Una "Gran Estrategia" para España (I): La Reforma del Estado

Las cosas tienen que cambiar. De otra manera las costuras del país saltarán. Aunque Europa ha sido nuestra tabla de salvación, confiar en la redención externa no es un plan de futuro

Foto: Vista del hemiciclo vacío desde la mesa de la presidenta del Congreso. (EFE)
Vista del hemiciclo vacío desde la mesa de la presidenta del Congreso. (EFE)
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Comienzo hoy una andadura escribiendo en El Confidencial. Aspiro, con mis contribuciones, a enriquecer el debate de política económica en España. Pero antes quiero explicar a los lectores por qué les pido el favor de prestarme, una vez al mes, unos minutos de su tiempo.

España está sufriendo la que es, por el momento, la peor segunda ola de covid-19 de Europa. Llueve sobre mojado. España ya padeció la —quizás— peor primera ola en Europa en términos de muertes per cápita si, en vez de contar las defunciones oficiales, nos fijamos en el exceso de muertes registradas sobre un año normal.

Si solo fuera la crisis de covid-19 podríamos pensar que sufrimos las iras de la mala suerte. Nunca debemos desdeñar el papel de la fortuna en los quehaceres humanos. Tristemente, la historia reciente de España revela múltiples situaciones en las que destacamos, por lo malo, entre nuestros vecinos. Tuvimos una de las peores crisis financieras de Europa, de la que únicamente nos sacó el Banco Central Europeo y el rescate (ese que nos dijeron que no existió). Llevamos décadas con las más deprimentes cifras de paro de Europa, con las tasas de abandono escolar más hirientes, con una educación que no mejora y con una situación fiscal cada día más frágil. Siempre que el viento se torna de cara, España sufre más y por más tiempo. Este patrón sistemático no es una desdicha, es síntoma de una grave enfermedad.

Mis artículos analizarán los orígenes de estos fracasos y esbozarán la 'gran estrategia' que nuestra nación reclama

Las cosas tienen que cambiar. De otra manera, tarde o temprano, las costuras del país saltarán. Aunque Europa ha sido nuestra tabla de salvación durante estos años, confiar en la redención externa no es un plan de futuro, es una admisión de derrota.

Mis artículos analizarán los orígenes de estos fracasos y esbozarán la "gran estrategia" que nuestra nación reclama. Por "gran estrategia" me refiero a los planes y políticas que aseguren los intereses de España en el largo plazo, ajustando, de manera racional, nuestros recursos y realidades geopolíticas a nuestros objetivos nacionales. Dada la necesidad de presentar los diferentes elementos de tal "gran estrategia" en artículos separados, el hilo subyacente entre los mismos no será siempre obvio a primera vista, pero se apreciará con claridad desde una perspectiva global.

Me embarco en esta aventura a regañadientes. Hace tiempo, tras años de escribir en otro blog sobre la crisis financiera, volví a mis quehaceres académicos. Pensé que España dejaba atrás la peor crisis que viviría en mi vida y que mi contribución había concluido. Me equivoqué. Por ello siento la obligación de comenzar este viaje, por mucho que me distraiga de otras actividades más placenteras.

La primera etapa del viaje nos ha de llevar, de manera obligatoria, a esbozar la necesidad de una reforma profunda del Estado en España que incremente su capacidad de actuación. Por Estado me refiero aquí no solo al Gobierno central sino a todos los niveles de nuestras administraciones públicas, desde la Administración General del Estado hasta el último ayuntamiento.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (C) Carmen Calvo (2i), Nadia Calviño (i), Pablo Iglesias (2d) y Teresa Rivera (d). (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (C) Carmen Calvo (2i), Nadia Calviño (i), Pablo Iglesias (2d) y Teresa Rivera (d). (EFE)

Una de las grandes lecciones de la economía es que una clave fundamental para el crecimiento económico y bienestar de un territorio es la capacidad del Estado que lo administra. Que el impuesto sobre la renta sea el 25% o un 40% tiene una importancia menor (aunque no sea irrelevante). Solo hay crecimiento y bienestar si el Estado puede garantizar la seguridad interna y externa del territorio, el imperio de la ley, los derechos de propiedad, un marco de negocios adecuado y el suministro de unos bienes públicos básicos, desde la educación o la investigación básica a las infraestructuras y la salud pública. Que el Estado tenga la capacidad de garantizar estos factores no implica que necesitemos una gestión pública de los mismos. El Estado danés es de alta capacidad y tamaño. El Estado neozelandés también es de alta capacidad, pero más reducido. En lo que coinciden Dinamarca y Nueva Zelanda es en tener un ordenamiento jurídico moderno, claro y estable, y una estructura fiscal sostenible.

"Hubo revolución industrial porque un Estado que sabe organizar una armada victoriosa, también sabe crear el correcto marco jurídico y fiscal"

Desde esta perspectiva de la capacidad del Estado es fácil entender por qué el crecimiento económico moderno surge en Inglaterra a finales del siglo XVII. El Estado anglosajón fue uno de los pocos en la Europa occidental altomedieval que pudo mantener un sistema fiscal que iba más lejos de la "política de la tierra". Con la infusión adicional de la alta calidad administrativa que los Normandos introdujeron en 1066, Inglaterra pudo mantener un peso mucho más relevante en la Baja Edad Media que el otorgado por su baja población y localización geográfica periférica. El Estado, ya por aquel entonces británico, demostró de nuevo su enorme capacidad al triunfar en la "segunda guerra de los cien años", comenzada con la invasión francesa del Palatinado en 1688 y culminada en Waterloo en 1815. Con mucha menos población y recursos que Francia y sus aliados, Gran Bretaña movilizó sus fuerzas de una manera nunca vista en Europa mientras que creaba las condiciones internas que permitieron la revolución industrial. No hubo revolución industrial en Inglaterra por sus victorias militares (que antes de 1815 se tradujeron en magros beneficios en comparación con sus costes).

Hubo revolución industrial porque un Estado que sabe organizar una armada victoriosa "en todo mar conocido del uno al otro confín" es un Estado que también sabe crear el correcto marco jurídico, de negocios y fiscal.

En comparación, la capacidad del Estado en España ha sido, por siglos, baja; en la situación actual, es bajísima. El ejemplo más hiriente es el referéndum del 1 de octubre de 2017 en Cataluña. Distintos lectores pueden tener propuestas muy diferentes de cómo gestionar las reclamaciones del independentismo catalán o incluso estar de acuerdo con las mismas. Pero una vez que el referéndum ha sido convocado contra la legislación vigente (a diferencia del escocés) y con mandatos judiciales prohibiéndolo, un Estado no puede permitir que se realice.

La defensa del orden constitucional es la esencia misma de la capacidad del Estado. Que se votase el referéndum con dos patas del Estado, el gobierno de España y el de Cataluña, enfrentadas, demuestra una capacidad estatal ínfima y una derrota personal épica de Soraya Sáenz de Santamaría, timonel principal del Estado en ese momento. ¿Qué hubiese ocurrido si, con una situación internacional diferente, el 2 de octubre hubiese habido un reconocimiento generalizado por terceros Estados de la independencia de Cataluña?

La información estadística sobre el covid-19 en España ha sido horrorosa desde el principio de la crisis y la pandemia

Esta bajísima capacidad del Estado en España ha resurgido con la crisis de covid-19. Comprobamos todos los días que tenemos un Estado que no es capaz, por ejemplo, de cumplir con un cometido básico: la recopilación de información. Que la palabra "estadística" venga de "Estado" no es casualidad. Los Estados aparecen en la antigüedad, desde Egipto y Mesopotamia a Maurya y China, por la necesidad de recopilar y procesar información en un mundo que se mueve a la producción agraria a gran escala. El Evangelio de San Lucas nos explica que "sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo". Pues Augusto, con su habitual perspicacia, entendía que la construcción del Principado solo se podía asentar en una fuente estadística fidedigna.

Esta idea fundamental, clara para faraones y emperadores, se le escapa al gobierno de Pedro Sánchez. La información estadística sobre covid-19 en España ha sido horrorosa desde el principio de la crisis. En mi investigación académica he escrito con Chad Jones, catedrático de economía de Stanford, dos artículos sobre la situación de la epidemia y su relación con la economía en multitud de países, regiones y ciudades. De todos los países avanzados que hemos estudiado, ninguno tiene unos datos tan deficientes como los españoles: inconsistentes, incompletos, ambiguos en las definiciones y tardíos. Una vergüenza nacional.

Como prueba, una anécdota: el Ministerio de Sanidad, en su informe de lunes a viernes (pues el fin de semana tenemos "apagón de datos", no siendo que alguien quiera estimar como es lo correcto un modelo estadístico con datos diarios) publica la información en formato pdf, pero no en un fichero de fácil tratamiento informático. Esto es un despropósito. El archivo pdf —casi seguro— está generado desde una hoja de cálculo estilo Excel. Colgar tanto el archivo pdf como la hoja de cálculo original no cuesta nada. ¿No hay nadie en el Gobierno de España que se percate de esto?

Las webs de otros ministerios de salud extranjeros, en doliente comparación con el español, son una maravilla de claridad y competencia estadística

¿Por qué es importante esta pequeña anécdota? Porque los investigadores, en vez de tener un fichero de fácil uso, tenemos que introducir los datos a mano todos los días. En comparación, prácticamente todos los países de nuestro entorno publican los datos en formatos informáticos sensatos y de código abierto. Algunas páginas webs de otros ministerios de salud extranjeros, en doliente comparación con el español, son una maravilla de claridad y competencia estadística.

Aunque esta locura de la hoja de cálculo es un detalle menor, demuestra que el Gobierno de España no está pensando en cuestiones básicas para la gestión de esta epidemia. Sin datos de calidad no hemos podido controlar los rebrotes, asignar recursos sanitarios o diseñar una vuelta a la nueva normalidad que fuera sostenible. Y, casi lo peor, hemos perdido credibilidad en toda Europa ante la incapacidad de suministrar información verídica a nuestros visitantes, presentes y futuros. Y quien dice datos, dice aplicaciones para el teléfono para registrar contactos, contratación de rastreadores, coordinación entre distintos niveles de las administraciones públicas, difusión de instrucciones diáfanas y muchos otros elementos que han fracasado rotundamente. El relato minucioso de la incompetencia de nuestro Estado en esta crisis sanitaria precisará de libros enteros.

Pero esta carencia de agilidad ante covid-19 no es una sorpresa. La falta de capacidad del Estado en España está íntimamente vinculada y es producto del sistema de selección de las élites que lo gestionan, tanto desde el punto de vista político como de la función pública. ¿Cómo va Pedro Sánchez a apreciar la importancia de los datos cuando su propia "tesis doctoral" en vez de representar un mínimo esfuerzo investigador fue un mero refrito de literatura existente con una calidad ínfima y solo diseñada para aprovecharse de manera torticera de las grietas de nuestro sistema universitario? ¿Cómo iba Soraya de Santamaría a evitar el referéndum del 1 de octubre cuando su formación universitaria y de oposición jurídica seguía un esquema carpetovetónico? Sánchez y Santamaría, Santamaría y Sánchez, tanto monta, monta tanto en el corazón de la falta de capacidad del Estado en España.

En unas semanas, pues, afrontaré el problema de la selección de las élites del Estado y argumentaré cómo, sin reforma de este sistema de selección, jamás podremos acometer la reforma del Estado que España pide a gritos.

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