¿Son las redes sociales un peligro para la democracia?
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Juan Carlos Barba

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¿Son las redes sociales un peligro para la democracia?

Políticos y académicos alertan de los peligros de las 'fake news'. ¿Qué hay de verdad?

placeholder Foto: Figuras del fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, frente al Capitolio de EEUU, en una protesta de 2018. (EFE)
Figuras del fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, frente al Capitolio de EEUU, en una protesta de 2018. (EFE)

Recientemente, Barack Obama, en una entrevista a propósito de su primer libro de memorias, avisaba del tenue vínculo con la verdad que unía las noticias propagadas por las redes sociales y las consecuencias que ello podía tener sobre el funcionamiento de la democracia. Esto, lejos de ser un caso aislado, se repite de forma insistente en diversos ámbitos políticos especialmente progresistas— y ha sido extensamente estudiado, y sigue siéndolo, en el ámbito académico.

Recordemos que el fundamento teórico de las democracias reside básicamente en su mayor capacidad para tomar las decisiones de gobierno que mejor encajen con el interés general. Esa capacidad se basa, en última instancia, en el concepto de sabiduría de las multitudes, que se remonta, de forma rudimentaria, a Francis Galton en el siglo XIX y que en el presente siglo ha merecido cada vez más atención por parte de los estudiosos. Según estos, aunque los miembros individuales de una sociedad no tengan la capacidad para tomar una decisión idónea, la suma de las opiniones de todos ellos, dadas ciertas premisas, conducirá a una decisión óptima dado el estado del conocimiento.

Foto: Una persona interactúa con el Al sex robot, fabricado por la empresa china Shenzhen Atall Intelligent Robot Technology. (EFE) Opinión

Sin embargo, es obvio que si el acceso a la información no es libre o simétrico, entonces el consenso de las opiniones no puede tender a ese óptimo que defiende la teoría de la sabiduría de las multitudes, sino a otro punto de equilibrio que surgirá entre una amalgama de mentiras, verdades y medias verdades que inundan las mentes de unos ciudadanos inmersos en las diferentes fuentes de información.

placeholder Fuente de información de las noticias, por grupos de edad, en Reino Unido. (Reuters Institute)
Fuente de información de las noticias, por grupos de edad, en Reino Unido. (Reuters Institute)

En los últimos años, las redes sociales están tomando cada vez más protagonismo como fuente de información para los ciudadanos, especialmente los más jóvenes, como puede verse en el gráfico correspondiente al Reino Unido, que se repite de forma muy similar en países de estructura socioeconómica similar. Aunque aún no es la fuente mayoritaria para ningún grupo de edad, su crecimiento es muy importante en los últimos años y no parece que se vaya a detener pronto.

Si el acceso a la información no es libre o simétrico, el consenso de las opiniones no puede tender a ese óptimo de la sabiduría de las multitudes

Pero el problema no se limita a lo expuesto anteriormente, sino que además existe el peligro de que las redes sociales estén fomentando la pasividad en la búsqueda de la información. Es decir, que no soy yo, como ciudadano, quien encuentra las noticias sino las noticias quienes me encuentran a mí: son los 'feeds' automáticos de noticias que nos muestra, por ejemplo, Google en cualquier dispositivo móvil. La problemática de esta creciente tendencia puede verse en este estudio. Si no se realiza una búsqueda activa de noticias, estos algoritmos de supuesta inteligencia artificial no actúan como un 'alter ego' de nosotros mismos, sino que nos sumergen en una burbuja informativa de mucha menor pluralidad de la que obtendríamos si la búsqueda la realizáramos nosotros activamente.

Foto: Guy Kawasaki. (Wikimedia Commons)

Otro problema importante es el uso que se ha comenzado a hacer de las redes sociales por parte de sistemas expertos o algoritmos de inteligencia artificial. Esto se describe de forma bastante gráfica en un muy recomendable filme titulado 'Brexit, the Uncivil War', y ha sido analizado en diversos trabajos académicos (ver por ejemplo aquí o aquí). Si como apuntan estos trabajos se puede manipular parte de los votantes para inclinar la balanza del voto en un sentido o en otro, ¿es entonces necesaria una regulación para que la democracia no quede en manos de algoritmos de inteligencia artificial? Esto es una pregunta que no tiene fácil respuesta, ya que choca con el derecho a la libertad de expresión, uno de los pilares de las democracias liberales.

En algunos estudios, se ha desestimado la censura como un medio legítimo para afrontar el problema, y en su lugar se ha apuntado a un cambio en el diseño de las propias redes sociales (ver aquí).

Existe el peligro de que las redes estén fomentando la pasividad en la búsqueda de la información

Hacia dónde nos podría llevar una desregulación total como la que —casi— actualmente tenemos ha sido explorado en diferentes trabajos académicos, que expresan su preocupación por el auge del populismo o que podamos estar entrando en una era de democracias populistas (ver, por ejemplo, aquí). El que sean representantes políticos progresistas los que más suelen insistir en esta necesidad de regular puede hacer pensar en que esta mayor polarización que parecen estar induciendo las redes sociales podría beneficiar especialmente a los populismos de derechas. Pero la evidencia existente no confirma esta suposición, como puede leerse en este trabajo. Más bien, lo que ocurre es que las redes —o más bien su diseño y el uso de algoritmos de inteligencia artificial— están fomentando la polarización y provocando con ello que el diálogo entre posturas diferentes sea cada vez más difícil en nuestras democracias.

Es de prever, por tanto, que tarde o temprano asistamos a una regulación de las redes sociales, regulación que esperemos que se produzca más en cuanto al diseño de las redes que en cuanto a la censura de contenidos que el regulador considere inapropiados. Recordemos que, en temas sociales o políticos, la verdad es un término subjetivo que normalmente encubre lo que en realidad es una preferencia. Y las preferencias en democracia deben siempre ser debatidas y consensuadas, no dictadas por ningún árbitro.

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