Los robots sexuales romperán el mundo
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Jesús Díaz

Hasta los diodos

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Los robots sexuales romperán el mundo

Los robots sexuales llegarán antes de que acabe la década para romper la sociedad tal y como la conocemos. Y no pasará nada

Foto: Una persona interactúa con el Al sex robot, fabricado por la empresa china Shenzhen Atall Intelligent Robot Technology. (EFE)
Una persona interactúa con el Al sex robot, fabricado por la empresa china Shenzhen Atall Intelligent Robot Technology. (EFE)

Mientras le acariciáis el puerto USB a vuestra querida y obsoleta PS5, la verdadera revolución tecnológica se calienta en otra parte, en los laboratorios donde la inteligencia artificial avanza imparable hacia la singularidad. El peluquero de mi barrio es fan de la singularidad. 'Quasijubilado' y divorciado tres veces, se la trae al pairo todo menos la singularidad, las películas de Fellini y los robots sexuales.

Manolo, que ya no puede tener su colección de 'Libs' en la mesilla de su barbería, cree que la verdadera singularidad no llegará cuando una inteligencia suprema tome consciencia de sí misma y nos meta a todos en la Matrix, para que sigamos yendo al Mercadona, comiendo Telepizza los viernes y viendo el PornHub de madrugada, todo mientras en el mundo físico le hacemos de pilas triple-A. “Cuando haya robots sexuales imposibles de distinguir de los seres humanos, eso sí que será el acabose”, me dice mientras me pasa la navaja por el gollete. Como para discutirle nada a Manolo.

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Puede que tenga razón. Ahora las muñecas con AI son bastante toscas, pero dentro de unos años habrá robots sexuales convincentes. Chicas con pechos como los de Afrodita-A y chicos con penes como vasos de cubatas y Satisfyer incorporado. Al principio no te los podrás comprar en las rebajas de El Corte Inglés, pero al tiempo. Y con ellos vendrá la tecnosexualidad, que en realidad ya existe hoy en día aunque permanezca por ahora en el armario.

placeholder Una persona interactúa con el Al sex robot. Shenzhen Atall Intelligent Robot Technology es una de las principales compañías de robots equipados con AI (inteligencia artificial) en China. (EFE)
Una persona interactúa con el Al sex robot. Shenzhen Atall Intelligent Robot Technology es una de las principales compañías de robots equipados con AI (inteligencia artificial) en China. (EFE)

Será un gran cambio. No como dice la antropóloga y experta en ética Kathleen Richardson, fundadora de la 'Campaña contra los robots sexuales', que afirma que estos engendros destruirán las relaciones “enseñando a los hombres que las mujeres son meros receptáculos sexuales”. Como si para conseguir eso nos hiciera falta una Thermomix, Kathleen. Ni tampoco como apunta la autora Jenny Kleeman en su libro 'Sex robots and vegan meat', donde argumenta que los robots sexuales eliminarán la empatía para siempre, como si a las turbas de Twitter y al 'komentariat' les quedara un mol de empatía en su corteza ventral premotora.

Durante los primeros años de la era de los robots sexuales, hombres y mujeres de carne y hueso utilizarán a estas máquinas de todas las maneras imaginables. Serán amigos, amantes platónicos y a lo misionero. A lo sado y a lo maso. Jugarán al parchís o follarán como tigres de Bengala. Los usarán aquellas personas que no quieran tener relaciones con otros humanos, que no pueden tenerlas o sencillamente porque estos robots les ponen tribales.

Que un humano se líe de mutuo acuerdo con un humano del género que sea o con R2-D2, no debería ofender, ni representar el fin de la empatía

Durante un tiempo habrá retrógrados que lo verán fatal, como ha pasado durante siglos hasta que otras orientaciones sexuales han salido de los armarios de la demonización ajena para acabar normalizándose. Pero, al final, que un humano se líe de mutuo acuerdo con un humano del género que sea, con la oveja de Gene Wilder o con R2-D2 usando las reglas y prácticas que les dé la gana, no debería ofender, ni representar el fin de la empatía, ni enseñar a nadie a convertir en receptáculos a otros que no quieran ser receptáculos. Mientras todas las partes contratantes sean libres para elegir lo que realmente quieran, no hay problema. Entre nosotros, yo lo que quiero es un robot que me friegue los platos y me cocine como Berasategui.

Y el problema está precisamente en esto último. No en Berasategui con ligueros haciéndome unas torrijas, sino en el libre albedrío. Después de esa primera era robosexual —o “robofurcia”, que diría Bender— llegará el momento inevitable ya anunciado por autores de ciencia ficción como Isaac Asimov, el padre de las leyes de la robótica. El día en que la vida sintética deje de ser una simulación de nuestra idea de la vida para convertirse en vida independiente, consciente de su propia existencia y con parámetros de percepción y comprensión de la realidad propios. Parámetros totalmente inimaginables para una mente humana.

Ahí es donde todo se irá a tomar por el Bluetooth.

placeholder Foto: EFE.
Foto: EFE.

No como dicen Musk y los fatalistas de la inteligencia artificial: no habrá Terminators a la vuelta de la esquina. Yo creo que será más como dice James Lovelock sobre la nueva era del Novaceno: humanos y vida sintética trabajando juntos para vivir en un planeta mejor.

Pero antes de llegar a ese punto utópico habrá que abrir el melón de la aparición en la Tierra de una nueva forma de vida inteligente, con consciencia y sentimientos tan reales como los nuestros. O tan irreales, porque al final los humanos no dejamos de ser una simulación creada por unas reacciones químicas que nos impulsan a hacer cosas tan absurdas como encaramarnos uno encima del otro y hasta tener hijos. El disparate darwiniano.

Este conflicto será brutal. La sociedad encontrará en esta nueva vida sintética, y en la definición de sus derechos, un conflicto existencial que redefinirá para siempre quiénes somos. Un problema que derivará en una nueva guerra cultural que quizás llegue a una guerra real, con bandos a favor y en contra de aceptar estas vidas “sintéticas” como vidas “reales”, sencillamente porque la mayoría de nosotros —yo incluido— no comprenderemos cómo esta consciencia sintética es posible.

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Foto: EFE.

Pero, como siempre, la humanidad se superará a sí misma. Nuestra percepción del mundo volverá a cambiar una vez más y los robots terminarán siendo aceptados, reclamando su propio lugar en el planeta. Luego habrá que ver si estos seres quieren tener algo que ver con nosotros, claro, porque quizás nos pase como a Joaquín Phoenix en 'Her', con esa Scarlett Johansson poliamorosa capaz de amar a miles de personas por cincojé, pero que al final le da calabazas y se muda con otra AI a un chalé adosado en un nuevo PAU del ciberespacio.

Y ahí se acabarán los robots sexuales de Manolo. Por lo menos los que tengan consciencia. Posiblemente se mantengan otros. Pero él me dice que le da igual porque a esas alturas estará arreglándole el bigote a los gusanos. Lo que él quiere, dice, es terminar jubilado entre las tetas robot de Sophia Loren y Anita Ekberg. Tú corta, Manolo, corta. Corta, que te pierdes.

Inteligencia Artificial Scarlett Johansson Noadex