A vueltas con el negacionismo climático de Joaquín Leguina

Como buen negacionista, Leguina emplea el mantra del “ecologismo radical” como descalificación y sugiriendo extremismo, se supone que irracional

Foto: El expresidente madrileño Joaquín Leguina. (EFE)
El expresidente madrileño Joaquín Leguina. (EFE)
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El pasado mes de septiembre, Joaquín Leguina escribió en ‘El Economista’ un artículo decididamente negacionista de la ciencia del clima, que fue respondido larga y documentadamente por los autores en este espacio. Leguina alude a esa respuesta en un nuevo texto, en la misma publicación, mucho más corto, que tenemos el gusto de comentar ahora.

En primer lugar, es de celebrar que Leguina solo responda a uno de nuestros argumentos, lo que podría indicar que asume —o no se encuentra en condiciones de responder— los demás.

Como buen negacionista, Leguina emplea el mantra del “ecologismo radical” como descalificación y sugiriendo extremismo, se supone que irracional. Las “profecías”, como denomina a las predicciones climáticas y sus consecuencias, no son del “ecologismo radical”, sino de toda la ciencia del clima, que a estas alturas lleva ya décadas muy bien establecida de cara a la toma de decisiones. Y que, si de algo peca, es de moderación.

Leguina es un negacionista, aunque probablemente ni él mismo sea consciente de ello

El negacionismo no consiste en estar en desacuerdo con las propuestas del ecologismo —radical o no— sino con los científicos atmosféricos, los ecólogos y otras especialidades académicas conexas. Estas predicciones se realizan en función de distintos escenarios, teniendo en cuenta, entre otros detalles, el retraso del sistema climático en su respuesta. Son estas conclusiones científicas las que Leguina elige no creerse, por cierto, conocidas en lo esencial desde hace ya muchas décadas. De ninguna forma son ideología ni hechos no confirmados. Por tanto, Leguina es un negacionista, aunque probablemente ni él mismo sea consciente de ello. Aunque no es el motivo de este artículo, la psicología hace tiempo que estudia la existencia de actitudes inconscientes, siendo este un fenómeno relativamente bien establecido, como puede leerse por ejemplo en este artículo, que revisa, utilizando los test de asociación implícita de la Universidad de Harvard, la existencia de actitudes racistas inconscientes. Lo que encubre la actitud de Leguina frente a la ciencia climática es probablemente un conservadurismo muy arraigado, que es lo que realmente le hace rechazar las propuestas transformadoras del ecologismo y, por ende, rechazar la ciencia climática, que es el soporte fáctico del mensaje ecologista.

Afirma Leguina que es “de traca” que los europeos tengamos la culpa de las emisiones chinas. Nosotros no lo afirmábamos en estos términos, que Leguina interpreta libremente. Pero ¿cree que China fabricaría para nuestras tiendas si nosotros no compráramos en ellas? ¿No cree, como economista, que es el mercado lo que determina la producción? ¿O tal vez se fabrica solo para almacenar? Por lo demás, las emisiones chinas por habitante son todavía algo inferiores a las europeas. ¿Por qué dice entonces que el problema lo tiene China y no Europa? ¿Solo porque es más grande?

Es bastante obvio que los países que se han convertido en “fábricas del mundo” no fabricarían si no les compráramos, y Leguina lo sabe perfectamente. Pero diríase que para él esta reflexión es “radical”: y desde luego lo es, aunque no en el sentido que sugiere Leguina, porque se acerca a la raíz del problema. Porque la economía, la sociología, la política y todas las ciencias sociales, para no crear falsas ilusiones, tienen que contrastarse con la física en última instancia, es decir, con la posibilidad real de que las propuestas sean materialmente posibles, condición final de posibilidad de muchas de sus aseveraciones.

Con todo, insistimos, el problema no es (solo) de países, sino de personas y de sus pautas de consumo, que resultan en mayor perjuicio global cuanta mayor es su renta personal. Es el problema de la externalización de los daños. Es decir, que las consecuencias adversas de los actos de una persona no recaen sobre esta, sino sobre todos.

Más comprensible es que a Leguina le cueste aceptar que sea posible una manufactura a la escala actual sin emisiones o incluso con emisiones significativamente menores. Nosotros, 'radicales' porque pensamos en términos de energía, afirmamos, también en base a multitud de trabajos académicos, que esto simplemente no es posible. Entre otros motivos, porque no hay ni minería ni industria pesada con aerogeneradores o placas solares, y porque las energías denominadas renovables nunca tendrán la capacidad física suficiente para movilizar tanta complejidad global a la escala actual. Esto no es ecologismo radical: esto son ciencias físicas, e ingeniería desprovista de sueños irreales. Es lo que la ciencia nos dice actualmente.

También celebramos que el señor Leguina se desmarque del negacionismo 'duro', del que se nutrió en su primer texto, y pase a una posición más 'mainstream', menos casposa en realidad. El problema es que, en su tránsito desde el fuego hacia las brasas, Leguina va recorriendo terrenos siempre ardientes, cuya senda no conduce a otra parte que a la destrucción.

Resulta así interesante que el señor Leguina intente desmarcarse del negacionismo climático organizado 'hard' del Heartland Institute en amplia compañía, no vayamos a confundirle con el señor Aznar o con Vox y su fundamentalismo. Lo hace invocando ahora la contraparte del fusionismo, a saber, el ultraliberalismo, declarándose fan del danés Bjørn Lomborg. Debe creer que es menos peligroso, más asumible. Pero referirse a Lomborg, el ‘ecologista escéptico’, podría ser comprensible hace casi 20 años, cuando la nefanda obra que llevaba este título fue publicada. Pero ahora, tras haberse detectado nada menos que unos 500 errores factuales en solo dos de sus libros y descubierta ya su estrategia de comunicación para que el lector se los crea, resulta de lo más inadecuado.

El señor Leguina debería saber que Bjørn Lomborg no es otra cosa que un producto —desde luego, el más exitoso— del negacionismo organizado. Alguien que lleva haciendo trampas intelectuales desde hace más de 20 años. En 2002, un organismo danés de apelación ética declaró a Lomborg “intelectualmente deshonesto” en base a su famosa obra, si bien la llegada al Gobierno del neoliberal Rasmussen consiguió, no tanto la reversión del calificativo, sino que se declarara al organismo no competente para emitirlo.

Lomborg, sobre quien ha caído la calificación de 'ecologista séptico', da para mucho, y es muy lamentable que Joaquín Leguina haya caído en sus redes. Señalemos solamente que fue galardonado por el Competitive Enterprise Institute, 'think tank' de la línea negacionista dura establecido en 1984 no con el objetivo de mejorar la competitividad, sino para negar el cambio climático. Y que se apoya en Richard S.K. Tol, otro tramposo que fue pillado no solo por el IPCC, donde ejercía de quintacolumnista, sino por la propia London School of Economics.

Lomborg dice que si bien el cambio climático es ciertamente un problema real, hay otros problemas mucho más acuciantes

Para que el señor Leguina y nuestros lectores puedan conocer mejor a este personaje y sus contumaces falacias, uno de nosotros ha elaborado un documentado perfil, que puede consultarse en este enlace.

Básicamente, Bjørn Lomborg emplea el análisis coste-beneficio para acabar concluyendo, en cualquier circunstancia, que, si bien el cambio climático es ciertamente un problema real, hay otros problemas mucho más acuciantes que deberían merecer, siempre, atención prioritaria. Por tanto, lo mejor es no hacer nada en este terreno. Para demostrarlo, es capaz de manipular las tasas de descuento (la 'preferencia temporal') a su antojo.

Bjørn Lomborg emplea también estudiadas estrategias de comunicación y dispositivos emocionales para que este mensaje tranquilizador alcance a las élites, les resulte digerible y atenúe la posible ansiedad por disonancia cognitiva. Estas estrategias se explican también en el texto aludido, que le rogamos examine.

El análisis coste-beneficio tiene tres particularidades. La primera es que, en la medida en que todo es convertido a valor monetario, algunos costes son de difícil cuantificación. Por ejemplo, el de la vida humana. ¿Qué cantidad se escribe en la columna ‘coste’ para contabilizar las personas que pierden su vida debido a los fenómenos extremos que no ocurrirían (o lo harían con menor frecuencia, intensidad y duración) sin el calentamiento global? Lomborg es conocido por asegurar que muere menos gente de calor que de frío. Esto, que es cierto en las condiciones actuales, no tiene por qué serlo en el futuro, entre otras cosas porque en muchas zonas del planeta la temperatura alcanzará ya a mitad de siglo temperaturas superiores a las que permiten la vida humana, y porque las muertes previstas a causa de la crisis climática no se producen solamente por olas de calor. Por poner un solo ejemplo, en un lugar del planeta con inviernos especialmente crudos como Chicago, se produjeron 60 muertes atribuibles al frío en el invierno 2018-2019, mientras que este trabajo estimó que el incremento de la mortalidad debida a olas de calor podría llegar a más de 2.000 por año en esa misma ciudad según vaya acentuándose el cambio climático.

La segunda particularidad es que este tipo de análisis fue ideado para analizar la rentabilidad de una inversión en términos solo económicos, y por tanto, en principio, para personas u organizaciones que se vayan eventualmente a beneficiar de ella. Esto justifica la aplicación de la denominada ‘tasa de descuento temporal’, un porcentaje indicativo de lo que yo puedo preferir disponer ahora de un bien, aunque sea a mayor precio, que disponer del mismo bien en el futuro a un precio menor. Es así como funcionan las hipotecas, por ejemplo. Pero el método, de apariencia razonable, ya tiene su lado peligroso cuando se aplica a situaciones distintas a aquellas para las que fue ideado. Por ejemplo, en cuestiones medioambientales. Lo veremos con un ejemplo.

Su método no fue ideado para ser aplicado de forma intergeneracional, y mucho menos a siglos vista

Suponga que tiene usted una finca por uno de cuyos lados va a circular una locomotora de vapor. Si esa máquina, al pasar, quema parte de su cosecha, hará usted bien en solicitar al Estado que legisle para que las máquinas no vayan echando fuego por donde transcurren. La compañía ferroviaria deberá indemnizarle, y además pagar una multa por no haber cumplido la ley. Pero la compañía ferroviaria puede verlo de otro modo en base al coste-beneficio. Le preguntará a usted cuál ha sido su perjuicio, y maniobrará para que la ley no se meta donde, según ella, no debe —la configuración de los trenes privados, algo realmente caro— y, en cambio, le pague a usted más de lo que pueda perder, si el cómputo total es inferior al coste de adaptación de las locomotoras.

Este ejemplo se encuentra en un libro que describe cómo, en los años treinta del pasado siglo, la familia Olin, conocida mil millonaria y financiadora del fundamentalismo religioso, ideó la denominada Law and Economics, teoría asumida inmediatamente por la Escuela de Chicago. Hoy en día, su implementación es ubicua, forma parte del 'sentido común' económico y permite poder hablar de 'eficiencia', sin más adjetivos. El problema es que las dos partes pueden quedar más o menos satisfechas… ¡pero la finca seguirá incendiándose! El ejemplo no es tan extremo como puede aquí parecer; la realidad suele superarlo.

El método tiene un último inconveniente. No fue ideado para ser aplicado de forma intergeneracional, y mucho menos a siglos vista, como hace Tol (y también Nordhaus), algo que Lomborg amplifica a los cuatro vientos. Porque entonces surge la pregunta de en cuánto valora usted las próximas generaciones.

Este economicismo resulta muy chocante cuando se aplica a generaciones vista, porque es algo de suyo muy poco natural

Por ejemplo, si se toma una tasa de descuento del futuro del 3%, ocurre que el valor se reduce a la mitad en solo 23 años. Es decir: si alguien tiene un hijo a los 23 años, esta infortunada persona valdrá menos que lo que su padre valía al nacer en alrededor de la mitad. Si la tasa fuera del 7%, los valores se reducen a la mitad en solo 10 años, y entonces el hijo valdría al nacer solo una quinta parte de lo que valía su progenitor, siempre que fuera padre a la misma edad. Según el método coste-beneficio, cada año de retraso en su paternidad disminuye de forma correspondiente y matemática el valor del hijo expresado en dinero.

Este economicismo resulta muy chocante cuando se aplica a generaciones vista, porque es algo de suyo muy poco natural, pues va en contra nada menos que del sentido de perpetuación de la especie y de los propios sentimientos de paternidad. Pero, además, el criterio queda aplicado a todo daño futuro, de modo que todo porvenir queda automáticamente devaluado, y entonces parece que el coste total sea muy bajo, porque al cabo de 75 años, a una tasa de solo el 3% (la habitual en los modelos), los costes ya son solo del 10%. Por tanto, los beneficios de no hacer nada superarán los costes: esto es lo que Lomborg viene diciendo invariablemente desde hace casi 25 años. Démonos cuenta, para no confundirnos (Leguina ya lo sabe), que esta conclusión es independiente de la inflación.

Esto es lo que hacen los modelos econométricos del cambio climático, y es en lo que se basan los denominados 'modelos integrados de economía y clima' al uso del 'mainstream' elitista tranquilizador. No son propiamente negacionistas del cambio climático, pero son peores, porque ofrecen carnaza intelectual para la inacción con apariencia de rigor. Un rigor desde luego inexistente.

A la vista, por tanto, de la primacía que Leguina otorga al análisis coste-beneficio, le rogamos que nos resuelva dos interrogantes. El primero es qué tasa de descuento anual recomienda aplicar a este análisis. Se trata de un dato crucial y, como acabamos de ver, muy sensible. El segundo, en cuánto valora, en euros, una vida humana perdida por causas atribuibles al cambio climático. Leguina también sabe que es un dato esencial de cara a este análisis. El primer informe del IPCC, en 1990, consideró para cada muerte un coste equivalente al PIB por habitante del país afectado. ¿Podría indicarnos si aprueba usted este criterio, con qué criterio alternativo valoraría usted la muerte de una persona? Ya no le pedimos la de la naturaleza, de toda la vida del planeta y de los propios sistemas de soporte de la vida, también humana, que están ya siendo afectados. No vayamos a ser tildados, una vez más, de 'ecologistas radicales'…

El ejemplo del ferrocarril que le hemos mostrado indica que, para Leguina, será mejor pagar al dueño de la finca que sustituir la maquinaria. Paralelamente, y siguiendo a Lomborg, usted preferiría pagar los daños del cambio climático que intentar evitarlo o mitigarloi, sin atender a si sus efectos superan acaso el ámbito de lo económico para adquirir carácter existencial, peligro real con el que los científicos están también intentando lidiar.

¿Considera usted que lo expuesto es demagogia, señor Leguina? ¿Extremismo radical, como apunta? Señor Leguina, usted no puede pertenecer a un partido que se denomina de izquierdas cuando en primera instancia se apoya en argumentos originados en el fundamentalismo religioso y, cuando se le señala, recala en el fundamentalismo económico.

¿O tal vez el problema lo tenga el partido, que asume estos criterios sin llamarle la atención?

1 Bjørn Lomborg (2001) - 'The Skeptical Environmentalist. Measuring the Real State of the World' - Cambridge University Press - - ISBN-13 : 978-0521010689 - 540 págs. - - "Economic analyses clearly show that it will be far more expensive to cut CO2 emissions radically than to pay the costs of adaptation to the increased temperatures"

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