este aspecto podemos criticar tanto las propuestas que se lanzan desde la izquierda, en forma de subida en el impuesto de sociedades –que dañaría la necesaria inversión– como desde la derecha en forma de reducción de este impuesto sin compensar a la vez con un incremento progresivo en el impuesto sobre los rendimientos del capital, pues lo que veríamos este caso es un aumento de la desigualdad.

El necesario aumento de la inversión empresarial que generaría un cambio fiscal como el que propongo sería beneficioso a largo plazo pues obtendríamos un mayor valor añadido en el conjunto de la economía que redundaría en una superior recaudación fiscal no solo por la vía de mayores impuestos sobre el capital y sus rendimientos, sino también por el incremento en el empleo que siempre va asociado a estos cambios en la economía. Un aumento en el empleo que a su vez, y como vimos en el primer artículo de esta serie, es el factor fundamental para conseguir reducir la desigualdad en la sociedad española.

Como vemos, nada es lo que parece en materia de impuestos sobre los beneficios empresariales. En el siguiente capítulo de esta serie dedicada a la desigualdad hablaré de los impuestos sobre los ingresos procedentes del trabajo y de cómo influyen en la distribución final de la renta. Un tema cada vez más importante en todos los países y, cómo no, en España.

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